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domingo, 6 de febrero de 2011

Bosawás: el pulmón herido


A pesar de su difusión en los medios informativos y la evidencia que podemos comprobar a diario sobre el problema del cambio climático en el planeta, parece que no somos conscientes del todo del verdadero peligro que significa, no solo para el mundo vegetal y sus sistemas biológicos, sino también para el mundo animal y en primer término para el género humano. Se trata de la mayor amenaza a la que jamás se ha enfrentado la humanidad, tal como lo han advertido los expertos del clima, y como lo ha reconocido la Organización de Naciones Unidas en más de una ocasión. Si no se remedia la situación parece que estamos abocados a nuestra propia desaparición, a la inexistencia de las formas de vida que actualmente disfrutamos y cuyas condiciones nos permiten desarrollarnos como especie. Si no ponemos reparo, más pronto que tarde, estamos condenados al fracaso, a lo que llamaríamos la sexta extinción del planeta.

La primera irresponsabilidad del ser humano pasa por la falta de respeto hacia el medio ambiente, como si éste fuera un asunto de quita y pon, como si no tuviera la importancia que sustenta, como si no fuese tan necesario y atuviésemos otras alternativas para elegir en el caso de llegar al asesinato o aniquilación del sistema que nos acoge. Respetar la naturaleza es como hacerlo con nuestro propio cuerpo, con nuestros propios hijos, con nuestros descendientes, que son merecedores de una herencia más responsable.

Nuestra irresponsabilidad nos lleva a excusarnos continuamente en lo poco que podemos hacer individualmente contra el problema y siempre nos escondemos en las culpas hacia las grandes compañías que degradan el ambiente extrayendo los recursos naturales de donde aún quedan, especialmente en los países subdesarrollados o en vías de desarrollo, donde la corrupción de sus gobernantes, por un lado, y la necesidad de los pobladores, por otro, dan permisividad y se convierten en cómplices de este abuso contra la naturaleza, contra nosotros mismos. Es verdad que una sola gota no rebosa un vaso, pero forma parte del líquido que le hará derramarse. La solución al problema que nos acucia o la detención de tanta irresponsabilidad, pasa por el respeto hacia nuestro entorno natural y por el rechazo y la crítica a cualquier actitud intolerante con la naturaleza. Debemos exigir a las autoridades un desarrollo de vida sostenible, al tiempo que obligarnos a nosotros mismos a dar un paso adelante en defensa de nuestro hábitat natural.

Las grandes zonas forestales, los llamados pulmones verdes, son los que nos permiten continuar adelante en nuestra forma de vida y, desgraciadamente, cada día quedan menos grandes extensiones que nos sirvan de escudo natural, nosotros mismos estamos provocando el calentamiento global que hará insoportable nuestra existencia en este planeta que generosamente nos acoge y que déspotamente hemos hecho nuestro y maltratamos.

Uno de estos grandes pulmones verdes es Bosawás, en Nicaragua, la tercera reserva natural más grande del mundo, la más grande de Centroamérica y el corazón del Corredor Biológico Mesoamericano. La degradación que está sufriendo esta gran zona boscosa ha puesto en alarma a los expertos ecologistas. Sin embargo, a pesar de que el gobierno nicaragüense no tiene, o al menos no divulga, sus políticas para hacer frente a este mal, sí existen una serie de proyectos en marcha desde inicios de esta década. Diferentes organizaciones de la sociedad civil, y hasta el mismo gobierno, trabajan para adaptarse a las nuevas circunstancias que plantea el calentamiento global. Existen proyectos para evitar grandes incendios forestales, o para que las vacas no contaminen tanto la atmósfera con sus flatulencias, además del aprovechamiento del gran lago Cocibolca para el agua potable o riego ante problemas de sequía.

