viernes, 20 de julio de 2012

El Posclásico cultural del Centro de México (Era postolteca)



Era Postolteca

Después de la caída de Tula, al igual que ocurriera con Teotihuacan, existió un vacío de poder en México Central. Tuvieron que pasar más de dos siglos hasta que otro pueblo, el mexica, se hiciera con el control en la región. Sin embargo, esto no quiere decir que no afloraron intentos durante ese tiempo e incluso hubo señoríos que llegaron a tener un poder muy importante, aunque siempre por determinados sectores. Los estudios arqueológicos realizados en el norte del valle han revelado que esta zona sufrió una disminución de población durante ese interregno, pero también la aparición de otros centros de tamaño mediano a las orillas del lago Tetzcoco. De estos sitios, Culhuacán es el más importante y estuvo considerado como una especie de Estado sucesor de los toltecas. Culhuacán, que significa "Lugar de los que tienen abuelos" o "Lugar de los que tienen antepasados", fue una fortificación de las tradiciones antiguas y capital de los culhuas, que, derivado del náhuatl colli, viene a significar "abuelo".

En aquél contexto particular y bastante complejo del Altiplano Central, entre los siglos XIV al XVI y antes de que llegaran los mexicas a la región, varios centros políticos importantes se fueron desarrollando al tiempo que luchaban entre sí para hacerse con el control e imponerse sobre los demás. Además de Culhuacán, algunos de aquellos centros fueron: Azcapotzalco, Tetzcoco, Chollollan, Xaltocan, Tlaxcallan, Huejotzingo, Chalco, Xochimilco, Cuitláhuac, Mixquic, Coyohuacan, Tlacopan, Coatlichan, Huexotla, Acolman, Cuauhtitlan y otros.

El vacío de poder dejado por los toltecas permitió la aparición de nuevos aspirantes a ocupar el puesto de supremacía. Aquellos pueblos procedentes del norte que irrumpieron en la región al final del periodo Clásico, conocidos genéricamente como chichimecas, se habían fusionado con los pueblos ya existentes y se transformaron en poderosos, dispuestos a hacerse con el control. Las pretensiones de Culhuacán de recoger el testigo heredero de legitimidad y continuidad tolteca no resultaron fáciles, aquella pretensión de liderato era desafiada a medida que nuevas tribus seminómadas chichimecas llegaban al Valle de México, que escogieron como capital una ciudad ya existente, Tenayuca.

Tenayuca se hizo fuerte bajo el gobierno de Xólotl, que llevaba el mismo nombre que el dios de la Estrella Vespertina. También por su legendario jefe a esos invasores se les conoce por los chichimecas de Xólotl, que tras someter al Valle de México emprendió varias campañas en diferentes direcciones y sus conquistas le proporcionaron un dominio que llegaba a 150 km. por el norte de Tenayuca, y por el este casi alcanzaba la Costa del Golfo. La capital de los chichimecas de Xólotl, aunque ya estaba poblada desde la época Clásica, fue tras la caída de Tula cuando más creció su población y su papel se hizo más importante. Sobre estos grupos asentados en Tenayuca, los documentos existentes los describen como nómadas puros, que se vestían con pieles y vivían en cuevas, aunque también cuentan de ellos que no tardaron en adaptarse a la vida de la nueva capital y que cuando llegaron ya adoraban a algunos dioses antiguos.

Así mismo, otro grupo de emigrantes otomíes eran considerados como aspirantes al poder. Se establecieron en Xaltocan, al norte de la ciudad de México, e hicieron de ella su capital. Al contrario que los chichimecas, los otomíes hablaban su propio idioma y eran algo más civilizados, con una sociedad jerarquizada que contaba con nobles y sacerdotes. Pero ninguno de los dos grupos más importantes entre los recién llegados, los chichimecas de Xólotl o los otomíes, consiguieron arrebatar la influencia que ejercía Culhuacán tanto cultural como política. La relativa gloria de Tenayuca y Xaltocan resultó efímera, que a la larga fue oscurecida por la de otros dos grupos que durante esa época llegaron al Valle de México, los tepanecas y los acolhuas.

El primer asentamiento de los acolhuas lo eligieron al oriente del lago Tetzcoco, en la que sería su primera capital Coatlichan, para más tarde trasladarla a Tetzcoco. No fue hasta casi un siglo tras la caída de Tula,durante el reinado de Huetzin, de 1.253 a 1.274, cuando los acolhuas dieron su primer golpe de fuerza e intentaron crear un pequeño imperio, eso vino tras tomar Culhuacan y aliarse con  Tochintecuhtli, que traducido del náhuatl viene a significar Señor Conejo, gobernante de Tenayuca que había heredado el trono de los primeros reyes chichimecas. La alianza de estos dos mandatarios dio como fruto el dominio del valle central y hasta Tulancingo por el noreste, pero su intento imperialista no superó en vida a los dos aliados.

