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viernes, 27 de febrero de 2009

Hombre sencillo historia honorable (II)


El momento de la notificación nos encontró a cada uno en nuestras labores cotidianas, a mi madre fue la primera, cuando dos agentes de la policía nacional le dieron la siniestra noticia, su marido había sido hallado muerto cerca del cause del río, colgado del cuello en una rama de un árbol, la cuerda era de plástico, de las que se usan para los tendederos de la ropa. Eran poco más de las once de la mañana y la comunicación le produjo un shock emocional que la dejó fuera de sí durante algunos días. Sin embargo mi hermano soportó el envite de la pena con algo más de entereza, entereza pasajera porque no pudo soportar la tensión y se derrumbó a las pocas horas. En cambio, a mí, la dolorosa noticia me encontró a varios miles de kilómetros, hacía algunos años que residía en Tenerife, Islas Canarias, y al entrar a trabajar en el restaurante me dijeron que llamara por teléfono a casa de mis padres, el motivo que argumentaron era un supuesto accidente que mi padre había sufrido. No he pasado peor día en mi vida que aquél, las horas eran siglos y la incertidumbre me invadió como nunca, después de que me dijeran al teléfono que mi padre estaba muy mal, que subiera al avión y me dirigiera a Córdoba lo antes posible.
Un mes antes pasé varias semanas de vacaciones con mi familia y nada hacía presagiar que mi padre tomara aquella decisión tan drástica, fue lo primero que me vino a la memoria cuando unos familiares, que se personaron a recogerme, me dijeron en el aeropuerto de Sevilla la realidad de lo sucedido. El trayecto, cerca de dos horas de camino, lo superé haciendo preguntas, una tras otra, todas referentes a las circunstancias que rodeaban el suceso, hasta que llegué al domicilio familiar, nada me ha resultado más duro en este mundo, mi madre, mi hermano y yo nos fundimos en un abrazo entre lágrimas y lamentos, una escena dramática, rodeados de los acompañantes, familiares y allegados, que contagiados por la emoción, rompieron en puro llanto envueltos en el dolor. Después comenzaron a invadirme las preguntas, todas referentes al suicidio, el por qué estaba en todo lo que pensaba, no encontraba respuesta a tanta desolación, me sentía culpable por no haber esta al lado de mi padre cuando más me necesitaba, por no haberme dado cuenta un mes antes de sus problemas, preocupaciones... ¿pero como iba a hacerlo? No había nada evidente que le llevara a tal decisión; peores momentos pasó a lo largo de su vida y se enfrentó a ellos, superándolos, con más entereza que nadie.

