domingo, 6 de febrero de 2011

Bosawás: el pulmón herido


A pesar de su difusión en los medios informativos y la evidencia que podemos comprobar a diario sobre el problema del cambio climático en el planeta, parece que no somos conscientes del todo del verdadero peligro que significa, no solo para el mundo vegetal y sus sistemas biológicos, sino también para el mundo animal y en primer término para el género humano. Se trata de la mayor amenaza a la que jamás se ha enfrentado la humanidad, tal como lo han advertido los expertos del clima, y como lo ha reconocido la Organización de Naciones Unidas en más de una ocasión. Si no se remedia la situación parece que estamos abocados a nuestra propia desaparición, a la inexistencia de las formas de vida que actualmente disfrutamos y cuyas condiciones nos permiten desarrollarnos como especie. Si no ponemos reparo, más pronto que tarde, estamos condenados al fracaso, a lo que llamaríamos la sexta extinción del planeta.

La primera irresponsabilidad del ser humano pasa por la falta de respeto hacia el medio ambiente, como si éste fuera un asunto de quita y pon, como si no tuviera la importancia que sustenta, como si no fuese tan necesario y atuviésemos otras alternativas para elegir en el caso de llegar al asesinato o aniquilación del sistema que nos acoge. Respetar la naturaleza es como hacerlo con nuestro propio cuerpo, con nuestros propios hijos, con nuestros descendientes, que son merecedores de una herencia más responsable.

Nuestra irresponsabilidad nos lleva a excusarnos continuamente en lo poco que podemos hacer individualmente contra el problema y siempre nos escondemos en las culpas hacia las grandes compañías que degradan el ambiente extrayendo los recursos naturales de donde aún quedan, especialmente en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, donde la corrupción de sus gobernantes, por un lado, y la necesidad de los pobladores, por otro, dan permisividad y se convierten en cómplices de este abuso contra la naturaleza, contra nosotros mismos. Es verdad que una sola gota no rebosa un vaso, pero forma parte del líquido que le hará derramarse. La solución al problema que nos acucia o la detención de tanta irresponsabilidad, pasa por el respeto hacia nuestro entorno natural y por el rechazo y la crítica a cualquier actitud intolerante con la naturaleza. Debemos exigir a las autoridades un desarrollo de vida sostenible, al tiempo que obligarnos a nosotros mismos a dar un paso adelante en defensa de nuestro hábitat natural.

Las grandes zonas forestales, los llamados pulmones verdes, son los que nos permiten continuar adelante en nuestra forma de vida y, desgraciadamente, cada día quedan menos grandes extensiones que nos sirvan de escudo natural, nosotros mismos estamos provocando el calentamiento global que hará insoportable nuestra existencia en este planeta que generosamente nos acoge y que déspotamente hemos hecho nuestro y maltratamos.

Uno de estos grandes pulmones verdes es Bosawás, en Nicaragua, la tercera reserva natural más grande del mundo, la más grande de Centroamérica y el corazón del Corredor Biológico Mesoamericano. La degradación que está sufriendo esta gran zona boscosa ha puesto en alarma a los expertos ecologistas. Sin embargo, a pesar de que el gobierno nicaragüense no tiene, o al menos no divulga, sus políticas para hacer frente a este mal, sí existen una serie de proyectos en marcha desde inicios de esta década. Diferentes organizaciones de la sociedad civil, y hasta el mismo gobierno, trabajan para adaptarse a las nuevas circunstancias que plantea el calentamiento global. Existen proyectos para evitar grandes incendios forestales, o para que las vacas no contaminen tanto la atmósfera con sus flatulencias, además del aprovechamiento del gran lago Cocibolca para el agua potable o riego ante problemas de sequía.

Sin embargo, estos proyectos sólo sirven para mitigar el impacto climático a nivel local, por contra, mientras que se encuentra un modelo de gestión ambiental a desarrollar, la ingerencias de colonos en la reserva está causando más problemas de los que podrían resolverse con las iniciativas. Esta hermosa e inmensa reserva natural, que garantiza oxigeno a los centroamericanos y al resto del mundo, ha sido cuidada durante siglos por las etnias miskitos y mayangnas, compartida por los departamentos de Jinotega, Nueva Segovia y la Región Autónoma del atlántico Norte, en los municipios de Siuna, Rosita, Bonanza, Waspan, Wiwilí y San José de Bocay. Este paraíso natural de selva virgen tiene una extensión de 20 kilómetros cuadrados, casi el territorio de El Salvador, y fue declarada por la UNESCO, en octubre de 1997, Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biosfera. Bosawás posee el bosque mejor conservado de Centroamérica, compuesto de más de 270 tipos de plantas con atributos alimenticios, ornamentales y medicinales; acoge una fauna de más de 200 especies de vertebrados e invertebrados, como quetzales, guacamayas escarlatas, águilas arpías, tucanes, pumas, jaguares, dantos, chancho de monte, sahínos, entre otros tipos de animales, que en su mayoría sirven de alimento para los indígenas

El hambre y la miseria ha sido el peor enemigo al que se han tenido que enfrentar estos grupos indígenas. Para sobrevivir han tenido que luchar contra enfermedades sin atención médica, escasez de agua potable y sistemas o redes de saneamiento, falta de escuelas y otros muchos problemas básicos, sin embargo, siempre tuvieron respeto y cuidado por la reserva que les dejaron sus antepasados, sabedores de la importancia que supone el medio en que habitan para su supervivencia. En cambio, no ha sido el mismo respeto hacia el entorno natural por parte de los gobiernos sucesivos, que por muchos años se olvidaron de sus pobladores y solamente se acordaron de los aportes sustanciosos que pudo generarle la reserva, dedicándose a destruir los bosques autorizando permisos de aprovechamiento forestal, talándose grandes extensiones de árboles, especialmente en los años 90.