Por su parte, los tepanecas también eligieron su asentamiento en las orillas del lago Tetzcoco, aunque por su orilla occidental, en la que sería su capital Azcapotzalco. El señorío tepaneca no tuvo en un principio un papel importante en la política de la región, sin embargo, a partir del año 1.300 su capital Azcapotzalco le fue robando protagonismo a Tenayuca y, sirviéndose del modelo de los toltecas, para mediados del siglo XIV habían formado una nueva alianza que les proporcionó el reparto del dominio en el valle. Aquella nueva alianza de tres, además de Azcapotzalco, la componían los culhuas de Culhuacán y el reino de Coatlinchan, capital de los acolhuas. El segundo siglo de la era postolteca se iba consumiendo y los tepanecas continuaban su carrera vertiginosa, al tiempo que preparaban el camino para los que quedaban por llegar, la última de las tribus chichimecas que salieron de las Siete Cuevas legendarias, los mexicas.

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domingo, 15 de julio de 2012

Cultura mexica ( I )


Junto con los mayas, el de los mexicas es el tema más estudiado en la historiografía mesoamericana. Sin embargo, a diferencia de la cultura de sus vecinos del sur, esta del Altiplano Central nos dejó más datos en los que recrearnos arqueológicamente. No solo porque la cultura mexica condesó, más que ninguna otra, una rica y compleja tradición religiosa, política, cosmológica, astronómica, filosófica y artística, heredada de un largo cúmulo de sabiduría y experiencia que atesoraron durante siglos, sino porque todo ese saber aún estaba latente, vivo, cuando la Conquista Española comenzó. Esta circunstancia permitió que se conservaran fuentes documentales y arqueológicas que, junto a los testimonios recogidos por muchos supervivientes tras la Conquista de México en las crónicas, ha permitido que conozcamos más y mejor a este pueblo.

El pueblo mexica es conocido tradicionalmente también como azteca, no obstante habría que subrayar una necesaria aclaración, el Imperio Azteca fue el fruto de la unión de varios pueblos, en la que los mexicas fueron determinantes hasta conseguir el poderío que los convirtió en uno de los Estados más extensos que conoció Mesoamérica. Según la mitología de los mexicas, aztecas o tenochcas, como también se les conoce,  fue el último de los grupos nahuatlacos en llegar a la cuenca de México, procedentes de un lugar mítico conocido por Chicomóztoc, "lugar de las siete cuevas", sitio relacionado con Aztlán, de donde procede el gentilicio azteca. La mítica Aztlán es uno de los grandes enigmas mesoamericanos, un lugar desconocido que no pone de acuerdo a estudiosos en situar su punto geográfico. En lo que sí parece haber consenso entre los investigadores es que el etnónimo azteca es el resultado posterior de la popularización que de él hicieron los investigadores muy posteriores a su tiempo, pues, apoyados en las crónicas que en todo momento los nombran como mexicanos o los de México, los mexicas no se llamaban así mismo como aztecas.

Situación geográfica

El territorio que dominaron los mexicas se extendió mucho más allá de los límites que marcaban el pequeño islote ubicado al occidente del Lago de Texcoco, en el que se asentaron tras su largo peregrinar desde Aztlán y donde fundaron su capital Mexico-Tenochtitlan. El dominio mexica ocupó un territorio amplio dentro de la actual República Mexicana en su parte centro y sur, que se extendía desde el poniente del Valle de Toluca y abarcaba casi todos los estados de Veracruz, Puebla, Hidalgo, México y Morelos; gran parte de los estados de Oaxaca, Guerrero y la costa de Chiapas hasta la frontera con Guatemala. Sin embargo, dentro de toda esta extensión territorial quedaron fuera de su dominio varios territorios que se resistieron a su sometimiento, estos fueron: los señoríos de Meztitlán en Hidalgo, Teotitlán y Tututepec en Oaxaca, purépechas en Michoacán, Yopitzingo en Guerrero y Tlaxcala.

La Cuenca de México se localiza en la parte meridional del Altiplano Central, en la República Mexicana, cuya superficie ocupa más de 7.800 kilómetros cuadrados. La cuenca endorreica está limitada por cadenas de altas montañas en forma de anfiteatro: la Sierra Nevada al sur, al norte las bajas serranías de Pachuca y Tezontlalpan y la Sierra de las Cruces al poniente.