Sin embargo, estos proyectos sólo sirven para mitigar el impacto climático a nivel local, por contra, mientras que se encuentra un modelo de gestión ambiental a desarrollar, la ingerencias de colonos en la reserva está causando más problemas de los que podrían resolverse con las iniciativas. Esta hermosa e inmensa reserva natural, que garantiza oxigeno a los centroamericanos y al resto del mundo, ha sido cuidada durante siglos por las etnias miskitos y mayangnas, compartida por los departamentos de Jinotega, Nueva Segovia y la Región Autónoma del atlántico Norte, en los municipios de Siuna, Rosita, Bonanza, Waspan, Wiwilí y San José de Bocay. Este paraíso natural de selva virgen tiene una extensión de 20 kilómetros cuadrados, casi el territorio de El Salvador, y fue declarada por la UNESCO, en octubre de 1997, Patrimonio de la Humanidad y Reserva de la Biosfera. Bosawás posee el bosque mejor conservado de Centroamérica, compuesto de más de 270 tipos de plantas con atributos alimenticios, ornamentales y medicinales; acoge una fauna de más de 200 especies de vertebrados e invertebrados, como quetzales, guacamayas escarlatas, águilas arpías, tucanes, pumas, jaguares, dantos, chancho de monte, sahínos, entre otros tipos de animales, que en su mayoría sirven de alimento para los indígenas

El hambre y la miseria ha sido el peor enemigo al que se han tenido que enfrentar estos grupos indígenas. Para sobrevivir han tenido que luchar contra enfermedades sin atención médica, escasez de agua potable y sistemas o redes de saneamiento, falta de escuelas y otros muchos problemas básicos, sin embargo, siempre tuvieron respeto y cuidado por la reserva que les dejaron sus antepasados, sabedores de la importancia que supone el medio en que habitan para su supervivencia. En cambio, no ha sido el mismo respeto hacia el entorno natural por parte de los gobiernos sucesivos, que por muchos años se olvidaron de sus pobladores y solamente se acordaron de los aportes sustanciosos que pudo generarle la reserva, dedicándose a destruir los bosques autorizando permisos de aprovechamiento forestal, talándose grandes extensiones de árboles, especialmente en los años 90.

La guerra de los 80 provocó una oleada de indígenas emigrantes hacia Honduras, que al acabar el enfrentamiento armado y regresar a sus tierras, se encontraron con que los mestizos de la costa del Pacífico, apoyados por los gobiernos de turno, habían invadido sus tierras y dañaban la reserva. La excusa por parte de las instituciones, respecto a la irrupción de los colonos en la reserva, era que se trataba de familias pobres y el objetivo el de darle la posibilidad de un medio de vida digno, pero no parece que todas las familias que se instalaron sean los suficientemente pobres o sin recursos, como para poseer motosierras para el despale y llevar ganado a una zona tan profunda y con tantas dificultades de acceso, incluso para caminar sin carga. No se conoce con exactitud el número de familias de colonos que viven dentro del parque, según el Gobierno Territorial Indígena se calculan en más de mil familias habitando dentro de la zona declarada Reserva de la Biosfera.

Lo cierto es que, entre unos y otros la casa sin barrer, hay alcaldes permisivos como el de Siuna, Julián Gaitán, que hace oídos sordos al asunto pensando más en los votos que en el problema, que a su vez acusa a los indígenas de vender parcelas sin papeles o documentos que los reconozcan, y entre unos y otros las entidades financieras concediendo préstamos bancarios para desarrollar negocios ganaderos y agrícolas dentro de la reserva. Entre tanto despropósito, el Ministerio del Ambiente y los Recursos Naturales, MARENA, calla, otorga, al tiempo que las motosierras no se detienen en la deforestación, hiriendo gravemente el pulmón verde. Los únicos que parecen defender el paraíso nicaragüense son los seis guardabosques existentes, la mayoría de ellos indígenas, que se reparten la vigilancia de Bosawás, lo que significa que tienen unos 3.000 kilómetros cuadrados para vigilar cada uno, con un salario de 2500 córdobas, unos 125 dólares mensuales, desarmados y con unos conocimientos medioambientales precarios.




