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martes, 21 de julio de 2009

La niña valerosa que se creía invulnerable

Así es como la describió Rafael Alberti, "La niña valerosa que se creía invulnerable". Irremediablemente unida a la de su compañero sentimental y profesional Robert Capa, su vida y obra no es tan conocida como la de él, injustamente, aunque también hay que decir que no quedó en el olvido ni tampoco en el anonimato. Su reconocido valor profesional está registrado en cualquiera de las listas donde se sitúen los mejores fotógrafos y reporteros gráficos del mundo. Digo injustamente porque, aún reconocida su labor, siempre quedó a la sombra de Capa, incluso existen voces críticas que le atribuyen a ella la famosa foto tomada en Cerro Muriano, Córdoba, en la contienda civil española, El miliciano abatido. Una foto cuestionada por muchos críticos y que piensan que no fue fruto de la casualidad, que ni siquiera fue la instantánea de la muerte del joven miliciano, si no que se trata de un montaje, con instrucciones minuciosas para influir en la opinión pública extranjera. Cierto es que aquella tarde, tanto Robert Capa como Gerda Taro estaban en el mismo lugar en ese preciso instante, delante del miliciano y con la cámara preparada para captar ese instante histórico y determinante. "La niña rubia" era un símbolo en la guerra española, antifascista y de arriesgado atrevimiento, siempre al borde del peligro, como si su deseo de inmortalidad por captar lo incaptable la volviera irresponsablemente atrevida e inconciente, pero ni una cosa ni la otra, sólo su juventud la ponía al limite de lo permitido y aconsejable, como buena alumna de Capa quizás tomó su premisa al pie de la letra, "si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no te has acercado lo suficiente".

Ya en su momento, cuando el año pasado escribí sobre Robert Capa, Testigo único de la historia, me quedó un regusto a inacabado, no porque me pareciera corto el escrito si no porque su historia no se entiende sin la de Gerda Taro, el significado sentimental y profesional en la vida de él la hace necesaria en su biografía, y a la inversa. Este es el motivo, de injusticia, por lo que me parecía incompleto, así que no lo pensé dos veces, cuando leí un reportaje en el diario El País llamado ¡Te has cargado a la francesa! y que trata precisamente de la muerte de la joven reportera grafica. Ya conocía el trágico final de Taro pero también es verdad que mis conocimientos sobre ella eran más bien los que Capa permite conocer, es decir, conocía de ella lo que él no podía absorber, porque si es cierto que, cuando comenzaba a volar por sí sola, un desgraciado accidente le cortó las alas. En este reportaje no encontré otra cosa que los pormenores de su triste final, que no es poco, pero lo importante no lo recoge, sus 27 años anteriores, los que tenía cuando pasó a engrosar las listas de los desaparecidos. Sin embargo, no es difícil encontrar información sobre su vida y entre las fuentes que se vinieron a mi curiosidad elegí un escrito de la revista "Clio", firmada por la historiadora Ada Simón y el escritor Emilio Calle. Donde encontré algunos datos para sumarlos a mi conocimiento sobre Gerda Taro.

Ya era conocido cómo sucedió el triste y fatídico accidente, pero no los pormenores ni la identidad del tanquista, que sin darse cuenta le pasó por encima el armatoste metálico que la destripó literalmente, Aníbal Gonzáles ni se enteró que la mataba. Aquella tarde del 25 de julio de 1937 Gerda Taro se subió al estribo del automóvil del general Walter, voluntario polaco de las Brigadas Internacionales, agotada, cansada, y presa de la rabia por lo vivido, pero seguramente orgullosa y emocionada de su trabajo. Había conseguido lo pretendido, sus más arriesgadas fotografías bajo el inclemente fuego aéreo de la aviación alemana, lo que quería mostrar al mundo, que estaba dejando sin apoyo a la República a causa de los supuestos acuerdos de neutralidad mientras que los fascistas españoles contaban con la ayuda de los nazis. De pronto un nuevo ataque aéreo propició que cundiera el pánico y Gerda cayó del estribo del automóvil, con tan mala suerte que el tanque no le permitió levantarse. El tanque era un T-26 del ejercito republicano que venía de campo abierto hacia atrás, para entrar en la carretera, y le causó una terrible herida con sus cadenas, no murió en el acto pero con el vientre abierto y sujetándose los intestinos fue llevada al hospital inglés de El Goloso, donde murió en la madrugada del día siguiente, seis días antes de cumplir los 27 años.