Nada tiene que ver el paisaje de hoy con aquél existente anterior a la llegada de los conquistadores españoles. Cuando los mexicas llegaron a la Cuenca fluía un gran número de arroyos y manantiales que alimentaban los cinco lagos, todos distintos en dimensiones así como en la calidad de sus aguas. De la misma manera, el paisaje cambiaba con las temporadas secas o lluviosas. En la primera, de septiembre a mayo, los lagos mermaban su profundidad de tres a un metro, mientras que en la época de lluvias los lagos se constituían en uno solo. El sistema lacustre lo integraban los lagos: Zumpango, Xaltocan, Texcoco, Xochimilco y Chalco. Los dos últimos recibían el agua de los deshielos y de los manantiales cercanos, eran idóneos para el cultivo en chinampas. El Tetzcoco, el más grande de los cinco y cuyas aguas eran salobres por los materiales erosionados de la Sierra Nevada, estaba separado de los otros dos anteriores por la península de Santa Catarina. Su situación tres metros más bajo hacía que se vertieran en él sus aguas en épocas lluviosas, a través de un estrecho entre el Cerro de la Estrella y Coyoacán. Al norte y a mayor altitud se situaban las aguas dulces de los lagos Zumpango y Xaltocan.

En esta geografía lacustre, entre sus riberas pantanosas y sus aguas someras, la vegetación característica se componía principalmente de tulares, carrizos, ahuejotes y lirios; entre los que proliferaban un gran número de moluscos, peces, anfibios y aves. Más arriba, entre los 2.270 y los 2.275 metros por encima del nivel del mar, la zona de somonte ofrecía unas tierras fértiles propicias para agricultura extensiva y el desarrollo de bosques de fresnos y encinos, así como de otros vegetales xerofíticos, donde abundaba la caza mayor.

No cabe duda de que, los primeros pobladores mexicas que eligieron aquellas tierras de la Cuenca, no solo lo hicieron por la profecía que les anunciaba el dios de la tribu Huitzilopochtli, un islote donde un águila y una serpiente luchaban sobre un nopal, sino también porque vieron allí un lugar ideal, donde la fertilidad de sus tierras en cada uno de sus ecosistemas se les ofrecía como un sitio sumamente atractivo para el poblamiento humano.





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domingo, 8 de julio de 2012

Cultura tolteca ( IX )



Pintura y cerámica y otras artes menores

En la pintura tolteca no existen ejemplos significativos que nos puedan servir de guía, como ocurre con otras culturas en las que los murales adquieren un protagonismo claro, para hacernos una idea de la importancia de este arte. No obstante, la falta de grandes murales no excluye lo pictórico de las expresiones artísticas toltecas, se sabe que muy probablemente utilizaron la técnica del fresco, por los restos encontrados, que por otra parte no son lo suficiente significativos como para realizar estudios que nos revelen y permitan conocer más detalles sobre las técnicas e iconografía tolteca.

Son dos los soportes más generalizados y utilizados para el desarrollo de la pintura, al menos es en ellos donde se han encontrado más restos arqueológicos, en los bajorrelieves utilizados en la arquitectura y en su cerámica policromada.

En el arte cerámico destacan varios estilos, entre ellos el conocido como Coyotlatelco, el más antiguo y que antecede a la fundación de Tula. Se caracteriza por el color rojo y café de sus vasijas. El estilo Mazapa surge más tarde y le debe el nombre a que fue en este lugar donde se localizaron los primeros hallazgos, muy cerca de Teotihuacan. Esta cerámica parece estar muy vinculada con la de Michoacán y, por su dispersión por gran parte de Mesoamérica, se asocia a la expansión política de los toltecas. Entre sus formas destacan escudillas con su interior decorado con líneas rectas y onduladas pintadas en rojo intenso.

A la par del estilo de Mazapa existe la cerámica plomiza llamada Plumbate, que junto con la anaranjada se encuentra más hacia el sur, en el estado de Veracruz, y llega hasta Chichén Itzá. La Plumbate es una de las pocas alfarerías del Nuevo Mundo con superficies aparentemente vidriadas, debido a los pigmentos naturales que componen sus pinturas y a su cocción, realizada a altas temperaturas.


En lo referente a otras artes menores destacan el hallazgo de dos placas de jade de tamaño regular que contiene esculpida en bajorrelieve la representación de un sacerdote al estilo típico tolteca. También en concha se descubrió otra placa esculpida incompleta, con una cabeza de un personaje de perfil. Así mismo sobresalen en este apartado varios collares de cuentas esféricas de jade y piedra verde, junto a numerosas plaquitas de concha y turquesa que destapan la posibilidad de que también fabricaban objetos recubiertos con mosaico.

