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viernes, 10 de diciembre de 2010

Cuando la cultura se impregna de crueldad


Probablemente, si uno tuviese que comenzar a escribir sobre la República Mexicana, y me dieran a elegir el tema sobre el que quisiera profundizar, no terminaría nunca de anotar en un borrador las posibilidades que me ofrece este país de América del Norte y que yo fraternalmente lo saco de ese concepto, saltándome a mi albedrío los protocolos políticos y geográficos, para incluirlo en el contexto latinoamericano. Es ahí donde creo que debe estar. De acuerdo que hace de frontera entre Norteamérica y Centroamérica, pero no es lo mismo que la línea que divide el continente esté arriba, junto a Estados Unidos, que al sur, donde tiene como vecino a Guatemala.

México es un manantial cultural inagotable, que no ofrecería facilidades a la hora de elegir ese tema en concreto para representarlo con palabras en un par de páginas. Sin embargo, y lamentablemente, para quien no conozca su cultura o su historia, tampoco lo tendría fácil a la hora de escoger con qué contenido representaría a la sociedad mexicana de la actualidad. Si se dejara llevar por lo que las noticias nos muestran cada día en los informativos, con toda seguridad haría un retrato muy alejado de lo que yo pienso, eso sí, describiría un país que desgraciadamente comenzamos a acostumbrarnos a él como tal, con una cultura impregnada de crueldad, donde la corrupción y la violencia es el pan de cada día.

Entiendo, y defiendo, que no se puede catalogar a una sociedad entera por las actitudes de unos pocos y algunos hechos aislados que no representan la idiosincrasia de una nación entera. Sin embargo, cuando estos hechos antisociales o incívicos se van haciendo cada vez más cotidianos es que algo falla, algo debe de andar mal en la cuna que mece la cultura, en la educación y en la infancia, porque los niños de ayer son los hombres de hoy. Y digo hombres porque es sobre este género humano, el masculino, donde recaen todas las culpas o sospechas de una sociedad, en parte, machista, racista, xenófoba, violenta y corrupta.

Sí, ya imagino que, mientras me leen muchos amigos mexicanos, estarán poniendo el grito en el cielo y, entre otras cosas, acordándose de mi santa madre y de todos mis honorables antepasados. Pero no conviene olvidar que una sociedad libre e inteligente debe de comenzar primero mirándose al espejo para no tener un concepto equivocado de sí misma. Como digo al principio, son muchos temas positivos los que podría haber elegido para referirme a México, pero no voy a engañar a nadie, este no es el caso. Trataré de ser honrado criticando y denunciando lo que me parece injusto, lo contrario no se necesita resaltar, es lo que nos merecemos en cualquier parte del mundo, la justicia.

Ayer tarde, regresaba del trabajo con los auriculares enchufados a las orejas escuchando en la radio las tertulias y entrevistas de la Cadena Ser. Gemma Nierga entrevistaba a una periodista mexicana, Rosa Isela Pérez, que vive exiliada en España junto a su familia, obligada por las amenazas de muerte que recibió en su país, como venganza a sus denuncias contra los abusos y violaciones, especialmente contra el feminicidio de Ciudad Juáres. Ayer mismo, el Consejo General de la Abogacía Española la premiaba por su valiente trabajo en los XII Premios Derechos Humanos CGAE. Rosa, o Rosita, como la llamaba Gemma, se negaba a aceptar que detrás de todos estos miles de crímenes de mujeres jóvenes y niñas estuviera un asesino en serie, ni siquiera un grupo o varios grupos organizados que se dedicaran a violar y asesinar mujeres, su culpa recaía sobre toda la sociedad, machista, que acostumbrada a que los culpables no paguen su castigo por sus fechorías cada vez ponen la línea roja de la crueldad más alejada de lo ilegal.

Dejando atrás este cruel y traumático asunto, nos damos de bruces con la contradicción social respecto al racismo. Cuesta comprender que, hace tan solo unos meses, México entero clamara justicia contra las leyes racistas en el estado de Arizona y, en cambio, parece como si el racismo que sufre la mayoría de la población, con un 65% de genes indígenas, por parte de una minoría racial fuera lo más normal del mundo. La faz de México es fundamentalmente indígena, sin embargo, el color de la piel no es suficiente en este país para entender el racismo. Slim, el hombre más rico de México y del mundo es un árabe negro; parte de los judíos que dominan a las grandes metrópolis del país son de piel y cabello oscuro, y muchos de los españoles son prietos y calvos. Esta minoría, que en otras partes del mundo podrían ser víctimas del racismo, en este caso son los privilegiados, en contra de los nativos o indígenas. Es la cultura anti-indigenista, el rechazo a toda la herencia cultural autóctona. Parece como si lo valorado fuese el post-Cuahutémoc en detrimento de lo prehispánico. Solo hay que mirar las condiciones de pobreza en la que viven la mayoría de los pueblos indígenas mexicanos para darse cuenta de que el proyecto de sociedad es erradicar absolutamente a las culturas originales.