Más tarde descubrí unos papeles en el bolsillo de una chaqueta, eran resguardos de la visitas a médicos, incluidos cardiólogos, y unido a las confesiones que me hizo mi madre, de su decaimiento, de los dolores que sufría en el brazo izquierdo, de la inmovilidad que intuía llegaría pronto, del silencio que guardaba al respecto, pensé que no quiso suponer una carga para nadie. Había visitado a médicos en secreto para no compartir su mal, para no contagiarnos con sus preocupaciones y para que no sufriéramos los que le queríamos. Pasaron algunos años y con ellos comencé a aceptar su decisión, algo que me costaba comprender en un principio, por más vueltas que le daba al asunto no podía entender que nos dejara tan de repente, sabía que no era un acto de cobardía, como critican algunos, hay que ser muy valiente para entregarse a la muerte por muy mal que uno se encuentre, ni tan egoísta como para dejarnos sin su cariño, sin su presencia. Solo desde la lejanía en el tiempo y en el recuerdo he llegado a aceptar su decisión, por mi egoísmo continúo sin compartirla, pero conociendo su manera de pensar, de entender la vida, deduzco que fue por no convertirse en una carga familiar. No fue su orgullo lo que le llevó a marcharse de esta vida, fue por su libertad, la que no quería perder, ni arrebatar la nuestra con su situación en un futuro cercano.
Desde aquel fatídico día han pasado doce años y esto supone muchas horas, muchos pensamientos, muchos recuerdos y mucha tristeza desde su perdida. No obstante, cada vez que miro hacia atrás y busco entre sus recuerdos, me viene a la memoria lo mucho de honorable que tenía, de respetuoso, de integro, de buena persona y de los valores que defendía. Los mismos que trato de emular, de continuar defendiendo, que no son otros que los mismos por los que la humanidad lleva luchando desde siempre, los derechos y la libertad del individuo. El derecho a una vida más justa, en cualquier lugar que las condiciones lo permitan; a la libertad de elegir que religión profesar, que opciones sexuales escoger y por encima de todo la libertad para decidir como vivir y como morir. La libertad de cada uno está por encima de credos y doctrinas, de dioses y leyes, de patrias y fronteras, de razas y de géneros o clases. Nada hay más preciado que esta libertad que defiendo, ni la salud, ni el poder económico... de qué vale todo sin ella.
Después de contarles esta historia, a grandes rasgos, algunos se preguntarán cual es el motivo y la relación entre sí, pero está claro. Los problemas de la emigración provocan rechazos sociales, xenofobia, racismo, es el egoísmo natural del ser humano, es el miedo de los cobardes a defenderse de lo que no les pertenece, el derecho a una vida digna es para todos los seres humanos, no solo para los que se creen privilegiados por haber nacido en un tiempo y en un país con unas condiciones mas favorables que otras naciones, pero hay que ser inteligente, respetuoso con los más desfavorecidos, sobre todo en países donde la emigración fue masiva en otro tiempo no muy lejano. Es el caso de España, Italia... nadie está libre de la emigración y si no nos afecta a nosotros directamente puede afectarles a nuestros descendientes más cercanos, como les afectó a nuestros padres, abuelos, quizás hermanos. Es un drama cada día en las noticias comprobar como no cesa el número de víctimas en las travesías de la muerte, sobre cayucos, en el intento por una vida más justa, por un plato de comida, por un techo bajo el cual dormir, algo tan primario y fundamental para la supervivencia. No se juegan la vida por otras razones, es el hambre lo que les empuja a pujar por sobrevivir o nada.