Pero si existe un detalle que realmente llame la atención y que resulta inexplicable es la ausencia de objetos de metal durante el periodo en el que se desarrolló esta cultura. El periodo tolteca coincidió con la época del empleo del oro, de la plata y del cobre, en otras regiones como la Mixteca y Michoacán. Todos los objetos de metal que hasta el momento han encontrado los arqueólogos corresponden al periodo mexica, lo que explica dos motivos, que no tuvieron suerte hasta el momento en su localización o que realmente el uso del metal fuese más tardío de lo que se estima.

Decadencia y colapso de Tula

Todo indica a una serie de factores como los causantes principales que ocasionaron la caída de la capital Tula y con ella el Estado tolteca, a finales del siglo XII d. C. Entre los factores internos se arropa la posibilidad de que las limitaciones tecnológicas no permitieran cubrir las necesidades alimenticias que la población demandaba, que conjugaron con otros de naturaleza externa como el surgimiento de nuevos centros de poder en áreas vecinas que comenzaron a rivalizar con Tula o los movimientos migratorios de grupos ajenos al área. Todo ello parece que dio origen al cóctel de la decadencia del que bebió la cultura tolteca y que provocó su colapso.

Sin embargo, no existen pruebas concretas de una repentina disminución de población o el abandono de Tula por parte de sus ciudadanos. Realmente se duda de que el final de Tula tuviese un parecido con lo ocurrido con Teotihuacan, aunque decayera su dominio y se esfumara su grandeza.  Lo que sí se tiene por certeza es que para el siglo XIV la región estaba bajo el control de los tapanecas de Azcapotzalco y que para entonces ya había perdido su importancia como centro de poder; a la caída de Azcapotzalco quedó sometida a los dominios de los mexicas.


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domingo, 1 de julio de 2012

Cultura tolteca ( VIII )


Arte

 Aunque originariamente el gentilicio tolteca era designado para los nativos de los lugares llamados Tollan, con el paso del tiempo y durante la época mexica pasó a ser sinónimo de artesano o artista. Una desviación del significado debido a la relación mitológica Tollan, establecida entre Xicocotitlan y la mítica. No obstante, el arte de los toltecas quedó plasmado en sus diferentes expresiones. Fueron notables arquitectos y como ejemplo quedan las extraordinarias pirámides que llenan la región que habitaron; grandes maestros en la escultura, que usaron para adornar sus monumentos, como estatuas sueltas y en las estelas; de igual manera destacaron en la pintura, de las que aún hoy podemos disfrutar en los restos de sus obras, donde se aprecia el dominio del la línea y el color. También fueron excelentes ceramistas, joyeros, tejedores y bordadores, así como expertos en el arte de la escritura, la astronomía, las matemáticas o en el calendario y el sistema de medición del tiempo e interpretación de los días propicios o nefastos, por los que se regulaban la vida de la sociedad.

Arquitectura

 En este apartado fueron los que marcaron el camino, los que introdujeron la forma característica de toda la arquitectura mexicana precolombina. Sus construcciones revolucionaron las normas arquitectónicas establecidas en toda Mesoamérica hasta ese entonces. Su nuevo concepto del espacio interior es considerada su mayor aportación, la de numerosos soportes aislados que lograban trazar amplias salas basadas en columnatas que anteriormente apenas se utilizaban.

 Los restos de la ciudad de Tula demuestran que los arquitectos toltecas fueron hábiles y supieron integrar con estilo propio los elementos decorativos en sus construcciones, como el uso del tablero y el talud, de origen teotihuacano. Sin embargo, aunque la arquitectura de Tula es de una concepción majestuosa, su realización no pasa del calificativo de mediocre. En sus monumentos, el núcleo está hecho con capas de piedra colocadas sin tierra hasta conseguir el volumen deseado, a continuación se levantaban los muros de contención en talud con piedras y barro, una composición que le daba mayor estabilidad a la edificación. Sobre estos se colocaba un tablero con talud decorado con losas esculpidas, relieves que representan a dioses y animales sagrados. La influencia del arte teotihuacano se refleja claramente en muchos de los elementos decorativos que muestran sus construcciones: tigres en procesión, pájaros, mariposas, serpientes o águilas. El detalle más evidente de esta analogía lo observamos en los tigres de Tula, los que llevan al cuello un collar vinculado al dios Xipe Tótec.

 Al margen de la carencia de cimientos en los edificios de Tula, una costumbre muy compartida con las técnicas de construcción en Mesoamérica, en la capital tolteca los soportes aislados tuvieron una base de enorme eficacia que dieron estabilidad a las construcciones, en forma de gran piedra plana, rectangular o circular, con el doble de ancho aproximadamente del pilar soportado. Por lo general los edificios fueron edificados con base de adobe, salvo excepciones de los grandes basamentos y algunas estructuras ceremoniales, una técnica nada conveniente cuando tenían que soportar pesados techos de mampostería. Una característica errónea que no pasaba desapercibida para los arquitectos, que trataban de enmendarla colocando grandes postes verticales de madera a manera de castillos y que se encargaban de soportar las vigas maestras de la techumbre.