domingo, 18 de enero de 2009

Hijos del Wanki


El legado cultural y natural que los pueblos indígenas nos dejaron para el disfrute de la humanidad es de incalculable valor. No es nuevo esto que digo ni tampoco será la última vez que lo resalte, es necesario que no olvidemos que los cuadernos de campo, las vivencias, de estos nuestros antecesores en todo el mundo son la mejor guía para la convivencia y el respeto con el medio ambiente, nadie mejor que ellos tienen la solución, el remedio, para poner fin al deterioro sistemático que sufre nuestro planeta. Olvidarnos del verdadero significado del ser humano es el peor de nuestros errores y por lo tanto el mayor de nuestros fracasos, nuestro ego, nuestra vanidad, la prepotencia como especie nos ha llevado a creernos lo más importante en este hábitat que acoge otros mundos, con otras especies y protagonistas distintos, al margen de nuestro universo particular. Creer que nuestra supremacía es tan evidente nos ha hecho caer en el desprecio más ridículo contra todo lo que se mueve, late o respira, sobre el planeta azul. Cada día que pasa por nuestra historia, la del ser humano, se escribe más irresponsable, cada vez más absurda y a cada acto más irrespetuosa.

Al principio de nuestro caminar nuestros dioses no usaban aditivos ni conservantes, eran ecológicos como la propia madre Tierra, el padre Sol, u otros dioses menores, todos ellos relacionados con los elementos naturales, agua, fuego, aire... pero a la par que pasaba el tiempo y nuestras necesidades se transformaban en otras distintas, hasta los propias divinidades evolucionaron a nuestra imagen y semejanza, nos fuimos distanciando del hábitat natural para inventarnos otro soporte donde nuestra existencia luciera con distintos colores, más a nuestro antojo, más a la medida de nuestro prisma, enorme error al pensar que nuestra especie era superior al entorno que la creó y del que formamos parte. Es evidente que ya cruzamos el ecuador de lo permitido, de las reglas naturales, y la cuenta atrás cada vez marca con claqueta a ritmo más rápido. Pero lo peor es que no solo no ponemos remedio sino que, impasibles, observamos como nos acercamos al declive de todo lo que nos creó y nos acogió en nuestro perverso y destructivo periplo, por este único sistema posible para el desarrollo de la vida de nuestra especie.

Gracias a los mal llamados países del tercer mundo o subdesarrollados, aún nos queda donde mirarnos y recuperar de lo perdido, relativo a la convivencia sostenible, con el entorno y con nuestros iguales. "No hay mal que por bien no venga", dice otro refrán, de los que soy tan amigo y de los que tanto se aprende. Pero parece que cuanto más sabemos o conocemos de menos aprendemos, es la prepotencia ridícula que nos pone al borde del precipicio y todavía nos creemos estar a vuelta de todo. Posiblemente, el tribunal de lo justo, de lo ético y lo equilibrado, nos ponga en el banquillo de los acusados, señalados por las leyes naturales y por las básicas de comportamiento, donde la naturaleza vestirá con toga y los países pobres recibirán el beneplácito quedando absueltos de toda culpa, mientras que a las naciones desarrolladas se les otorgará la herencia del progreso vestida de caos y destrucción, producida por un ansia y egoísmo sin control. Es allí, en los lugares remotos, vírgenes, donde hay que poner la mirada, para poder ver cual es la receta que nos enseñará a poner reparo y ser respetuoso con el medio ambiente.