Mucha culpa de esto, por no decir toda, la tienen los gobernantes y, por la parte que nos toca, la religión católica, aunque ninguna religión está libre de culpa. Las políticas neo liberales, ultra derechistas, que son amparadas y compartidas por la iglesia católica, son los causantes de provocar estas oleadas de emigración en todo el mundo, son los causantes de que los países de origen, los países pobres, hayan acabado sin recursos naturales en la mayoría de los casos; en otros alimentan la corrupción para continuar beneficiándose, robando, los recursos que les pertenecen al pueblo. El cinismo es tan descarado que da vergüenza ajena, de ver como les roban y después los rechazan en la miseria más cruel. Me gustaría ver a la iglesia católica defender a estos emigrantes rumanos que viven míseramente de la recogida de chatarra y de la caridad, como lo hicieron contra la eutanasia de Eluana Englaro, que doble moral y cuanto cinismo, defender el derecho a la vida de quien aún no ha nacido y censurar a quien desea morir por que la vida ya no tiene ningún sentido para ellos. Los emigrantes rumanos ilegales están siendo perseguidos como animales por los oficialistas del gobierno Berlusconi, les queman poblados, les obligan a los médicos a denunciarlos si no tienen papeles en regla y por último el gobierno promueve patrullas ciudadanas para combatir a los emigrantes, con las que ya ha habido casos de apaleamiento en las calles, criminalizando la emigración como si delincuentes se tratara, al igual que en los tiempos más puros del nazismo en la Alemania hitleriana.
Pero este tema de la emigración parece que solo le pertenece al Cesar, que no es asunto de Dios. En cambio, en el caso de Eluana, con la eutanasia de por medio, han llevado el grito al cielo, culpando a la familia de la mujer que, tras 17 años en coma y enchufada a una maquina para continuar viviendo, buscaban un final digno a su existencia. Han obligado al gobierno a luchar contra ese derecho natural de elegir el momento de morir, ha sido cruel esa oleada de falsa moralidad, culpando y criminalizando al padre de asesino, de responsable de la muerte, cuando solo ha pretendido luchar por la dignidad de su hija, de la que ya nada quedaba, nada que ver con lo que era Eluana cuando sufrió el accidente que truncó su vida. La imagen de la joven no han permitido las autoridades que se publicara, tal vez por el temor a que la opinión pública cambiara al comprobar que estaba irreconocible, extremadamente delgada, con el estomago atrofiado y llena de llagas por todo el cuerpo después de 17 años viviendo artificialmente. Ahora, y después de cambiar leyes para que no fuera legal desconectar de la maquina a la mujer, cuando hace algunos días que murió, el fiscal italiano investiga y trata de culpar al padre de Eluana por homicidio voluntario, como si no hubiera sido suficiente castigo todos estos años de sufrimiento con su hija. Ésta es la caridad cristiana que promulga el Vaticano, que lo que menos les importan son las víctimas, los que sufren, por encima de todo están sus intereses, para continuar viviendo de la muerte, del sufrimiento y de las miserias humanas.
Todas estas circunstancias e injusticias son motivos suficientes para encontrar una relación con mi padre, porque son motivos con los que cualquier persona está relacionada, es el derecho de cualquier ser humano a la libertad, a decidir por uno mismo, a la negación de que utilicen nuestras vidas y situaciones como si fuéramos animales. La dignidad de la humanidad pasa por no permitir que nuestras vidas sean meras mercancías para otros, que se creen en el derecho de decidir por los demás. Para terminar con este escrito les recordaré un asunto que sacó a la luz un desgraciado accidente de tráfico hace unos meses.
Nada tiene que ver con la historia de mi padre, pero sí con los derechos de todos, de los que eligen una opción sexual y también son perseguidos por ello, curiosamente por los que menos motivos tienen y que en ocasiones son descubiertos sus verdaderos intereses por caprichos de la vida. Me refiero al líder de la ultra derecha austriaca Jorg Haider, que falleció a consecuencia de un accidente automovilístico cuando conducía en estado de embriaguez. El ultra conservador siempre censuró a los gay, a los homosexuales, por, según su punto de vista, ser antinatural, pero el suceso que le costó la vida esclareció su verdadero pensamiento, como la iglesia católica, "haced lo que yo digo, no lo que hago", cuando se comprobó que había estado bebiendo vodka toda la noche con su amante en un bar gay, el mismo que ocupó su puesto en el partido por voluntad de Haider que lo deseaba como su sucesor. Stefan Petzner, que así se llama el amante, declaró que: "Era el hombre de mi vida. Nuestra relación iba más allá de la amistad", para terminar añadiendo que la mujer de Haider, Claudia, "no se oponía a la relación". Estas declaraciones y la comprobación posterior fueron motivos suficientes para que el partido sustituyera al sucesor y amante del xenófobo y ultra conservador Jorg Haider.

jueves, 26 de febrero de 2009

Hombre sencillo historia honorable


Apenas hace unas semanas que dí por terminada mi aventura en temas nicaragüenses, exclusivamente, y con este fin también comencé una nueva etapa aún todavía por definir. No por eso dejaré de escribir mis reflexiones o razonamientos a temas dispares, por supuesto que todos dentro de la misma línea que acostumbro, aunque al igual que al principio, al comienzo del blog, de Miradas Impacientes, los temas serán globalizados y, por qué no, de igual modo también personales y más cercanos. Lo que sí adelantaré a mis lectores, y a los curiosos que de vez en cuando pasean por este espacio literario, que las entradas de mis artículos lo harán casi semanalmente, no como hasta ahora, en determinadas fechas, que fueron casi a diario. Trataré de compaginar el contenido de este blog con la creación de mi última novela que anda a medio hilvanar. Son dos libros lo que hasta ahora ha dado de sí "El Mirador Impaciente", todos los escritos que anteceden a éste y que, del mismo modo que pueden leerlos en el blog, también pueden adquirirlos impresos en papel, en el enlace "mis libros publicados", a la izquierda de estas líneas.
Son muchos los temas que me atraen y que quisiera reflexionar con ustedes, pero no es fácil escoger, los acontecimientos sociales que a diario nos llaman la atención no son pocos y en ocasiones nos sitúan ante la duda, a veces por no querer que pasen de actualidad y otras por ser tan actuales que es preferible dejar unos días que el tema en cuestión se digiera y a toro pasado analizarlo con un razonamiento más calmado y en frío, para que la presión pública no me arrastre con deducciones contagiosas. No obstante mis artículos no siempre surgen de la actualidad, más bien diría todo lo contrario, las noticias recientes se encuentran en cualquier espacio informativo y en cambio lo pasado u olvidado siempre tiene algo de exclusividad momentánea con el recobrado protagonismo. Así que mientras decido hacia donde irán dirigidas las nuevas miradas haré una reflexión hacia algunos acontecimientos que no pasan desapercibidos ni ajenos a mi curiosidad y atención. No es un tema concreto el que ocupa mi interés, éste va dirigido en distintos puntos a la vez, pero todos unidos por el mismo condicionante, "la libertad del individuo". Trataré de redactarlo en dos partes, la primera será más personal, vivencias cercanas, para en la segunda parte desarrollar mis puntos de vista sobre los temas en cuestión.