 Escultura

 La escultura y el relieve están muy ligados a la arquitectura. En este campo destaca sobremanera el Chac Mool, la gran figura en piedra que, en forma reclinada, se muestra sentada con un recipiente sostenido en el vientre y con la cabeza inclinada, mirando hacia un costado. Es sin duda una de las figuras representativas de la cultura tolteca.

 La escultura es la expresión artística a la que más innovaciones aportaron los toltecas. En este arte añadieron una serie de estatuas funcionales novedosas para los antiguos habitantes del Altiplano Central. Entre ellas destacan los cariátides, los atlantes, los postaestandartes, las columnas en forma de serpiente emplumada y los chac moles. Generalmente, las de mayor tamaño se esculpieron en piedra basáltica de gran dureza, mientras que las piedras calizas más blandas fueron las elegidas para las losas y almenas.

 Los estudios arquitectónicos realizados sobre los cariátides y los pilares, que comparten la misma altura de 4.6 m., revelan que el proceso de realización se dividía en cuatro secciones y colocados uno encima de otro, por su parte las losas fueron talladas en otros lugares, como demuestran que el desarrollo del motivo no concuerda bien en algunos casos por el mal emplazamiento de varias piezas. Sobre los famosos guerreros cariátides, únicos en todo el continente americano, se pensó en un principio que eran grandes ídolos, hasta que los estudios dieron paso a la conclusión de que se trataban de soportes enormes, cuyas cabezas sostenían las vigas que formaban el techo.

 En cuanto a los atlantes, que en total son cuatro los encontrados completos, son el puro reflejo de lo militarizada que estaba la sociedad tolteca y de cuáles eran los atuendos que portaban los guerreros. Entre su indumentaria se acostumbraba a portar una gruesa capa de algodón en su brazo izquierdo como defensa contra las flechas, así como un escudo redondo sobre las espaldas. En los pies sus sandalias se decoraban con la serpiente emplumada y en sus cabezas un tocado o sombrero cilíndrico a la manera que muestran las esculturas. En el pecho aparece tallado el emblema estilizado de la mariposa.

 Tanto en bulto como en bajorrelieve, las esculturas toltecas estaban policromadas, como muestran todavía algunos restos que conservan su color original, así como los muros interiores de los aposentos, pintados en la parte inferior con múltiples franjas horizontales de diferentes colores y en la parte superior representaciones humanas.

 A pesar de lo monumental, la mayoría de las obras escultóricas de los toltecas son de poca calidad artística, probablemente debido al poco tiempo destinado a su realización y a la cantidad y diferente capacidad de los obreros que las tallaron y esculpieron, muchos de ellos se especula con la posibilidad de que fuesen niños.



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domingo, 17 de junio de 2012

Cultura tolteca ( VII )



Religión, vestimenta y adornos

Aunque la religiosidad de los toltecas era politeísta, por encima de sus deidades reconocían a un ser divino llamado con el nombre de Tloque Nahuaque. Esta divinidad creadora tenía la particularidad de ser doble, "el señor y la señora de nuestra carne o de nuestro sustento", como se traduce Tonacatecuhtli o Tonacacíhuatl, también Ometecuhtli y Omecíhuatl, a quien se le atribuía la creación, la fuerza inicial de todas las cosas y de todas las obras de la naturaleza, y que adoraban ofreciéndole flores y resinas aromáticas. Sobre Ometecuhtli recae el honor de ser el creador de los 13 cielos, donde moraban él y los demás dioses.

Una morada divina que no parecía muy concurrida, ateniéndonos a lo que las muestras arqueológicas nos han representado, más bien escasas, pues son solo cinco las deidades reconocidas hasta ahora y algunas de ellas son adoptadas. De todas estas representaciones aparecidas es Quetzalcóatl quien se lleva la palma, en sus diferentes manifestaciones, principalmente como Tlahuizcalpantecuhtli (el lucero del alba). Las otras son de Tláloc (dios de la lluvia) e Itzpapálotl (dios de la mariposa), y de las diosas Centeocíhuatl (diosa del maíz) y Xochipilli (diosa del amor y de las flores). Lo extraño entre lo descubierto arqueológicamente es la ausencia de representaciones de Tezcatlipoca, un personaje tan importante en la historia y mitología tolteca, pues se muestra como el enemigo de Quetzalcóatl, quien lo derrotó y expulsó de Tula.