La guerra de los 80 provocó una oleada de indígenas emigrantes hacia Honduras, que al acabar el enfrentamiento armado y regresar a sus tierras, se encontraron con que los mestizos de la costa del Pacífico, apoyados por los gobiernos de turno, habían invadido sus tierras y dañaban la reserva. La excusa por parte de las instituciones, respecto a la irrupción de los colonos en la reserva, era que se trataba de familias pobres y el objetivo el de darle la posibilidad de un medio de vida digno, pero no parece que todas las familias que se instalaron sean los suficientemente pobres o sin recursos, como para poseer motosierras para el despale y llevar ganado a una zona tan profunda y con tantas dificultades de acceso, incluso para caminar sin carga. No se conoce con exactitud el número de familias de colonos que viven dentro del parque, según el Gobierno Territorial Indígena se calculan en más de mil familias habitando dentro de la zona declarada Reserva de la Biosfera.

Lo cierto es que, entre unos y otros la casa sin barrer, hay alcaldes permisivos como el de Siuna, Julián Gaitán, que hace oídos sordos al asunto pensando más en los votos que en el problema, que a su vez acusa a los indígenas de vender parcelas sin papeles o documentos que los reconozcan, y entre unos y otros las entidades financieras concediendo préstamos bancarios para desarrollar negocios ganaderos y agrícolas dentro de la reserva. Entre tanto despropósito, el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales, MARENA, calla, otorga, al tiempo que las motosierras no se detienen en la deforestación, hiriendo gravemente el pulmón verde. Los únicos que parecen defender el paraíso nicaragüense son los seis guardabosques existentes, la mayoría de ellos indígenas, que se reparten la vigilancia de Bosawás, lo que significa que tienen unos 3.000 kilómetros cuadrados para vigilar cada uno, con un salario de 2500 córdobas, unos 125 dólares mensuales, desarmados y con unos conocimientos medioambientales precarios.




domingo, 23 de enero de 2011

El enemigo climático de los mayas

"El clima poco benigno ayudó a modelar la civilización". Esta es una afirmación del antropólogo británico Brian Fagan, autor de El largo verano. En esta obra suya abundan los ejemplos de cómo los cambios abruptos estimularon la adaptación humana, especialmente en estos últimos 15.000 años de tiempo cálido. Esta capacidad nuestra para trastocar el medio ambiente no debe hacernos olvidar que, en ocasiones, la presión del entorno funcionó como acicate.

Es tanta la importancia que tiene el medio ambiente en el desarrollo de las culturas que, en muchas ocasiones, ha sido o se convirtió en el enemigo natural decisivo en la decadencia que sufrieron algunos de los imperios a lo largo de la historia de la humanidad. En este sentido, Jared Diamond, autor de Armas, gérmenes y acero, argumenta cómo las condiciones geográficas y ambientales determinaron o propiciaron el dominio de Occidente. Ante la interrogación que muchas veces nos hemos planteado respecto a por qué otras culturas no fueron las dominantes, como las africanas, australianas o americanas, y sí la occidental implantó su dominio de manera más amplia. La respuesta de Diamond se basa en que una serie de factores fueron los que generaron ese caudal que desembocó en la racionalidad filosófica y en el desarrollo de las culturas dominantes.

En este orden cronológico, la agricultura ocupa el primer lugar. Su desarrollo se dio por primera vez en la fértil Mesopotamia, hace unos diez mil años aproximadamente, y aunque también surgió en otros lugares como en Mesoamérica, fue en Oriente Medio donde se desarrolló más intensamente. La geografía y el hecho de que en esta zona del planeta existieran más especies vegetales propicias a su domesticación y cultivo fue ese factor determinante para su desarrollo que, gracias a la gran masa de tierra ininterrumpida por barreras geográficas existente en este continente, propició su expansión a lo largo de Eurasia. Su posición geográfica está expuesta en un eje este-oeste y les sitúa en la misma latitud, lo que permite cultivar las mismas especies en puntos tan distantes como China y España.

Por contra, Jared Diamond también opina que quizás a la especie humana le hubiera ido mejor de no haber desarrollado la agricultura, que exige más esfuerzo que la caza y la recolección. Sin embargo, de no haber sido de esta manera, difícilmente las culturas se hubiesen desarrollado de la forma que lo hicieron y que son la base de nuestra actual realidad. Los pueblos prosperaron a la par que la agricultura se fue expandiendo, porque hasta entonces se dedicaba casi todo el tiempo a buscar la alimentación, a la recolección, a la caza y a la pesca. El inicio de la agricultura dio paso a la domesticación de los animales, que mientras en Eurasia fue más fácil por el tipo de animales que la poblaban, caballo, vaca, oveja, perro, etc., en África y América no lo fue tanto, lo que también influyó en el arado y en el transporte, incrementó la producción agrícola y mejoró las técnicas militares.