El apartado de la inseguridad y el narcotráfico es de un calado superior a todos los demás. Ya conocemos la guerra que se libra cada día, especialmente entre bandas mafiosas, en todos los rincones del país y que salpica a todos los ambientes sociales. Nadie está a salvo, nadie está seguro de no ser víctima de la sinrazón que vive México, esté o no relacionado con el narcotráfico. Lo peor no es a lo que ya nos tienen acostumbrados los asesinos, sino que a cada acción cruel nos sorprenden más. La última es la detención del "niño sicario", nada extrañaría si no fuese porque realmente se trata de un menor, un niño de 14 años con varias muertes en su precoz currículum, el encargado de degollar a las víctimas que más tarde aparecían colgadas de los puentes o en cualquier lugar bien vistoso para hacer más espectacular la tragedia sangrienta.

Ahondar más en la herida de la realidad mexicana no es nada agradable, si acaso inquietante, porque si miramos el mapa geográfico y social de Centroamérica comprobaremos que, al contrario de poner freno a todas estas injusticias y crueldades, el mal se expande como una mancha de aceite sobre el papel, sobre la realidad que se vislumbra en países como Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, a las puertas todos ellos de la importación no deseada, pero que también muestra parte de racismo, de machismo, de violencia, corrupción y donde las bandas mafiosas de narcotraficantes comienzan a largar su influencia.

domingo, 11 de abril de 2010

Muerte en femenino


De lo que sí estoy seguro es de que estábamos en la estación veraniega, cuando tuve la primera evidencia del maltrato hacia la mujer como víctima de género, no así de la edad que tenía, pero podría apostar que no había pasado los siete años de edad, por lo tanto corría la década de los 60 a mediados, quizás algo más. Recuerdo aquel día ir de la mano de mi madre a la compra, no era como hoy, no existían supermercados en el pueblo ni nada que se le pareciera, para no haber no había ni dinero con que comprar. Tampoco plazas de abastos, todo lo más eran algunas pequeñas tiendas, colmados, donde se encontraba de casi de todo, desde pasamanería, bacalao salado y juguetes, hasta cuadernos; varias carnecerías y un solo puesto de pescado fresco, donde no siempre se vendía y cuando se ofrecía no eran más de los dedos de una mano las variedades de especies que se podían contar extendidas sobre las viejas cajas de tablas de madera medio cubiertas con paños blancos, para evitar que las moscas jugaran al "aquí te pillo aquí te mato" sin ruborizarse ante la clientela que contaba cada céntimo de peseta para calcular a cuantas sardinas o boquerones tocaban para cada miembro de la familia.

Esperábamos el turno en "Casa Lorencito", era donde el pescado, y las mujeres departían en confianza pues casi todas se conocían de toda la vida, como una gran familia, cuando llegó Isabelita y miró el pescado que había a la venta aquel día. Preguntó a cómo estaba el precio de los boquerones y sin más se despidió con un -¡Luego más tarde me paso, ahora hay mucha cola! Mientras que Isabelita estuvo presente las clientas enmudecieron, sólo después de irse comenzaron a soltar improperios contra quien se suponía le había puesto el ojo morado a la mujer. -¡La pobre! -¡Hay que ver la vida que le está dando el malasangre! -¡Tenía que reventar como un triquitraque el malnacido!

Como niño que era mi curiosidad no tenía límite ni sentido de la discreción, la que me empujó a preguntarle a mi madre -¿Mamá, quién le ha pegado a esa mujer en el ojo? A lo que mi madre me respondió -Nadie, se ha caído sola. Entiendo que mi madre solucionó discretamente tener que explicarle a un niño delante de más mujeres malhumoradas que el marido de aquella señora la maltrataba cada vez que le venía en ganas.
Si digo que era en verano es por recordar que jugaba con mi prima Quiteria en los escalones que daban al patio de la casa de mi abuela Angelita, cuando ésta y dos de sus hijas, mi madre y mi madrina Manoli, comentaban que la pobre Isabelita iba aquella mañana otra vez con el ojo morado por alguna paliza del marido, que por otro lado no era nada de extraño en él, actuar así de ruin contra su esposa.