Les voy a contar una historia, de un hombre sencillo, de un hombre honorable, porque lo que sí está claro es que nada tiene mayor honorabilidad que los ciudadanos sencillos, casi anónimos, que pasan por esta vida de puntillas pero soportando todo el peso de la humanidad, con sus acciones y determinaciones que son el paso primero para las generaciones venideras, para las libertades individuales, que al contrario de lo que debería ser, nos desgastamos la vida entera luchando por lo que se supone es un derecho adquirido en el nacimiento, la libertad y el derecho a elegir, de lo que nos conviene o apetece. Sin embargo, lejos de todo esto, nos pasamos toda la existencia luchando por recuperar esos derechos propios, derechos robados por los que piensan de distinta manera y que nos obligan a elegir en asuntos tan personales como son la religión, el sexo, o el derecho a decidir libremente cuando y como nos apetece morir. Estos temas que apunto y que son base de este razonamiento, no es nada nuevo para quien me conoce y lee, pero en esta ocasión les mostraré cuales y por qué son los cimientos que apuntalan mi pensamiento, desde el respeto al que lo hace de distinta manera.
Para comprender mi manera de pensar no hay mejor forma que la de buscar en mis raíces, de las que he alimentado y creado mi propio yo. Mucha culpa la tienen mis progenitores, los que me enseñaron y me educaron, para bien o para mal, de lo que me siento orgulloso y agradecido, por inculcarme valores que, creo, son honorables. Antonio Torres, mi padre, fue un hombre sencillo, noble y con una integridad a prueba de cañón, que sin duda disfrutó de la libertad que el creyó merecía y no subestimó nunca hacia lo contrario. El año 1928 no fue el mejor de los años para nacer y menos aún cuando se nace en medio del campo jiennense, en Alcalá la Real, en una finca que su padre regentaba, pero que jamás tuvo contactos directos con la dueña que residía en Madrid. Era el quinto de los hermanos, todos varones, hasta que se sumó a ellos la hermana más pequeña un año más tarde. Su infancia se podría decir que pasó de largo, entre bombas y fusiles, entre muerte y miseria, los condimentos que llevaba aquella guerra sin sentido en el nombre de dios y la patria. Acabó la guerra y tocó la hora de la venganza, de los rencores y de pedir explicaciones, cosa esta última que hizo la dueña de la finca a su padre, eso sí, desde Madrid, ella jamás pisó tierra andaluza; explicaciones por haber abandonado la finca en tiempo de guerra, cuando el fuego cruzado le situó en medio de los dos frentes con una mujer joven y seis hijos pequeños bajo su protección.
Esta "osadía", la de huir en tiempo de guerra del lugar donde residía por temor a la muerte, le costó veinte años de cárcel por la denuncia de la "dueña", por comunista, razón suficiente como para fusilarlo, lo peor es que mi pobre abuelo nunca supo ni entendió de política, un pobre campesino analfabeto que bastante tenía con alimentar a tantas bocas. La pena, en principio, fue la de fusilamiento, pero tuvo suerte y a última hora se quedó en cadena perpetua y a trabajos forzados, pero el desgaste y la enfermedad le ayudaron para que a los veinte años le concedieran la libertad. Mientras tanto sus seis hijos y su esposa se repartieron en casa de familiares repartidos entre las dos provincias, Jaén y Córdoba, hasta que crecieron y se volvieron a reunir con la madre entre Alcolea y la capital cordobesa, entre huertas y campesinos, donde por suerte para mi existencia conoció a una guapa cordobesa, Pepita, seis años menor que él y tras un largo noviazgo se casaron y comenzaron su caminar juntos en pareja.