Estos avances propiciaron el aumento de la población, se generó más ocio y permitieron la especialización en otras actividades humanas, como el desarrollo filosófico e intelectual. Los agricultores se dedicaron a proporcionar el alimento básico y parte de la población empeñó su tiempo al estudio y al desarrollo de otras artes. Por último, el factor determinante del dominio de Occidente sobre otras sociedades recae en la organización social y en la difusión de los avances tecnológicos. Sin embargo, el aumento de la población también provocó a su vez un desarrollo insostenible del medio ambiente. Las sociedades europeas fueron las únicas de Eurasia que consiguieron dominar otros territorios, no así Oriente Medio y China, que buena parte de sus territorios fueron deforestados y desertizados, situación que no se produjo en los bosques europeos, más resistentes a la deforestación y a la erosión generada por los humanos.

Entre los ejemplos que Brian Fagan nos recuerda, en cuanto a los cambios abruptos de la climatología, está el de la última glaciación, que provocó el descenso del nivel del mar y creó un puente natural en el estrecho de Bering, por el que los asiáticos colonizaron el continente americano. De igual modo, así como el cambio climático dio origen a las culturas americanas, también intervino en uno de los mayores enigmas arqueológicos que se nos presentan en la actualidad: la desaparición o decadencia de los mayas.

Quizás no sea correcto del todo el término desaparición, en realidad los mayas no desaparecieron y en la actualidad podemos encontrar a sus descendientes en la misma región centroamericana en la que se desarrolló su esplendorosa cultura. Por mucho tiempo se tuvo como un misterio el declive de los principales centros urbanos mayas, pero la intensa investigación que se ha llevado a cabo en la región ha puesto de manifiesto algunas de las razones por las que los mayas se vieron precisados a abandonar las ciudades de la selva.

La situación de guerra permanente de unos con otros en la que se encontraban los pequeños estados fue una de estas causas. Las estelas de Toniná cuentan cómo la élite gobernante de esa ciudad emprendió una agresiva campaña militar que dio como resultado la ocupación de sitios tan importantes como Palenque, Piedras Negras y Bonampak. También se sospecha que otros estados pudieran haber llevado a cabo similares campañas militares que arruinaran varias ciudades. A este contexto tan violento y convulso se sumó un desajuste climático que causó el fenómeno de El Niño, que debió tener grandes consecuencias para la agricultura en el Área Maya, lo que encendió la llama de las protestas contra la clase sacerdotal, a los que culparon como responsables de la falta de alimentos.

De nada sirvieron los sacrificios y las plegarias a los dioses de los sacerdotes mayas, las grandes urbes y los centros ceremoniales fueron abandonados por la falta de alimentos. Los sedimentos de los lagos del Yucatán conservan la memoria de una sucesión de sequías a partir del siglo IX, una de las cuales duró 150 años. Los investigadores de la Universidad de Florida (EE UU) responsabilizan en parte, del declive o decadencia del Imperio Maya, al sol, a un ciclo de 208 años de mayor actividad solar que se desarrolló por entonces. Unos descubrimientos que ponen de relieve la importancia que Jared Diamond da a la agricultura y a la geografía, en su teoría de por qué fue la cultura occidental la que expandió su dominio sobre otros territorios, en este caso sobre los mayas, en decadencia cuando los conquistadores españoles llegaron al continente americano.

domingo, 16 de enero de 2011

Lo que no fue y pudo haber sido


Pensar en la realidad social de la actualidad en América Latina siempre deja una pregunta flotando en el aire sobre lo que pudo haber sido y no fue, de no haberse dado a lugar la conquista americana por parte de la Corona Española u otras naciones europeas que se sumaron tras los españoles a la aventura del nuevo mundo. Se puede dejar en libertad a la imaginación hasta desbocarse como potrillo por las praderas de las suposiciones y fabricar una utopía imaginaria apoyados siempre en los deseos más que en las posibles realidades que los tiempos hubieran traído para todos aquellos pueblos de entonces, que hoy lo son en parte pero que también en parte dejaron de serlo, en el proceso de mestizaje que se dio entre lo autóctono y lo foráneo, entre los nativos y los forasteros.

Con toda seguridad, ese proceso migratorio definitivo que surgió con el encuentro de los dos mundos habría sucedido poco tiempo después del 1492 de no haberse concretado en aquella fecha, es más, incluso podríamos decir que esta fecha significativa no es más que la culminación de unos encuentros que ya se habían dado a lo largo de siglos anteriores pero que a partir de ahí se inician oficialmente con la globalización. Se ha podido comprobar mediante la arqueología, al igual que genéticamente, que los encuentros entre los dos mundos surgieron mucho antes de que Colón arribara a tierras americanas, incluso en la mitología de los nahuas, olmecas, toltecas, mayas o aztecas, se encuentran deidades claramente europeas o al menos con características del viejo continente, como por ejemplo Quetzalcóatl. Por lo tanto, esas influencias extranjeras ya se comenzaron a dar desde el mismo momento en que el primer europeo pisó el nuevo continente.

Sin embargo, siempre partimos desde aquel no tan lejano 12 de octubre para subirnos al tren de las suposiciones y de las posibilidades del qué hubiera pasado de no alterarse el futuro tan traumáticamente, porque hay que entender que el encuentro significó un antes y un después en la historia de América y por ende en el futuro de sus pueblos. Para tratar de imaginar cómo serían las sociedades de hoy, sin esta influencia europea, quizás sería interesante comprobar o comparar las diferencias o similitudes existentes en la sociedad de entonces, especialmente en el contexto de los pueblos nahuas, y por extensión en México y Centroamérica, con el español.