Su verdadero nombre no era Gerda Taro, si no Gerta Pohorylle, alemana judía de la región de Galítzia, había nacido en Stuttgar en 1910. Su llegada a París fue propiciada por la persecución a la que la policía de Hitler la tenía sometida, a causa de sus actividades pro comunistas. Eran los años en los que André Friedman luchaba contra el hambre, por salir adelante con su cámara, y el encuentro con aquella chica que cambiaría por completo su vida fue casual. Gerta fue a acompañar a una amiga que trabajaba de modelo para el fotógrafo y pronto surgió un compromiso, una amistad que los hizo inseparables. André le enseñó todo lo que sobre la fotografía conocía. Fue entonces y hartos de pasar necesidades, cuando a ella se le ocurrió que en vez de presentarse en las agencias como dos judíos inmigrantes, se harían pasar por el fotógrafo estadounidense Robert Capa, un artista con gran fama en su país, y su secretaria Gerda Taro, que ellos mismos se encargaron de difundir. Un seudónimo artístico que jugaba con el nombre de Greta Garbo, tan de moda por aquellas fechas. A partir de entonces su calidad fotográfica les propició ofertas de las mejores revistas ilustradas y, aunque siempre firmaban con Capa, las fotografías las realizaban indistintamente uno u otro. Así fue hasta bien entrado 1937, año en el que ella comenzó a desligarse de Robert, sólo a partir de esta fecha es cuando las fotografías se le pueden atribuir a él, hasta entonces es difícil saber quien de los dos la realizó.

Aquel contexto en el que André y Gerta llegaron a España no dejaba indiferente a nadie, la guerra española era el espejo donde todos se miraban, todos los que se sentían amenazados por el totalitarismo fascista, y la única manera de estar informados era por la radio, por los noticieros cinematográficos y sobre todo por la prensa, el fotorreportaje, fuente primordial de información gráfica. El objetivo concreto que los trajo a España era el de ofrecer al mundo las imágenes de lo que estaba ocurriendo, con un compromiso político claramente a favor del Gobierno de la República. Sin embargo, y a toro pasado, se podría interpretar como premonición, su entrada al país ya fue accidentada, ajeno a los avatares de la guerra el avión que los traía sufrió un percance y tuvo que aterrizar forzosamente a las afueras de Barcelona, y aunque nadie sufrió daño alguno, sí tuvieron que recorrer a pie el camino hasta la ciudad. Pasaron varias semanas desde la llegada y decidieron acercarse al frente, a finales de agosto del 36 partieron hacia Huesca y fue allí donde realizaron su primer fotorreportaje, el de los milicianos de Tardienta. Al mes siguiente fue Toledo, donde el Alcazar se encontraba sitiado por las fuerzas republicanas, la lentitud de los acontecimientos, que Capa y Taro esperaban que se produjeran, les hizo decidirse y marcharse antes de que llegaran las tropas franquistas. André tomó rumbo a París, después de pasar por Barcelona, para preparar un reportaje y Gerta se quedó en España, haciendo algunos trabajos para la revista Regards, en la que comenzó a firmar con el nombre de Taro y al amparo del Partido Comunista Francés, había dejado de trabajar para la revista Vu, que iniciaba una nueva etapa, con nuevo dueño, nueva dirección y nueva filiación partidaria. Aquellos meses significaron un distanciamiento claro entre Capa y Taro, a todos los niveles, físico, emocional y profesional, las idas y venidas a París para descansar y elaborar reportajes eran constantes y Gerda tomaba nuevos contactos con otras revistas, la estadounidense Life y la francesa Ce Soir.