Los Mayagna son uno de esos pueblos indígenas, de los que sabemos que existen en el mundo pero que rara vez supone algo más allá que un llamativo exotismo cargado de entrañables reconocimientos efímeros, que nos caen simpáticos pero que tampoco hacemos mucho más por socorrerles cuando las condiciones para la supervivencia son insuperables. Pensamos, cuando aportamos alguna ayuda para socorrerles, que lo hacemos caritativamente, que esa aportación es benéfica para la ayuda a los necesitados, nada más lejos de la realidad. Deberíamos de contribuir no por altruismo, sino por lo obligado que nos corresponde. Gracias a ellos se mantiene el equilibrio en esos lugares remotos, donde respetan a la naturaleza, donde mantienen vivos los ecosistemas que nos permiten continuar viviendo y respirando en este planeta, ¿que ocurriría si estos pueblos irrespetaran al medio ambiente como nosotros hacemos? Lo nuestro no debe limitarse a una contribución altruista sino a un canon por permitirnos a nosotros continuar con nuestro modo de vida.
La Reserva Bosawás, entre otros, es el medio natural donde viven los Mayagna, una de las tribus que sobreviven en la costa atlántica de Nicaragua, que mantienen sus costumbres, su cultura y hasta su idioma. Los Mayagna son un pueblo admirable por lo que supone sobrevivir en condiciones de pobreza en la mayoría de los casos, pero que nos enseñan orgullosos como, aún así, hay que tratar a la naturaleza, al entorno donde se desarrollan como pueblo, inteligentemente, cuando se trata de cuidar y respetar el enclave que permitió vivir a sus antepasados y a ellos mismos, enclave que pretenden preservar para las generaciones venideras de su pueblo. Los hijos del agua, del río Wanki o río Coco, se desparraman por sus orillas que sirven de frontera natural con Honduras, acompañándolo en su cause por el departamento de Jinotega, en caseríos indígenas, donde sus vecinos son las manadas de monos congos, tucanes, gavilanes, ardillas... que se apresuran a dar la bienvenida a los aventureros que se prestan a recorrer las milenarias aguas en lanchas fuera borda. Son 8.000 indígenas pertenecientes a esta tribu los que existen, aproximadamente, no solo en el entorno del río Coco, también por las orillas de otros ríos del RAAN(Región Autónoma del Atlántico Norte) e incluso por el RAAS(Región Autónoma del Atlántico Sur) se concentran pequeñas comunidades muy dispersas. En general la Comunidad Mayagna se encuentra entre los más marginados de todos los pueblos indígenas de Nicaragua.

Hasta hace pocos años los Mayagna vestían como lo hicieron sus antepasados, del tuno, un árbol del que sacaban prendas y utensilios, ropa, cobijas, colchas, hamacas... hoy aún conservan sus costumbres respecto al tuno pero han cambiado en la manera de vestir. La medicina, en la mayoría de los casos, continua siendo la tradicional, la que se obtiene de las plantas del bosque. Las costumbres en la caza son regladas, solo se mata un animal y debe de ser macho, no hembras. Tampoco se pueden cortar muchos arboles cuando se hace la trocha y lo que se va cortando hay que sembrarlo de nuevo. Los cultivos tradicionales son el maíz, banano y pijibaye que acompañan a la dieta de chancho de monte, venado, guardatinaja, guatuza, pava, pavón y pescado. Pero también es verdad que estas costumbres van cambiando forzadas por los tiempos, el gallo pinto, el arroz, la yuca, entre otros, son alimentos que van sustituyendo a los de siempre, costumbres nuevas que se adquieren y que se fusionan con las ancestrales pero que en todos los casos son respetuosas con la naturaleza.
Los mayagnas han dejado de ser un pueblo que solo hablaba su lengua, el sumo, para abrirse a otros idiomas, como el español o inglés, algunos de sus miembros acuden a la universidad e incluso los hay que ocupan profesiones y puestos importantes en empresas, pero para esto tienen que emigrar a otros puntos del país, son un pueblo pobre y en su comunidad solo disfrutan de primaria y secundaria, no hay becas. Las mujeres mayagna, constituidas en asociación, trabajan la artesanía de tuno y los cultivos del cacao y el achiote, a los que sumarán nuevos proyectos de desarrollo económico y cultural. No es fácil todo el empeño y el esfuerzo que ponen en el intento de que su comunidad se desarrolle, la falta de carreteras, accesos por el que distribuir y sacar las mercancías que puedan producir y vender, es un problema que se une a la salud, donde no tienen más que una auxiliar, ni siquiera enfermera profesional, por lo que el riesgo siempre está presente. Son muchas razones y motivos por lo que comunidades indígenas, como la Mayagna, tienen y deben de ser apoyadas, son los mejores valedores de que el respeto a la naturaleza es un hecho, cuidadores de un entorno que gracias a ellos y otros aún todavía podemos respirar en este planeta. Son a ellos a los que tenemos que imitar y de los que tomar ejemplo, que lejos de saltarse a la torera las leyes básicas de la naturaleza la toman como referencia para continuar viviendo con el futuro en el horizonte.