Quetzalcóatl, actualmente es quizá la deidad o personaje mitológico más conocido de toda Mesoamérica, sin embargo, para los toltecas era una deidad extraña, aunque su rito venía de muy lejos en el tiempo, de las culturas clásicas mesoamericanas. Considerado como el dios del agua que fecunda la tierra y relacionado específicamente con Ce-Ácatl Topiltzin Quetzalcóatl, quien lo impuso durante su reinado. En cambio, Tezcatlipoca era deidad de los toltecas-chichimecas, protector de los cazadores y hechiceros, relacionado con el cielo nocturno, favorable y al mismo tiempo maligno. Las apariencias, resultantes de la infinidad de mitos y leyendas nacidas en torno a estos dos personajes mitológicos o deidades, parecen prevenir de un conflicto entablado, fruto de una lucha entre dos grupos sacerdotales con distintas perspectivas. Los seguidores de Tezcatlipoca exigían la práctica de sacrificios humanos mientras que los de Quetzalcóatl los repudiaban.

En las últimas fases de Tula, las que se creen notoriamente favorables a las castas o grupos militares, son proclives un tipo de representaciones de animales totémicos relacionados con los grupos militares que, aunque no se puede asegurar con rotundidad que fuesen los grupos dominantes, sí se tiene la certeza de que el papel que desempeñaron en la sociedad tolteca fue muy importante, que disfrutaron de gran poder social y político. Se estima también que fue en esta época tolteca  cuando comenzaron a surgir los grupos llamados "caballeros", águilas y jaguares que más tarde se popularizaron entre los mexicas de Tenochtitlan.


De igual manera, las representaciones en piedra, las esculturas, nos muestran la indumentaria que usaban los hombres: que por lo general iban ataviados de un braguero o máxtlatl, acompañados, en algunos casos, de un delantal sujetado por un cinturón. Entre la clase noble, caciques y mandatarios, se estilaba un tipo de diademas de piel que adornaban con piedras preciosas y algunos señores se servían de una especie de bastón adornados con plumas. También en la cabeza aparecen yelmos o cascos que representan cabezas de animales adornados de plumas, así como vendas frontales cuya función era la de sujetar los tocados. Entre la clase militar, los guerreros usaban casco, sandalias, cinturones y escudos en forma de círculo adornados con plumas. Los comerciantes gustaban de cayados y abanicos.





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domingo, 10 de junio de 2012

Cultura tolteca ( VI )



 Relaciones entre Tollan-Xicocotitlan y Chichén Itzá

No cabe duda que la mítica Chichén Itzá debería de estar encuadrada en la cultura maya, a la que pertenece, quizá la más poderosa y extensa de todas las ciudades mayenses, así como la más cosmopolita. Disfrutó de un protagonismo sin rival entre el 900 y el 1150 d.C. y fue abandonada alrededor del 1250. Su núcleo urbano tiene 5 kilómetros cuadrados y el radio de su entorno se desconoce. Sin embargo, mi atrevimiento en situarla, en parte, entre la cultura tolteca se debe a la fuerte relación cultural, económica, social y política militar que tuvieron las dos ciudades Tula y Chichén Itzá. Tanto es así que nada de lo que rodea a esta relación está clara, todo son dudas, conjeturas, teorías que lo mismo sitúan a la capital mayense como una colonia tolteca que le otorgan el honor de ser el origen de esta cultura nahua del Centro de México, en detrimento de Tula, como propuso George Kubler.

A los putunes, también llamados itzáes, pueblo originario de la zona costera de Tabasco, México, se les considera u otorga el protagonismo de los trascendentales cambios del Posclásico mesoamericano. Aunque la historia de Chichén Itzá comienza a contar desde finales del Clásico fue en el periodo siguiente cuando más auge tuvo, precisamente cuando los putunes invadieron Yucatán en el siglo X, cuando la cultura maya clásica se derrumbó, y establecieron su capital en Chichén Itzá. La realeza hereditaria se cambió por un expeditivo régimen conjunto y el poder sacerdotal reemplazado por castas guerreras y mercantiles. Así mismo, la cultura fue sustituida por otra identidad, la de los itzáes, un grupo de navegantes oriundos del Golfo de México en alto grado mexicanizados.

La ubicación estratégica de Chichén se convirtió en la razón principal por la que los itzáes se arriesgaron en la empresa hasta conseguir el poder. Su localización geográfica, en el centro de la llanura norteña a medio camino entre Cobá, al este, y Uxmal, al oeste, dos hegemonías por aquellos tiempos, fueron motivos suficientes como para aventurarse hasta hacerse con el poder, que no solo les llevaría a controlar la península de Yucatán entera sino que además influirían en toda Mesoamérica durante siglos.