Aquella conversación provocó en mí una curiosidad por saber cuál era el motivo por el que el marido le pegaba palizas a su mujer, y en cuanto tuve oportunidad le hice a mi padre una pregunta casi obligada, -¿por qué le pegan los maridos a sus mujeres? Y la respuesta de mi padre fue contundente, -a las mujeres no se les pone la mano encima. Eso no lo hacen los hombres con vergüenza. Me sobraron las razones, estaba claro que mi padre puso por encima de todo que nunca existen razones para pegar a una mujer. No cabe duda que no todos tuvieron la suerte de tener un padre respetuoso y pacífico como lo tuve yo, que siempre me enseñó a ser tolerante y respetuoso con los demás, pobre y con mínimos estudios básicos, lo que demuestra que la pobreza y el analfabetismo no son sinónimos de estos males que muchas veces se achacan a las clases sociales marginales, si no que va con los principios y los valores inculcados desde la infancia.

Para muchos, el problema que me trae a reflexionar, el maltrato doméstico, o de género, quizás no tenga mucha concordancia con los asesinatos y desapariciones de Ciudad Juárez, en el estado mexicano de Chihuahua, donde la vida de las mujeres parece no tener mucho valor, pero para mi punto de vista todo entra en el mismo saco, las mujeres son víctimas por el sólo hecho de pertenecer al sexo femenino, otra cuestión es la de si la actitud del victimario es más o menos deleznable por pertenecer a la misma familia de la víctima.
Tan asesinos son unos como otros y la misma hombría los mide, ninguna, pero para lo que sucede en Ciudad Juárez ya no existen calificativos, ni la rabia e impotencia permite encontrar definiciones con que catalogar este feminicidio que no parece tener fin, todo lo contrario, el problema se agranda y se expande como la mala hierba.

Desde que fue encontrada la primera víctima, la niña Alma Chavira Farel, en enero de 1993, son más del millar el número que se estima han sido víctimas en estos diecisiete años, entre asesinatos y homicidios de mujeres ocurridos en Ciudad Juárez, por lo general mujeres jóvenes y pobres, desde los 10 a los 35 años de edad, torturadas, violadas y mutiladas antes de matarlas. Siempre son violadas, acompañadas por un sadismo fuera de lugar, algunas aparecen con las uñas arrancadas, desfiguradas, descuartizadas. Las cifras más recientes al respecto son las de 388, las niñas y mujeres asesinadas en el transcurso del pasado año, en 2009. Los lugares que tienen el siniestro honor en la mayoría de los cuerpos encontrados son Lote Bravo, Granjas Santa Elena, colonia La nueva Hermila, las faldas del Cerro del Cristo y el Puente Libre que une a Juárez con El Paso, Texas.

Sin embargo, esta patología social parece que comenzó en este punto de la frontera mexicana con Estados Unidos, pero que su exportación como mal se extiende a pasos agigantados por otros estados de México, donde ya hay varios de ellos donde las cifras se multiplican superando a las de Ciudad Juárez. En México, el 67% de las mujeres han sufrido algún tipo de violencia, donde el mayor problema sigue siendo la impunidad. De todas las mujeres asesinadas no existe ningún responsable, ningún acusado por una sola víctima, siempre el silencio cómplice de las autoridades. Solamente una sentencia en contra del Estado mexicano, en el juicio celebrado en la Corte Interamericana de Derechos Humanos, en la que se condena a México por ser responsable, por la falta de una investigación adecuada, de la muerte de tres jóvenes, Esmeralda Herrera Monreal, de 15 años; Claudia Ivette González, de 19, y Laura Berenice Ramos, de 17. Tres chicas que desaparecieron en el año 2001 en Ciudad Juárez, cuyas familias trataron de averiguar sobre su paradero y fueron a la policía para obtener información sobre las investigaciones al respecto, donde encontraron como respuesta: "Señora, vaya y búsquela usted. Pregunte a ver qué le dicen, y según lo que usted investigue, pues viene y nos lo dice".

Pero como resaltaba anteriormente, el mal se extiende y no sólo por tierras mexicanas, porque si sobrecogen las cifras de homicidios y asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, agárrense, porque en Guatemala, sólo en el 2009, fueron asesinadas 847 mujeres, y en los últimos diez años son 5.027 el número de mujeres guatemaltecas que han muerto de manera violenta, y no se trata de violencia doméstica a puerta cerrada, si no de mujeres que fueron asesinadas y torturadas en lugares públicos. El triangulo de la violencia, como describe las Naciones Unidas a la zona entre Guatemala, El Salvador y Honduras, tiene la tasa más alta de feminicidios de toda la región. El primer puesto referente a los asesinatos de mujeres, en los últimos años, recaía sobre Guatemala, pero ahora es Honduras el que recibe el indecoroso reconocimiento, seguido de El Salvador y Guatemala, que ha pasado al tercer puesto, y no porque hayan mermado los asesinatos, si no porque ha sido superada por sus otros dos vecinos.

Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...