http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

jueves, 15 de enero de 2009

Usufructo heredado

Es una actitud recurrente tan antigua como el propio calendario, la que se apoya en el dicho "año nuevo vida nueva". No se trata de otra cosa sino la de marcarse un punto de salida para poner en orden los desarreglos que sumamos a nuestras propias vidas, las practicas, hábitos adquiridos, a lo largo de nuestra existencia y que creemos perjudiciales, nocivas, para el buen funcionamiento de la convivencia o la aceptación de nosotros mismos. Quizás este desenlace en las decisiones personales vienen acompañados, o provocados, por el exceso en las fiestas que dejamos atrás, fechas simbólicas para el cristianismo y cada vez más para el consumismo desaforado, sin control, donde consumir se convierte en una contagiosa actitud que acarrea desde tristeza o ansiedad hasta angustia, consecuencia de las salvajes campañas publicitarias que, cada año más temprano, despiertan en nuestras vidas para hacernos sentir como un drogadicto, presa del síndrome de abstinencia, y que sin darnos cuenta nos hacen vivir solo para echarnos mano a la cartera y gastar, comprar, como un monótono mecano y sin otro sentido que no sea el de consumir. Esta costumbre occidental, apoyada en la religiosidad del cristianismo, nos lleva cada vez más lejos de su sentido primitivo, el de compartir con los demás, el de los buenos sentimientos por unos días. Se ha transformado en puro egoísmo, en intereses mutuos, yo te regalo tu me correspondes, y donde lo menos importante es sentarse a la mesa en familia, en Nochebuena y Navidad, sino en cubrir esa mesa simbólica de viandas, las más caras, las más lujosas, sin importar si serán de nuestro gusto y cuanto más exóticas tanto mejor.
Este es un ejemplo bien claro de la desviación en la vida del ser humano, de su naturaleza, nadando siempre contra corriente y alejándose del sentido existencial. Mientras en la naturaleza observamos que lo importante es la supervivencia de la especie, en nuestro propio universo prevalece el egoísmo, el interés personal, lo que menos nos interesa es el prójimo y por encima de todo saciar nuestro apetito que es voraz e insaciable, nuestra necesidad no tiene límite y a cada paso que cubrimos más exigente se vuelve. De otra manera sería difícil de entender que en un planeta donde se produce alimento para cubrir cinco veces las necesidades básicas para toda la población dos tercios de ésta pase hambre. El ser humano debe cambiar el tipo de vida si queremos que prevalezca la existencia de nuestra especie, de lo contrario estamos destinados al fracaso, el consumismo provoca que los recursos vayan menguando a pasos agigantados mientras las necesidades básicas de la mayoría de la población continúan sin cubrirse, abriéndose una brecha cada vez más amplia entre una minoría que nada en abundancia y la gran mayoría que muere de hambre y enfermedades antes de llegar a la edad adulta.
Estas fechas, siempre propicias para cambiar de hábitos, nos obligan a poner en orden nuestras vidas, ha reflexionar sobre lo que hacemos bien y mal, lo conveniente o desaconsejable en nuestra actitud diaria, porque como digo, después de un exceso viene la reflexión y nuestra consciencia nos obliga a cambiar las normas, pero nuestra consciencia es vulnerable, débil, que se entrega seducida al egoísmo, al interés personal. Pronto nos olvidamos de nuevo y volvemos a caer en los antiguos desarreglos, inmersos en la cotidianeidad que no cavila, sino que se deja arrastrar por su propia naturaleza, la de irresponsable, la de abusador, la de no administrar bien el usufructo heredado para que nuestro paso efímero por esta nuestra casa, nuestro planeta, sea irrespetuoso con los que vendrán detrás, nuestros hijos, nuestros herederos.
Asignarnos el galardón de seres inteligentes no es más que lo contrario a lo que realmente somos, los verdaderos adjetivos expresan y representan lo opuesto, echamos tierra sobre nuestro tejado constantemente, obviando lo evidente, sin respeto a la propia vida, a las propias normas de subsistencia. Quizás, como el ejemplo de las navidades, después vendrá la reflexión, y propiciará un tiempo de mesura, pero solo hasta sentir que el lobo se aleja y que el peligro no es inminente, entonces, solo entonces, regresará la insoportable e irresponsable levedad del ser humano a la naturaleza irrespetar y a abusar de lo prestado.