La irrupción de los itzáes en los destinos de la ciudad dieron a ésta el aire de un estado puramente conquistador con grandes intereses comerciales, lo que hizo de su cultura una más cosmopolita, con expresiones políticas y artísticas tanto mayas como del centro de México. La élite reinante, compuesta por un comité de gente de cada casta,  incorporó a sus rituales y símbolos elementos mexicano-toltecas, que no les resultaban extraños a los mayas por la relación comercial mantenida con los itzáes durante siglos. Implantaron el culto a Quetzalcóatl (Serpiente Emplumada), también llamado Kukulkán por los mayas, y llenaron la ciudad con su iconografía.

Esta fusión cultural acaecida en Chichén Itzá dio como fruto una similitud con Tula, provocando una controversia que envuelve a ambas ciudades y en la que se han llegado a plantear diversas hipótesis acerca de los vínculos existentes, todo desde que por primera vez Désiré de Charnay advirtiera que la disposición de las plazas de Tula y Chichén eran muy parecidas. A estas similitudes o coincidencias se debe la teoría de que la ciudad maya fuese fundada por los toltecas, actualmente desechada. Una propuesta muy creíble con el mito de la expulsión de Quetzalcóatl de la ciudad de Tollan, motivo por el que se le identificaba con Tollan-Xicocotitlan.

Pero como el desconocimiento siempre siembra más de una duda, también surgieron otras hipótesis de ida y vuelta, hoy igualmente desechadas, como la que sostenía que sucedió al contrario, que fueron los mayas los que penetraron en el Altiplano Central antes del apogeo de Tula. Lo que proponen Linda Manzanilla y Leonardo López en su Atlas es que los nonoalcas, grupo fundador de la capital tolteca, tenían su origen en la Costa del Golfo, en Tabasco, región que fue ocupada anteriormente por grupos mayenses. Una teoría que parece sostenerse por pilares más creíbles, aunque no esté completamente respaldada por los especialistas, se basa en la documentada presencia de grupos mayas durante el Epiclásico en sitios como Xochicalco en el Valle de Morelos o Cacaxtla en el Valle de Puebla-Tlaxcala.

 Ni siquiera los estudios sobre la mitología de los toltecas y su legendario Quezatcóatl ayudan en este tema de fusión cultural, por que si Wigberto Moreno y Nigel Davies aseguran que la Tollan de las fuentes históricas indígenas, de las que se rescató la leyenda de Quetzalcóatl, es la misma ciudad de Tollan-Xicocotitlan, por otro lado López Austin y López Luján y Florescano defienden que no existen datos suficientes para confirmar que la huida de Quetzalcóatl sucediera en la capital de los toltecas. De la misma manera que tampoco se puede sostener que fuera el exiliado, Kukulkán para los mayas, el que fundara Chichén Itzá junto a sus seguidores desterrados.

Lo obvio es que realmente existieron relaciones entre los toltecas y los mayas de Chichén Itzá, claras muestras de su complejidad que provocaron fuertes transformaciones culturales entre ambos grupos. Las semejanzas existentes entre ambas ciudades resultan más ser el fruto de la fusión cultural y de un fenómeno político, social y cultural que se conoce por zuyuanidad, el mismo que habría servido a las dos ciudades como discurso que legitimase el poder político de las élites locales en escenarios metropolitanos donde convivían diversos grupos étnicos. Un fenómeno extendido que ofrece muestras en otras regiones y gobernantes, como es el ejemplo de Ocho Venado en la Mixteca, donde apela a su clara relación con la Serpiente Emplumada como hijo del sacerdote de su templo en Tilantongo. Desde esta perspectiva de la zuyuanidad es más fácil entender las similitudes arquitectónicas entre Tula y Chichén Itzá, que podría dejar la controversia de su relación en una intencionalidad más bien geopolítica.




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domingo, 3 de junio de 2012

Cultura tolteca ( V )



Expansión de la cultura tolteca

El mundo tolteca fue el enlace cultural entre la herencia teotihuacana y muchos de los aspectos de la cultura nahua que lograron su máximo esplendor con el imperio mexica. Tula fue la encargada de continuar con la expansión cultural que protagonizó Teotihuacan unificando extensas áreas de México y Centroamérica. Así mismo, los toltecas dieron inicio a la transformación mesoamericana durante el periodo Posclásico que involucró varios procesos interrelacionados.