Pero aquel tiempo no supuso una separación definitiva, volvieron a trabajar juntos en España, donde viajaron hasta Málaga para fotografiar la entrada de los nacionales fascistas en la ciudad, Un episodio de los más sangrientos y crueles de la contienda, cuando los habitantes huían hacia el este y fueron bombardeados por los fascistas en la carretera que los conducían a Almería. Unas imágenes llenas de dolor, de terror vivido por aquellos hombres, mujeres y niños en su éxodo. Las esperanzas de los republicanos quedaron puestas en la resistencia de Madrid y hacia esta provincia se dirigió la pareja, a El Jarama. En el hotel Florida se hospedaron, coincidieron con Hermingway y tomaron contacto con los periodistas internacionales en el café de la Gran Vía y en el edificio de Telefónica, donde estaban ubicadas las oficinas republicanas de control de prensa. Los acontecimientos se sucedían y allí donde surgiera la noticia iban dirigidos los objetivos fotográficos de Gerta y André. Al poco tiempo, el 26 de abril, se produjo el bombardeo de Guernica y Capa partió solo hacia Bilbao. Un mes más tarde volvieron a reunirse en Navacerrada y realizaron juntos el reportaje de la Granjuela y, en julio, regresaron a Madrid a fotografiar el laberinto de trincheras republicanas, en los alrededores del Hospital Clínico de la Ciudad universitaria. La relación con Alberti, con su compañera Teresa, el general Miaja, José Bergamín, Julían Benda y tantos otros intelectuales la dejó patente en sus retratos, en el II Congreso Internacional de Escritores en Defensa de la Cultura que se celebró en julio en Madrid y Valencia. Aquel fatídico julio le llegaría su verdadera oportunidad en el frente de Brunete, su reportaje del triunfo republicano fue publicado en la revista Regards, era la primera vez en que los reporteros se acercaban lo suficientemente al frente para captar lo que sucedía en primera línea, en cierto modo gracias a la ligereza de los nuevos equipos fotográficos. Cuanta ironía acarrea la guerra, tanto riesgo para perder la vida en un absurdo accidente. Curiosamente y pocos días antes de morir, Gerda Taro dijo estas palabras: "Cuando piensas en toda esa gente que conocimos y ha muerto en esa ofensiva, tienes el sentimiento de que estar vivo es algo desleal".









http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

domingo, 5 de octubre de 2008

Testigo único de la historia

Casi con toda seguridad la vida de Federico Borrell no habría supuesto diferencia alguna a la de miles, millones, de jóvenes españoles que murieron en aquella cruel, como todas, guerra española del 36, a no ser porque el objetivo de la cámara de Robert Capa se interpuso en medio de los dos para inmortalizarlo, los dos salieron con la inmortalidad ganada de aquella instantánea. La manera fue distinta porque al miliciano le costó la vida para conseguirlo, a Capa, en cambio, que constaba con 23 años en aquel momento, solo le costó apretar el obturador de su cámara Leica.

 Aún así, El soldado caído, como es conocida la fotografía mundialmente, tuvo que pasar 60 años en el anonimato sin saber de quien se trataba, quien era el joven de 25 años que caía abatido en el momento en que Robert Capa lo retrató. La revelación vino por parte de un compañero que le acompañaba en la columna anarquista de Alcoy la misma tarde de su muerte y que también era vecino del mismo pueblo alicantino. Mario Brotons tenía 14 años por aquellos días y a la edad de 75 decidió escribir sus memorias anarquistas en un libro titulado "Retazos de una época de inquietudes", en él aseguraba que el soldado que caía derrumbado en la foto era su paisano y compañero Taino, como era conocido, cosa que corroboró la cuñada de Federico Borrell que aún vivía. A partir de ahí fueron muchos los historiadores que se interesaron por la figura, por el hombre que se convirtió en icono no solo de la guerra española sino también de todas las guerras mundiales, por su simbolismo impactante y por la tremenda fuerza en la expresión que recoge la instantánea.

 Federico Borrell no nació en Alcoy, pero sí en la misma provincia levantina, en Alicante, en un pueblo de la sierra llamado Benibolla. Su madre, María García, conocida por La Taña, decidió emigrar a Alcoy cuando quedó viuda de Vicente Borrell, de profesión labrador y de sobrenombre Batallón. Federico tenía seis años de edad por aquel entonces. El quinto de los seis hermanos que su madre sacó adelante con lo que ganaba de criada. Aprendió a leer y escribir y se hizo tejedor, y al igual que muchos de los jóvenes anarquistas de su edad y de su pueblo se alistó voluntario para ir al frente y dejó una novia, Marina, y el traje nuevo esperando para casarse. De la novia no se sabe cuál fue su paradero pero del traje sí, lo aprovechó su hermano menor Evaristo para casarse, que también estaba en la misma columna de voluntario cuando mataron a su hermano. Al siguiente día dejó el frente y regresó a Alcoy para informar a sus hermanas de la desdicha de Federico.

El joven miliciano era bravucón, de carácter alegre y un poco alocado, amigo de figurar y presumido, con un rasgo físico peculiar que compartía con su padre y hermano, los pómulos muy pronunciados. Ni que negar tiene que Federico pudiera ser conocedor de su futuro más inmediato o que intuyera el devenir de los momentos más cercanos aquella tarde del 5 de septiembre de 1936, mes y medio después de dar comienzo la guerra, cuando una bala certera acabó con su vida en el aire, mientras caía derrumbado hacia atrás y con el fusil en la derecha. El disparo le destrozó la cabeza y dudo de que se diera cuenta en aquel preciso instante de que su vida se esfumaba, y mucho menos de que comenzaba su inmortalidad como símbolo.