El estilo de vida era variopinto entre los pueblos de la altiplanicie mexicana y otros lugares centroamericanos, pero si miramos en las culturas más desarrolladas, por ejemplo en la olmeca, tolteca o azteca había muchas similitudes entre las cortes nativas y las europeas. Tanto a un lado como al otro gustaban de contar con bufones, enanos y pajes para diversión de los monarcas y cortesanos, al igual que también era similar el sentido restrictivo y represor de los sacerdotes y las religiones. Sin embargo, existía una clara diferencia respecto a los monarcas americanos que compartían doble función con la de sacerdote, mientras que en las monarquías europeas, aunque tenían mucha influencia las religiones, los reyes no eran sacerdotes. Del mismo modo, también existían diferencias entre unas y otras, en la nativa se era más restrictiva con los propios que con los extraños mientras que en la foránea se castigaba a todos por igual.

En otras cuestiones mundanas, como los excesos etílicos y sexuales, para los americanos eran un claro pecado, sin embargo, para los europeos los excesos etílicos no lo eran tanto. Así mismo se daban diferencias cuando los sacerdotes europeos señalaban a alguien reo de condenación, persiguiéndolo por todas partes, al contrario que los prehispánicos, que sólo señalaban como impíos a los de su pueblo y la falta considerada peor según era de elevada su jerarquía. El cumplimiento de las propias reglas sociales, morales y religiosas, eran más un honor de raza que una clara obligación, por eso a los cohabitantes de otras tribus y especialmente a los que tenían costumbres diferentes más licenciosas ni siquiera les llamaban la atención.

A los monarcas amerindios, al contrario que a los europeos, jamás se les hubiera ocurrido pedir una dispensa religiosa o ganarse el cielo pagando con sobornos o favoritismos, así que lo que practicaban los reyes nativos era lo que los europeos sólo predicaban. La picaresca, el engaño, la envidia, el rencor, la codicia, la ambición o cualquier otra de las debilidades humanas también se daban entre las sociedades americanas, sin embargo, para los caciques aborígenes, valores como la palabra dada, el honor, la sinceridad y la obediencia a la conciencia propia era moneda corriente, mientras que para los europeos no eran más que sofismas con los que engañar mejor a sus adversarios. Por su parte, ambos pueblos coincidían en muchas actitudes, como la superstición, la adivinación, la brujería, la promiscuidad o el gusto por las fiestas y la vagancia, aún así, existían diferencias básicas, los aztecas veneraban a los viejos y los españoles no tanto. También entre los aztecas se daba la permisividad en cuestiones etílicas o sexuales, tanto a ancianos como a ancianas, mientras que para los europeos se trataba de una aberración.

Las mujeres, para los aztecas, ocupaban un papel importante en la sociedad, al contrario que para los europeos, para los que parecía que ni existieran. Aunque los aztecas también eran machistas, no existía el pudor entre ellos, ni omitieron a la mujer su participación en sus leyendas. Las mujeres aztecas luchaban, amaban y parían tanto con los aborígenes como con los extranjeros, mientras que las españolas, cuando parían niños morenos con el pelo rizado se daban por obra y gracia del espíritu santo. Por lo general las religiones eran crueles, por una parte y por otra, porque si los españoles se quejaban de los sacrificios humanos los nativos hacían lo mismo respecto a las torturas.

Se puede decir que el entendimiento entre grandes señores fue difícil, imposible, todo lo contrario de lo que sucedió con los pueblos, que las diferencias existentes entre ambas culturas se fueron superando con el tiempo y dándose un rápido sincretismo, que puso de relieve la existencia de más puntos de encuentro que de desencuentro. Algo muy distinto a lo que sucedió con los pueblos indígenas de Norteamérica y los conquistadores anglosajones, que lejos de crearse extractos criollos como en América Latina, los aborígenes norteamericanos huyeron a refugiarse en sus tierras. En definitiva y de cierto modo, este sincretismo cultural, al mismo tiempo que ha propiciado la fusión de dos pueblos, ha permitido la conservación de las costumbres de ambos lados del Atlántico.




viernes, 7 de enero de 2011

Dioses crueles o la violencia genética


Será por mi fascinación y la atracción que siento hacia los pueblos indígenas y sus culturas, especialmente las mesoamericanas, que entre mis películas predilectas o favoritas está "Apocalipto", del director Mel Gibson. No les puedo asegurar el número de veces que la habré visto, su fotografía y ambientación es fantástica. Está grabada en náhuatl, una lengua que no entiendo, pero que lejos de resultar incomprensible, al contrario, la hace más real y realza su contenido.

Ya sé que a muchos mexicanos no les agradó en demasía tanta crueldad y violencia contenida relacionada con su historia ameríndia o prehispánica, la prueba estuvo en las protestas que se originaron en su día por parte de muchos colectivos de la sociedad mexicana, cuando se presentó la cinta cinematográfica hace algunos años, pero lo cierto es que, estando en acuerdo o desacuerdo con la manera en que planteó la historia el director, nadie sabemos hasta qué punto fue de cruel en la realidad, lo único que conocemos es que parte de esa realidad existió.

Los dioses son crueles, al menos así lo entendieron a lo largo de la historia muchos de sus ministros o sacerdotes que los representaron. Como castigos o sacrificios, para lo bueno y para lo malo la violencia ha ido de la mano de las religiones en muchos pasajes históricos. En la mitología mesoamericana, y en muchas de sus culturas, han existido los sacrificios humanos como una manera de contentar a sus dioses, como una forma extrema de conseguir su gracia. Nada hay de más valor que la propia vida para presentar como ofrenda o como especie canjeable para conseguir la generosidad suprema.