La migración tolteca tuvo diferentes campos de acción. Por un lado el de los propios pobladores, poblaciones enteras, unas de habla nahua y otras de otomí, que se expandieron fuera de las regiones del Centro de México, al igual que la fundación de otras dinastías reales de origen tolteca que surgieron tanto en distintas zonas de México como de Centroamérica. Un segundo frente expansionista fue el comercio, en el que las redes se extendían desde Nuevo México y Arizona en el sur de los Estados Unidos hasta Costa Rica. El último flanco lo marcaría la religión y la ideología, en un periodo de fuertes cambios entre los pueblos mesoamericanos que incluyeron algunos dioses nahuas así como el importante realzamiento épico del hombre-dios en la figura Quetzalcóatl y en el culto a las deidades solar y estelares relacionadas con la guerra y el sacrificio humano.


Algunos historiadores opinan que probablemente la zona de influencia tolteca fuese el antecedente directo del área dominada por los mexicas, apoyados en la gran influencia que ejercía Tula como gran metrópolis mesoamericana entre los siglos XI y XII. Otros en cambio opinan que no, que pese a su estructura política y militar los toltecas nunca consiguieron abarcar el control de tanto territorio como los mexicas. Sin embargo, existen claras evidencias de que hubo algunas regiones dominadas por los toltecas que los mexicas nunca consiguieron dominar.

Al control de Tula se le atribuye gran parte del centro de México, del Bajío, la Costa del Golfo y posiblemente de las vertientes del Pacífico de Chiapas y Guatemala en el Soconusco. También en otras regiones donde los mexicas no lograron la dominación, como algunas zonas de la Huasteca y Michoacán, los toltecas consiguieron conquistas y dejaron claras pruebas de su paso y dominio. Al igual que en Chichén Itzá, en Yucatán, donde su presencia fue extraordinaria. Una relación existente, entre Tula y Chichén Itzá, que se replantea actualmente.


Los resultados que cada día salen a la luz en las investigaciones arqueológicas y antropológicas llevadas a cabo, nos revelan datos que ayudan cada vez más a construir la cadena cultural mesoamericana, en la que cada eslabón es de máxima importancia dentro de su realidad histórica. Algunas de estas investigaciones nos dicen que los pipiles, grupos de habla náhuatl que en el siglo XVI habitaban extensas áreas del Pacífico de Chiapas y Centroamérica, estaban relacionados con los toltecas. Estas estimaciones hacen fuerte la teoría de que junto a cada conquista había un gran movimiento de poblaciones enteras que afianzaban no solo el dominio político y militar sino también el cultural. En algunos lugares pipiles de El Salvador se han encontrado tantas y tan claras evidencias culturales relacionadas con Tula en arquitectura, cerámica y otros elementos, que se ha llegado a la conclusión de que se trataban de colonias toltecas.

Algo parecido ocurre con otras regiones de la Costa del Golfo, donde los restos encontrados muestran similitud con Tula. Pueblos mayas como el Chontal o Putún de Tabasco y Campeche fueron probablemente los que ayudaron a los toltecas en su expansión cuando entraron por el norte de Yucatán, con los que también ha quedado demostrada la existencia comercial con grupos nahuas del Altiplano. De igual manera en el centro de Veracruz las influencias toltecas aparecen con energía y protagonismo en la arquitectura y cerámica, tanto es así que el arqueólogo José García Payán planteó que algunos centros como Castillo de Teayo y Xiutetelco fueron fundados por pueblos procedentes de Tula. También en el Bajío se encuentran edificios muy parecidos arquitectónicamente a los de la capital tolteca, o cerámica con sus características. Carabino, en Guanajuato, y Villa de Reyes, en San Luis Potosí, fueron dos puntos estratégicos ubicados en las grandes rutas del comercio


Otros elementos arqueológicos claves relacionados con los toltecas son los fabricados con obsidiana. Puntas de lanza y flechas, y herramientas como cuchillos, navajas o raspadores, se elaboraban con obsidiana procedente de la región circundante de Tula. El mineral extraído de las minas de Ucareo es la prueba más relevante de la expansión comercial y cultural tolteca, de allí se extrajo gran parte de la obsidiana que importó Tula durante el primer momento de su apogeo. A mediados del siglo pasado, el arqueólogo Hugo Moedano, identificó restos de una cerámica casi idéntica a la elaborada por los primeros pobladores de Tula durante los siglos VIII y IX d. C. Estos hallazgos llevan a la conclusión de que los habitantes de Ucareo descendían de una colonia tolteca que trabajaba en las minas. A estas estimaciones se unen a que a principios del siglo XVI, aunque Ucareo formaba parte de una provincia del poderío tarasco, su población hablaba otomí, lo que refuerza la teoría, ya que los otomíes constituían una parte importante de la población de Tula junto a los grupos nahuas.




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