Los comienzos de la unión no fueron buenos, no había pasado el año desde el casamiento cuando mi madre, que acudía a llevarle la comida del almuerzo, lo vio caer, a lo lejos, desde una altura de catorce metros, desde una maquina de sacar arena del río Guadalquivir, donde trabajaba. Aquel accidente le costó a mi madre un aborto por la impresión y a mi padre comenzar de nuevo, digo esto porque el golpe fue tan severo que entró en coma y con una fractura craneal. Esto supuso una recuperación lenta hasta que tras varios años volvió a su vida normal. Llegaron los años sesenta y la emigración separó a las familias españolas, no quedó hombre en edad de trabajar que no acariciara la posibilidad de cruzar fronteras buscando un sueldo que les apartara de las estrecheces económicas que vivía el país, algunos desistieron pero la mayoría tomó la iniciativa de emigrar, particularmente a los países europeos. Mi padre no fue menos, ni distinto a tantos, un día tomó la maleta y sobre raíles ferroviarios superó la distancia que le separaba de París, donde comenzó a trabajar en una fábrica de automóviles, la Citroen. No soportó la separación, ni de su joven esposa, mi madre, ni de su primer y único hijo hasta entonces, corría el año 65 y yo contaba con cuatro años de edad, así que decidió regresar ante la negativa de mi madre a emigrar también a su lado.
Volvió al campo, a lo que conocía y a lo que se ofertaba, pocas opciones existían aparte de la labranza. Nació su segundo hijo, mi hermano, y comenzaron a sacudirle fuertes dolores en el hombro izquierdo hasta el punto de restarle movilidad, recorrió medio país buscando remedio a sus males, Sevilla, Madrid, Barcelona... pero no lo encontró, lo único que halló fue el motivo por el cual su minusvalía ya era un hecho, el fuerte golpe de la caída diez años antes le dejó unas secuelas en el cerebro, el riego sanguíneo le afectó al remo izquierdo y no encontraron solución, en una sanidad que andaba a ciegas en estos casos, se negó en rotundo a que le abrieran el cráneo para indagar cual era el problema en cuestión, ceder ante aquello era una aventura que ponía su vida en juego, por lo que decidió continuar en aquella situación hasta encontrar remedio. Pero éste no vino, nunca llegó, pasaron los años y los dolores continuaban como parte de su existencia, entre tanto no paró de luchar, de realizar todos los trabajos que podía, desde jardinero en comunidades de vecinos, guarda-coches nocturno en hoteles de carretera, de guarda nocturno en obras de construcción... fue un ejemplo para los que le rodeábamos, sacó a la familia adelante y consiguió pagar la vivienda que compró cuando la enfermedad ya era latente. No por eso su carácter cambió, siempre agradable, alegre, cercano en el trato y respetuoso con todos, de cualquier condición, jamás vi un reproche hacia mi madre ni un mal gesto con ninguno de la familia, todo fueron atenciones y cariño.
El tiempo nos hizo mayores a mi hermano y a mí, la carga familiar ya no era la de años anteriores pero los dolores continuaban y el brazo derecho comenzó a dar síntomas idénticos a los de su homónimo años atrás. Sin embargo, ya no se quejaba como antaño, había aprendido a vivir con el dolor y sin la utilidad de un brazo, algo muy duro para cualquiera y mucho más para alguien como él, que necesitaba sentirse útil, libre para decidir lo que le apeteciera, esa circunstancia la superó una vez pero perder la movilidad de sus dos brazos, quedarse inútil, depender de la ayuda de otros para todo, eso le minaba la moral en silencio, callaba y dejaba pasar su dolor y su miedo a perder la libertad que siempre necesitó para sobrevivir, hasta que una mañana de julio, tras una noche de insomnio, salió temprano a dar una vuelta por el campo, como siempre, pero esta vez decidido de que el fin de su existencia marcaba aquel día en el calendario. Para cada uno de nosotros, de la familia, aquel fatídico día es recordado como el más triste de nuestras vidas, y el peor de los momentos el que nos comunicaron la dolorosa noticia.






Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...