Quetzalcóatl es el nombre que dieron los pueblos hablantes del náhuatl al ser supremo,"Serpiente emplumada". Este dios supremo de apariencia occidental, de piel blanca, barbudo y pelirrojo, en realidad representa una dualidad, el negro y el blanco, lo bueno y lo malo, lo pacífico y lo violento. Esta dualidad tiene otro nombre, Tezcatlipoca, "Espejo negro que humea". Quetzalcóatl ha representado al ser supremo para muchas de las culturas mesoamericanas, para unos como su hermano y para otros otro hombre. Para los olmecas, toltecas, los quiché como Gukumatz, los mayas como kukulcán y por último para los aztecas. La historia cuenta que Quetzalcóatl era venerado por su pueblo, por su pureza y honradez, y que Tezcatlipoca se le apareció un día disfrazado de viejo y le ofreció el brebaje de la inmortalidad, pero que en realidad era una bebida enloquecedora que le hizo perder su pureza. Cuando a la mañana siguiente se despertó, y comprobó que su pureza la había perdido en la borrachera que le ocasionó el brebaje, se marchó prediciendo que un día regresaría.


Tezcatlipoca ocupó su puesto y el pueblo lo eligió como deidad preferida, que al contrario de su dualidad exigía ofrendas humanas, por lo que la violencia y los sacrificios sucedieron a las ofrendas más tolerantes y pacíficas. Los dioses se volvieron más violentos y por sus exigencias la sociedad también, que se fue expandiendo por Mesoamérica a la vez que los nahuas iban conquistando y sometiendo a otros pueblos. Esa realidad es la que Mel Gibson refleja en su película, que termina con la llegada de los conquistadores españoles al mando de Hernán Cortés, quien fue confundido por Moctezuma con el mismísimo Quetzalcóatl.

En cierto modo no se confundió Moctezuma, era el dios representado en otro hombre parecido en apariencia a Quetzalcóatl, de piel blanca, barbudo y pelirrojo, pero con la diferencia de que en el fondo con quien compartía afinidad era con Tezcatlipoca. Un dios que también exigía sacrificios humanos y que permitía la antropofagia, con el simbolismo de la sangre y el cuerpo de Cristo. La afinidad y el genoma violento de los dioses era compartida, porque si crueles eran unos con sus sacrificios también los eran los otros con sus castigos que la santa inquisición exigía para contentar a Dios.

El transcurrir de los tiempos ha dejado a Tezcatlipoca con pocos adoradores, pero no así con sus ofrendas, que de manera diferente regresan en forma de rituales violentos relacionados con la muerte. La sincretización religiosa entre los mexicanos se ha diversificado en creencias más a las exigencias de Tezcatlipoca que a la de Quetzalcóatl. La fe se ha mezclado con la violencia y con la muerte hasta el punto de relacionarse narcotráfico con divinidades, y más al estilo politeísta prehispánico que al monoteísta católico.

Está claro que las deidades al estilo de "Espejo negro que humea", se sienten cómodos en el contexto del narcotráfico y la violencia que vive en la actualidad México, donde parece que vuelve a renacer la historia, o el regreso de Tezcatlipoca, porque al igual que entonces, la cultura de la violencia se va extendiendo hacia el sur, hacia Mesoamérica o Centroamérica, donde países como Guatemala, El Salvador, Honduras y en menor medida Nicaragua, están sufriendo el acoso del narcotráfico, que va unido de la extorsión y la crueldad. Una expansión cultural que rinde culto a la muerte y que cuyo hilo conductor u ofrenda más significativa es la violencia.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Sonrisas que alegran el alma (por Navidad)


-¡No me gusta la navidad! Me provoca tristeza tanta obligación a sentirme feliz.
-Entiendo tu estado de ánimo. A mí me ocurrió igual, sentí la misma sensación el día que me enteré de que la lucha libre era ficticia.

Estas frases son parte de la conversación que mantenían "Rafaelillo" y "Manolo el Mellao", este mediodía en la taberna "Los Mosquitos", cuando fui a tomar un aperitivo y a saludar a mi amigo Juan. Es 24 de diciembre y en esta fecha todo está impregnado de navidad, felicitaciones, invitaciones de amigos, regalos, reuniones de las familias, prisas y estrés por que nada quede en el olvido para la cena de Noche Buena. Todo lo que no corresponda a la celebración navideña queda exento de protagonismo en este día.

Rafaelillo está cerca de jubilarse, es platero, como le llamamos en mi ciudad a los que se dedican al oficio de la joyería, y no tiene familia, al menos ningún pariente cercano con quien guarde relación. Manolo es casi una década más joven y, al contrario que Rafaelillo, su familia es numerosa. El apodo de "el Mellao" le viene de joven, de cuando practicaba el boxeo. Disputó dos combates cuando comenzaba y en ambos le sacudieron de lo lindo, en cada uno de ellos perdió un diente y ese fue el detonante que le animó a colgar los guantes para siempre.

A mí, personalmente, tampoco me gustan las fiestas navideñas. En cierto modo me provocan rechazo, y al igual que a Rafaelillo me hacen sentir triste, no porque carezca de familia con quien compartirla, por suerte, aunque no muy extensa, sí tengo familia con quien compartir lo bueno y lo malo que me sucede. Nos vemos casi a diario y no necesitamos de una fecha especial para reunirnos todos.

Hace ya mucho tiempo que la Navidad me decepciona, ya no creo en ese falso mensaje de paz, amor y hermandad entre los seres humanos, ha pasado a formar parte de las utopías que acepto como imposibles. El espíritu navideño nunca va más allá de la sensibilidad que provoca ese empuje que quiere convertirse en revolución humanitaria y nunca pasa de ser un mero intento fallido. Un espíritu que no dura más de lo que se tarda en recoger todos los adornos luminosos, guirnaldas y bolas brillantes, para guardarlos y desempolvarlos al año siguiente.