No se nos debe de olvidar que este nuestro entorno no nos pertenece, que nuestro habitad es un regalo pasajero y que al igual que los que nos precedieron, tenemos la obligación de preservar las condiciones para los que vendrán. No es difícil, la cuestión se basa en el respeto, en la herencia que queremos para nuestros hijos, al tiempo que deberíamos de esforzarnos en poner orden en nuestro desarreglo existencial. Pensar que por más consumir viviremos más y mejor es de poco inteligente, la necesidad para cubrir nuestros propósitos es la que nosotros estipulemos y, como en el ejemplo de la Navidad, no demos pie a la reflexión evitando los excesos. El derroche irresponsable de los recursos no es del otro, nosotros y cada uno formamos parte de ese otro y entre todos estamos transformando un vergel en un terreno baldío, donde las consecuencias se suman a diario sin que la amenaza represente un peligroso escenario que por momentos va perdiendo componentes hasta el punto de que, muy pronto, representar el sentido de la vida será tarea casi imposible.

Por suerte, y espero que por mucho tiempo, aún quedan lugares donde la naturaleza palpita virgen, no exenta de amenazas pero sí en toda su plenitud. Nicaragua es un autentico regalo para el mundo, en su diversidad, por lo que la caprichosa naturaleza quiso plasmar en este rinconcito del planeta, como si pareciera haberse concedido un caprichito y unir en un estrecho espacio de terreno todo lo que a ella representa. Bosawás es como volver a entonces, a cuando el ser humano no era reconocido aún como peligro numero uno para la vida en el planeta. Lugares como éste, gracias a falto de recursos atractivos para los usurpadores de usufructos heredados, conservan toda su diversidad y han pasado a significar uno de los más hermosos e importantes tesoros que la humanidad posee. Bosawás fue declarada en 1997, por la UNESCO, Reserva de la Biosfera, nombre que deriva de tres elementos importantes que la componen, el "Río BOcay", "Cerro SAslaya", y "Río WASpuk". Son 5.000.000 de Ha lo que componen esta reserva forestal que se divide entre los dos países limítrofes, 3.000.000 de Ha la Reserva de Río Plátano, perteneciente a Honduras, y 2.000.000 de Ha Nicaragua, lo que la convierte en la segunda mayor selva de todo el continente americano y la tercera en todo el mundo. El núcleo de la reserva está ubicada en los territorios del Río Coco, en la parte sur del curso medio, un área de 7.441 kilómetros cuadrados dentro de la región que comprenden el río Bocay, cerro Saslaya y río Waspuk. La zona de amortiguamiento, de más de 12.000 kilómetros cuadrados, está delimitada por seis municipios adyacentes que comparten fronteras comunes con la zona núcleo de la reserva, Bonanza, Siuna, Waspam, Waslala, Wiwilí y Cua-Bocay.

Esta gran masa forestal extremadamente rica en animales y plantas se desarrolla en un clima propicio, selvas umbrófilas de montaña y selvas tropicales de tierras bajas. En ella convergen la fauna del Norte y de Sudamérica, y se estima que el 13% de las especies conocidas viven en Bosawás, la selva tropical es el bioma más rico del planeta y posee una enorme riqueza en organismos vertebrados e invertebrados, colonias de quetzales, el águila harpía, una de las águilas más grandes del mundo, guacamayas escarlata, pumas, jaguares, el tapir o danto, la existencia de entre 100.000 o 200.000 especies de insectos, entre otros, son los tesoros que esconde esta reserva que no está exenta de peligros, no solo los naturales, como el huracán Félix que destruyó 350.000 Ha de selva y bosque de pinos, también la mano del hombre amenaza a está reserva. La población indígena está compuesta por los rama, mayangnas y miskitos, los dos últimos han conservado su propia lengua y se han organizado en seis territorios, pero no es esta población la que significa ese peligro sino los mestizos, unas 200.000 personas que se asientan en los municipios que rodean a la reserva y que la pobreza y el hambre les ha empujado a una actividad agrícola y ganadera, creando un impacto en el ecosistema con la tala de arboles, para convertir el suelo forestal del pulmón de Centroamérica en agrícola.










http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...