La providencia quiso que los dos jóvenes se cruzaran en el camino con distinto resultado para ambos, en el soleado páramo de la sierra cordobesa, en Cerro Muriano, a pocos kilómetros de la capital, en un cerrillo conocido por "El cerro la coja". Existen varias versiones de cómo sucedió el enfrentamiento con las tropas fascistas, unos cuentan que fueron sorprendidos y otros que fue el resultado de una irresponsable actitud. Federico y sus compañeros suben a la aldea de Cerro Muriano ese fatídico día, se despliegan por el terreno y ocupan trincheras. No se puede pensar en un ejército preparado y con experiencia, no, se trataba de un puñado de hombres jóvenes con escopeta en mano y ajenos a lo que realmente era el enfrentamiento directo. Cosa contraria ofrecía el bando fascista, compuesto en su mayoría por mercenarios de las guerras de África, curtidos en mil batallas y sin escrúpulos de ningún tipo.

Ese día el general Varela inicia una ofensiva sobre la sierra de Córdoba y los habitantes de Cerro Muriano huyen de sus hogares buscando un refugio más seguro. En la hora de la siesta, una columna fascista de mercenarios marroquíes al mando del coronel Sáenz de Buruaga avanza en silencio por el flanco izquierdo del frente y en esos momentos los milicianos de Alcoy reciben una visita inesperada. Al menos tres coches de periodistas llegaron aquella tarde a Cerro Muriano y en uno de ellos iba Robert Capa y su novia Gerda Taro, también fotógrafa de guerra

La tarde estaba tranquila y Capa aprovecha para captar algunas instantáneas, toma algunas fotografías de milicianos en las trincheras y en posiciones de combate. Robert le pide que posen para él y los milicianos se prestan en distintas posiciones. Parece ser que estas fingidas maniobras atraen a los enemigos y es cuando Federico Borrell cae abatido. Capa se esconde en la trinchera desde donde disparó su cámara y otro miliciano con bigote, del que se desconoce la identidad, se agacha y recoge a Taino, lo introduce en la trinchera para protegerlo y al volver a por su fusil también es alcanzado por el fuego enemigo y por la cámara de Capa un minuto más tarde, ya fallecido. Los dos murieron aquella tarde en el intervalo de varios segundos, se desconoce dónde pueden estar enterrados los cuerpos de los dos milicianos de Alcoy pero se cree que pudieran encontrarse en el cementerio de Villaharta, el pueblo más cercano, donde los enterraban en una fosa común. Robert Capa no era consciente de la importancia de la fotografía cuando sucedían aquellos acontecimientos, minutos fatídicos que en el futuro se convertirían en cotidianos para él, después de trabajar en tantas guerras, conflictos armados que conocimos mejor a través de su objetivo.

Su verdadero nombre era Ernest Andreii Friedmann y nació en Budapest, Hungría, el 22 de octubre de 1913. Su familia, judía, bien posicionada económica y socialmente, estaba compuesta de una madre diseñadora de modas y de un padre intelectual pensador con influencias democráticas. La depresión de 1929 hizo que la familia perdiera la casa y las circunstancias le obligaron a vagabundear por las calles en su adolescencia. En estas andanzas conocería a la mujer que más influyó en su dedicación a la fotografía, Eva Besnyo, es muy probable que si no hubiera sido por ella su dedicación habría sido otra muy diferente. Ella y su especial gusto por la fotografía motivaron en el joven Ernest el interés y primer contacto con este arte.

Cuando el fascismo invade Hungría abandona su país y se dirige a Alemania y París, después vendría la guerra de España, la invasión japonesa de China, la segunda guerra mundial viajando por Italia, Londres, el norte de África, el desembarco de Normandía, la liberación de París y su galardón, premiado por este conflicto con la Medalla de la Libertad. En 1947 creó junto a otros fotógrafos la agencia Magnun Photos, donde Robert Capa realizó un importante trabajo, con personajes del mundo artístico, la política... y en diferentes conflictos bélicos.

En 1954, en Japón, visitando a unos amigos antes de la guerra, le llamaron de la revista Life para cubrir a otro compañero fotógrafo en Vietnam, durante la Primera Guerra de Indochina. En la madrugada del 25 de mayo pisó una mina y murió, mientras acompañaba al ejército francés en una expedición por zona boscosa. Sin duda el mejor corresponsal gráfico de guerra que tuvo el siglo XX y autor de una frase que se hizo popular: "Si tus fotos no son lo suficientemente buenas es que no te has acercado lo suficiente".









http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...