La Navidad se ha transformado en el ejemplo más cruel del desenfrenado consumismo, nada son estas fiestas sin sus iconos publicitarios que cada año se visten de rojo con barbas y melena blanca, con o sin renos, con o sin trineo. Lejanos quedan aquellos tiempos en los que las fiestas se limitaban a la cena del día 24 y el 25 siguiente, no como en la actualidad, que cada año aparecen los adornos que las anuncian con más días de antelación, y es por noviembre cuando comienzan a vestirse los escaparates de confetis y símbolos navideños, marcados en los cristales con spray de nieve artificial.

Lo cierto es que, sin poder remediarlo y por momentos, uno se contagia de esa falsa y obligada felicidad, aunque nada tienen que ver con aquellos sentimientos que me invadían en la infancia. Eran otros tiempos y otras circunstancias, era otra visión más pura del mundo, como la que pueda tener cualquier niño de hoy. En el contexto navideño de mi niñez no cabían los anuncios publicitarios, no existían ni medios para difundirlos, salvo la radio, ni dinero para adquirirlos, y, por supuesto, no guardaba relación alguna con los Reyes Magos y sus regalos. La navidad de mi infancia era pobre en regalos y juguetes y rica en imaginación y espíritu colectivo. Las calles del pueblo olian a dulces caseros elaborados en cada casa, a pestiños, mantecados, alfajores, roscos fritos, roscos de vino... A matalauva y a canela, a aguardiente de anís dulce y a bracero de picón que ardía bajo la mesa camilla de cada hogar para calentar el frío del invierno.

Los grupos de niños y mayores se armaban de instrumentos musicales improvisados y a ritmo de villancicos visitaban cada hogar, pidiendo el aguinaldo, que no consistía en otra cosa que en una copita de anís para los mayores o un dulce navideño para los niños. Carracas, zambombas, panderetas, almireces, platillos... Rudimentarias orquestas con voces angelicales que se escuchaban como un eco por cada rincón del pueblo. No recuerdo cenas de Noche Buena más especiales de lo normal, recuerdo el ambiente creado alrededor de aquella fecha y los cuentos que mi abuela nos contaba en la mañana de Navidad, cuando corríamos todos al despertar, mis primos y yo, a meternos con ella en su cama.

Pero en realidad, la tristeza que me provoca la Navidad nada tiene que ver con el desencanto de una niñez lejana y perdida, más bien por lo que supone esta celebración en muchos hogares pobres, y por muchas personas que ni siquiera tienen un hogar que los acoja en esta noche tan significativa, o que se encuentren en soledad, sin familia con quien compartirla, como le ocurre a Rafaelillo y a tantas otras personas en el mundo, enfermos, ancianos, emigrantes y otros colectivos que sufren o son desgraciados por unas u otras causas.

Supongo que, como a mí, a todos los adultos nos resultará estas celebraciones como un obligado ejercicio para renovar ese espíritu de generosidad y altruismo, no como una fecha que genere ilusión, sino tristeza por los muchos que no pueden optar a ese derecho de ser felices aunque sea por una sola noche.

En el fondo de la festividad es la infancia, los niños, los que realmente absorben la pureza de esta celebración, al menos es a ellos a quien más les deja impronta, un significado que les marcará para toda la vida, incluso hasta después de desencantados y aceptar a la Navidad como otra más de las utopías imposibles. Por este motivo es por los que quiero desearles felices fiestas a los niños, especialmente a los que padecen enfermedades y que a pesar de sus estados de salud nos regalan cada día sus sonrisas para alegrarnos el alma, sonrisas que tienen más valor que la propia Navidad.

Mis felicitaciones a todos los niños del Hospital Infantil de La Mascota, de Managua, y a la asociación MAPANICA (Madres y Padres de Niños con Leucemia y Cáncer en Nicaragua). ¡Feliz Navidad!

domingo, 19 de diciembre de 2010

Togas cómplices (Réquiem para una madre corage)


Apenas habían pasado unos minutos de las 20:00 hora local, cuando una ambulancia se llevaba el cuerpo moribundo de una mujer que sangraba sobre la acera, frente al Palacio de Gobierno, en la ciudad de Chihuahua, en el estado mexicano del mismo nombre. La fiscalía estatal confirmó más tarde que esa mujer perdió la vida varios minutos después en la Clínica del Parque, cercana al lugar de donde fue socorrida por paramédicos.

Hasta ayer mismo, muy pocas personas fuera de México conocían la existencia de esta mujer, la causa por la que luchaba y el motivo por el que perdió su vida. Marisela Escobedo Ortiz era una madre coraje, una activista que dedicó los dos últimos años de su vida a que la justicia mexicana ejerciera su cometido sobre el asesino de su hija, Sergio Rafael Barraza Bocanegra. El homicida había quedado en libertad, absuelto de todos los cargos, después de que los jueces Catalina Ochoa Contreras, Netzahualcóyotl Zúñiga Vázquez y Rafael Baudib Jurado lo dejaran en libertad por falta de pruebas en el juicio oral llevado a cabo. Pocos días después, tras la apelación, estos mismos jueces rectificaron culpándolo a 50 años de cárcel, pero ya era demasiado tarde, el homicida había tenido tiempo suficiente para escapar.

