
Nuestra irresponsabilidad nos lleva a excusarnos continuamente en lo poco que podemos hacer individualmente contra el problema y siempre nos escondemos en las culpas hacia las grandes compañías que degradan el ambiente extrayendo los recursos naturales de donde aún quedan, especialmente en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, donde la corrupción de sus gobernantes, por un lado, y la necesidad de los pobladores, por otro, dan permisividad y se convierten en cómplices de este abuso contra la naturaleza, contra nosotros mismos. Es verdad que una sola gota no rebosa un vaso, pero forma parte del líquido que le hará derramarse. La solución al problema que nos acucia o la detención de tanta irresponsabilidad, pasa por el respeto hacia nuestro entorno natural y por el rechazo y la crítica a cualquier actitud intolerante con la naturaleza. Debemos exigir a las autoridades un desarrollo de vida sostenible, al tiempo que obligarnos a nosotros mismos a dar un paso adelante en defensa de nuestro hábitat natural.
Uno de estos grandes pulmones verdes es Bosawás, en Nicaragua, la tercera reserva natural más grande del mundo, la más grande de Centroamérica y el corazón del Corredor Biológico Mesoamericano. La degradación que está sufriendo esta gran zona boscosa ha puesto en alarma a los expertos ecologistas. Sin embargo, a pesar de que el gobierno nicaragüense no tiene, o al menos no divulga, sus políticas para hacer frente a este mal, sí existen una serie de proyectos en marcha desde inicios de esta década. Diferentes organizaciones de la sociedad civil, y hasta el mismo gobierno, trabajan para adaptarse a las nuevas circunstancias que plantea el calentamiento global. Existen proyectos para evitar grandes incendios forestales, o para que las vacas no contaminen tanto la atmósfera con sus flatulencias, además del aprovechamiento del gran lago Cocibolca para el agua potable o riego ante problemas de sequía.
El hambre y la miseria ha sido el peor enemigo al que se han tenido que enfrentar estos grupos indígenas. Para sobrevivir han tenido que luchar contra enfermedades sin atención médica, escasez de agua potable y sistemas o redes de saneamiento, falta de escuelas y otros muchos problemas básicos, sin embargo, siempre tuvieron respeto y cuidado por la reserva que les dejaron sus antepasados, sabedores de la importancia que supone el medio en que habitan para su supervivencia. En cambio, no ha sido el mismo respeto hacia el entorno natural por parte de los gobiernos sucesivos, que por muchos años se olvidaron de sus pobladores y solamente se acordaron de los aportes sustanciosos que pudo generarle la reserva, dedicándose a destruir los bosques autorizando permisos de aprovechamiento forestal, talándose grandes extensiones de árboles, especialmente en los años 90.La guerra de los 80 provocó una oleada de indígenas emigrantes hacia Honduras, que al acabar el enfrentamiento armado y regresar a sus tierras, se encontraron con que los mestizos de la costa del Pacífico, apoyados por los gobiernos de turno, habían invadido sus tierras y dañaban la reserva. La excusa por parte de las instituciones, respecto a la irrupción de los colonos en la reserva, era que se trataba de familias pobres y el objetivo el de darle la posibilidad de un medio de vida digno, pero no parece que todas las familias que se instalaron sean los suficientemente pobres o sin recursos, como para poseer motosierras para el despale y llevar ganado a una zona tan profunda y con tantas dificultades de acceso, incluso para caminar sin carga. No se conoce con exactitud el número de familias de colonos que viven dentro del parque, según el Gobierno Territorial Indígena se calculan en más de mil familias habitando dentro de la zona declarada Reserva de la Biosfera.
Lo cierto es que, entre unos y otros la casa sin barrer, hay alcaldes permisivos como el de Siuna, Julián Gaitán, que hace oídos sordos al asunto pensando más en los votos que en el problema, que a su vez acusa a los indígenas de vender parcelas sin papeles o documentos que los reconozcan, y entre unos y otros las entidades financieras concediendo préstamos bancarios para desarrollar negocios ganaderos y agrícolas dentro de la reserva. Entre tanto despropósito, el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales, MARENA, calla, otorga, al tiempo que las motosierras no se detienen en la deforestación, hiriendo gravemente el pulmón verde. Los únicos que parecen defender el paraíso nicaragüense son los seis guardabosques existentes, la mayoría de ellos indígenas, que se reparten la vigilancia de Bosawás, lo que significa que tienen unos 3.000 kilómetros cuadrados para vigilar cada uno, con un salario de 2500 córdobas, unos 125 dólares mensuales, desarmados y con unos conocimientos medioambientales precarios.