Rubí Marisol Frayre Escobedo tenía tan solo 14 años cuando se enamoró de Sergio Rafael, desde entonces, hasta que acabó con su vida, no había hecho otra cosa que someterla a una vida de miedo y violencia extrema, al tiempo que la alejaba de sus familiares y amigos. El 28 de agosto de 2008, con tan solo 16 años, la mató, la quemó y la tiró a un basurero clandestino y cementerio de cerdos. Fue violenta con ella hasta el último momento, la destazó y huyó confiado, viviendo tranquilamente en Ciudad Juárez, al menos hasta pasado un tiempo, hasta que la entereza y la lucha incansable de esta madre consiguió que la justicia lo detuviera.

El homicida aceptó su culpabilidad, llevó a la policía al lugar donde estaba el cadáver de Rubí, se declaró culpable en la audiencia y pidió perdón a los familiares, además intentó negociar una pena de veinte años con la fiscalía tratando de esquivar la pena máxima que puede imponer la justicia mexicana, 60 años. Sin embargo, Sergio Rafael quedó absuelto de todos los cargos porque los jueces consideraron que la autoinculpación no era suficiente para meterlo entre rejas. Ni que decir tiene que este caso estremeció a Ciudad Juárez y abrió la herida de los feminicidios aún sin resolver. Durante 2010, cada día una mujer ha sido asesinada en el Estado de Chihuahua.

A partir de ese momento, Marisela luchó con una fuerza sobre humana porque se cumpliera justicia por el asesinato de su hija. Comenzó una caminata de protesta, acompañada de su familia, desde Ciudad Juárez a la capital del país, hasta que el gobernador José Reyes Baeza le pidió que continuara el recorrido en automóvil, a lo que accedió. Llevó a cabo una investigación por su cuenta y consiguió dar con el paradero del asesino prófugo, ubicando a Sergio Rafael en Fresnillo, en el Estado de Zacatecas, pero no recibió el apoyo suficiente y de nuevo consiguió escapar. Después fueron varias las protestas llevadas a cabo tratando de llamar la atención para que el caso del asesinato de Rubí Marisol no quedara sin justicia y en el olvido.

Su última puesta en escena es la que llevaba desde hace unos días frente al Palacio del Gobierno, donde fue asesinada de un disparo en la cabeza. Las cámaras de vigilancia recogen esos escasos minutos en los que un hombre dobla la esquina caminando, al tiempo que un automóvil de color blanco se sitúa a la altura de la calle donde se encuentra Marisela y un acompañante, junto a la pancarta desplegada. Los asesinos esperaron justo al momento de que cerrara sus puertas el Palacio del Gobierno, para cumplir las amenazas que ya había sufrido Marisela por parte de la familia Barraza. Por las características, se cree que el sujeto que llega caminando pudiera ser el propio Sergio Rafael, se enfrenta a Marisela y a su acompañante, el joven entra en un forcejeo con el asesino y mientras tanto la señora Escobedo huye en dirección al Palacio del Gobierno, pero el sicario sale corriendo tras ella y la última a varios metros de un disparo en la cabeza.

Una historia cruel, que deja un regusto a impotencia, a injusticia, a ira contenida, pero que lejos de dar por finalizado el relato, los hechos ocurridos antes del funeral ponen de manifiesto que no está todo dicho. Esta noche pasada, mientras se velaba el cuerpo de la activista, su familia a vuelto a recibir amenazas, por si no fuera poco lo que ya han sufrido. Han incendiado una maderera propiedad de un familiar de Marisela y han secuestrado al propietario y un empleado del negocio, además de sufrir quemaduras otros dos de los empleados.

Podría seguir echándole culpas al machismo violento que padece la República Mexicana, podría continuar utilizando la palabra feminicidio y volcando todas las miradas a una sociedad hecha por hombres y para hombres, donde las mujeres sufren y son víctimas de la injusticia impartida por el género masculino. Podría continuar con mucho más en favor de las mujeres, si no fuera porque en este caso, mucha de esa responsabilidad la tiene una mujer, la propia jueza que con su decisión contribuyó a que, no sólo quedara libre de asesinato, también tuviera la oportunidad de que de nuevo se cometiera otro crimen, en este caso contra una mujer ejemplar. Ahora que lo sucedido ya no tiene remedio, el presidente del Supremo Tribunal de Justicia, Javier Ramírez Benítez, ha anunciado la suspensión de los tres jueces que absolvieron al asesino Sergio Rafael, tras la iniciativa enviada por el gobernador César Duarte. Explicaron que los tres jueces serán suspendidos, pero no serán puestos a disposición, ni se les arraigará, estarán en total libertad y únicamente dejarán sus funciones como autoridades. No cabe duda que México necesita una nueva revolución, judicial, policial y a otros muchos niveles de la sociedad.


viernes, 10 de diciembre de 2010

Cuando la cultura se impregna de crueldad


Probablemente, si uno tuviese que comenzar a escribir sobre la República Mexicana, y me dieran a elegir el tema sobre el que quisiera profundizar, no terminaría nunca de anotar en un borrador las posibilidades que me ofrece este país de América del Norte y que yo fraternalmente lo saco de ese concepto, saltándome a mi albedrío los protocolos políticos y geográficos, para incluirlo en el contexto latinoamericano. Es ahí donde creo que debe estar. De acuerdo que hace de frontera entre Norteamérica y Centroamérica, pero no es lo mismo que la línea que divide el continente esté arriba, junto a Estados Unidos, que al sur, donde tiene como vecino a Guatemala.

México es un manantial cultural inagotable, que no ofrecería facilidades a la hora de elegir ese tema en concreto para representarlo con palabras en un par de páginas. Sin embargo, y lamentablemente, para quien no conozca su cultura o su historia, tampoco lo tendría fácil a la hora de escoger con qué contenido representaría a la sociedad mexicana de la actualidad. Si se dejara llevar por lo que las noticias nos muestran cada día en los informativos, con toda seguridad haría un retrato muy alejado de lo que yo pienso, eso sí, describiría un país que desgraciadamente comenzamos a acostumbrarnos a él como tal, con una cultura impregnada de crueldad, donde la corrupción y la violencia es el pan de cada día.

Entiendo, y defiendo, que no se puede catalogar a una sociedad entera por las actitudes de unos pocos y algunos hechos aislados que no representan la idiosincrasia de una nación entera. Sin embargo, cuando estos hechos antisociales o incívicos se van haciendo cada vez más cotidianos es que algo falla, algo debe de andar mal en la cuna que mece la cultura, en la educación y en la infancia, porque los niños de ayer son los hombres de hoy. Y digo hombres porque es sobre este género humano, el masculino, donde recaen todas las culpas o sospechas de una sociedad, en parte, machista, racista, xenófoba, violenta y corrupta.

Sí, ya imagino que, mientras me leen muchos amigos mexicanos, estarán poniendo el grito en el cielo y, entre otras cosas, acordándose de mi santa madre y de todos mis honorables antepasados. Pero no conviene olvidar que una sociedad libre e inteligente debe de comenzar primero mirándose al espejo para no tener un concepto equivocado de sí misma. Como digo al principio, son muchos temas positivos los que podría haber elegido para referirme a México, pero no voy a engañar a nadie, este no es el caso. Trataré de ser honrado criticando y denunciando lo que me parece injusto, lo contrario no se necesita resaltar, es lo que nos merecemos en cualquier parte del mundo, la justicia.

Ayer tarde, regresaba del trabajo con los auriculares enchufados a las orejas escuchando en la radio las tertulias y entrevistas de la Cadena Ser. Gemma Nierga entrevistaba a una periodista mexicana, Rosa Isela Pérez, que vive exiliada en España junto a su familia, obligada por las amenazas de muerte que recibió en su país, como venganza a sus denuncias contra los abusos y violaciones, especialmente contra el feminicidio de Ciudad Juáres. Ayer mismo, el Consejo General de la Abogacía Española la premiaba por su valiente trabajo en los XII Premios Derechos Humanos CGAE. Rosa, o Rosita, como la llamaba Gemma, se negaba a aceptar que detrás de todos estos miles de crímenes de mujeres jóvenes y niñas estuviera un asesino en serie, ni siquiera un grupo o varios grupos organizados que se dedicaran a violar y asesinar mujeres, su culpa recaía sobre toda la sociedad, machista, que acostumbrada a que los culpables no paguen su castigo por sus fechorías cada vez ponen la línea roja de la crueldad más alejada de lo ilegal.

Dejando atrás este cruel y traumático asunto, nos damos de bruces con la contradicción social respecto al racismo. Cuesta comprender que, hace tan solo unos meses, México entero clamara justicia contra las leyes racistas en el estado de Arizona y, en cambio, parece como si el racismo que sufre la mayoría de la población, con un 65% de genes indígenas, por parte de una minoría racial fuera lo más normal del mundo. La faz de México es fundamentalmente indígena, sin embargo, el color de la piel no es suficiente en este país para entender el racismo. Slim, el hombre más rico de México y del mundo es un árabe negro; parte de los judíos que dominan a las grandes metrópolis del país son de piel y cabello oscuro, y muchos de los españoles son prietos y calvos. Esta minoría, que en otras partes del mundo podrían ser víctimas del racismo, en este caso son los privilegiados, en contra de los nativos o indígenas. Es la cultura anti-indigenista, el rechazo a toda la herencia cultural autóctona. Parece como si lo valorado fuese el post-Cuahutémoc en detrimento de lo prehispánico. Solo hay que mirar las condiciones de pobreza en la que viven la mayoría de los pueblos indígenas mexicanos para darse cuenta de que el proyecto de sociedad es erradicar absolutamente a las culturas originales.

El apartado de la inseguridad y el narcotráfico es de un calado superior a todos los demás. Ya conocemos la guerra que se libra cada día, especialmente entre bandas mafiosas, en todos los rincones del país y que salpica a todos los ambientes sociales. Nadie está a salvo, nadie está seguro de no ser víctima de la sinrazón que vive México, esté o no relacionado con el narcotráfico. Lo peor no es a lo que ya nos tienen acostumbrados los asesinos, sino que a cada acción cruel nos sorprenden más. La última es la detención del "niño sicario", nada extrañaría si no fuese porque realmente se trata de un menor, un niño de 14 años con varias muertes en su precoz currículum, el encargado de degollar a las víctimas que más tarde aparecían colgadas de los puentes o en cualquier lugar bien vistoso para hacer más espectacular la tragedia sangrienta.

Ahondar más en la herida de la realidad mexicana no es nada agradable, si acaso inquietante, porque si miramos el mapa geográfico y social de Centroamérica comprobaremos que, al contrario de poner freno a todas estas injusticias y crueldades, el mal se expande como una mancha de aceite sobre el papel, sobre la realidad que se vislumbra en países como Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, a las puertas todos ellos de la importación no deseada, pero que también muestra parte de racismo, de machismo, de violencia, corrupción y donde las bandas mafiosas de narcotraficantes comienzan a largar su influencia.

Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...