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lunes, 20 de octubre de 2008

La ciudad resurgida





Solo de pensar en la historia de esta ciudad que me acoge provisionalmente me pongo a temblar... no es una broma, realmente es para tomárselo muy en serio. Los dos últimos terremotos de importancia que han sacudido a Managua han dejado una pagina en su historia que no se puede arrancar, sería como eliminar sus datos más importantes, sobre todo el último, el de 1972.

Es un disfrute, un lujo, tener al historiador Jaime Incer Barquero para empaparse de la historia y cultura nicaragüense, la primera vez que en mis manos cayó un libro suyo fue una agradable sorpresa y un encuentro determinante para conocer los entresijos de esta cultura, resultado del crisol donde fundieron otras tan importantes como la Náhuatl, la chorotega o la venida de España, sí, ya se que a muchos no les simpatiza en demasía cuando se habla de colonizadores, pero por experiencia propia, como andaluz, pondré como ejemplo nuestra realidad. Hemos aprendido a rentabilizar todo lo que dejaron cuantos invasores pasaron por nuestra tierra a lo largo de los siglos. Los fenicios, romanos, árabes, castellanos aragoneses... de todo hemos sacado lo más relevante y gracias a esto Córdoba, por ejemplo, tiene un turismo de calidad, nada de playa, sombrilla y bocadillo de tortilla de patatas. En mi ciudad nos sentimos de orgullosos de tantos restos de culturas diferentes, es como decir que en vez de quejarnos todo el tiempo utilicemos la inteligencia y saquemos partido a todo lo que en un principio nos hizo daño.

Pero volviendo a Nicaragua y a su capital diré que aquí no quedan ruinas de antaño, de los colonizadores, ni siquiera un puñado de casas destartaladas de la colonización, pensar en la Managua anterior al 23 de diciembre de 1972 es soñar, imaginar, recordar. Aquel triste día previo a la navidad se llevó consigo todo lo anterior, la ciudad capitalina quedó destruida y aparte de algunos edificios solo quedó su ubicación y los sobrevivientes.
Cuenta Incer Barquero que Managua, mana agua en español, parece corresponder a su toponimia aborigen Mana-ahuac, "junto al agua" o "rodeada de agua", según unos u otros. De todas maneras el nombre hace alusión a sus primitivos pobladores, los que hace 8000 años pescaban y cazaban en Acahualinca, a las orillas pantanosas del lago Xolotlán

El lago y el cortejo de sus lagunas volcánicas eran el sentido por el que vivir en la sabana seca, el agua abundaba para pescar y también aprovechaban la humedad para cultivar a lo largo del año. Cuando mi paisano Francisco Hernandez de Córdoba conquistó Managua en 1524 tuvo que enfrentarse a veinte mil flecheros que se defendieron del invasor, eso dice de lo poblada que estaba la ciudad en aquellos tiempos, distribuidos sobre el terreno junto al lago en una sucesión de chozas y huertos hasta Tipitapa, donde residía el cacique.

Más tarde, en la época colonial, continuó siendo un lugar de pescadores y de transito entre León y Granada, donde se pernoctaba y se abastecía de víveres del pueblo. Morel de Santa Cruz, el obispo viajero, describía a la ciudad capitalina en el siglo XVIII, 1752, de esta manera: "Su situación es lo más alegre y deleitable que puede contemplarse; tiene a las orillas una laguna que a simple vista parece el mar. Los naturales de Managua tienen como regalía propia el ejercicio de la pesca en las riberas de su pueblo". Por ese tiempo la población de Managua rondaba los 4.000 habitantes, pero ascendió en importancia a partir de 1811, cuando fue nombrada de villa a pueblo y de pueblo a ciudad en 1846, y sobre todo en 1852 cuando fue declarada capital de la república. Este hecho, del que se benefició Managua, no fue por otro motivo que para dirimir salomonicamente la rivalidad que entre sí tenían las dos ciudades más importantes hasta entonces, León y Granada, rivalidad en la pretensión de ejercer la principal hegemonía política del país.

Pero si tenemos que buscar un responsable en el verdadero desarrollo de la ciudad este, sin duda, es el General José Santos Zelaya, natural de Managua, quien modernizó la ciudad y las instituciones del estado. Desde entonces la ciudad siguió creciendo junto al lago, sentido de la existencia de la ciudad, la pesca continuó y los managuas mantenían la costumbre de bañarse en sus aguas cristalinas y saludables, hasta que en 1927 se construyeron las primeras alcantarillas en dirección al lago, se aprovechó la pendiente natural para desembocar en él y el error lo acabó convirtiendo en una cloaca.

El primer terremoto no fue más que una antesala del que vendría años después, pero con su propio protagonismo, no quedaría en segundo plano sino fuera porque el siguiente lo superaría con creces. El martes Santo de 1931, el 31 de marzo a las 10 y 23 minutos, Managua fue sacudida por un temblor que destruyó casi toda de la ciudad, solo quedaron en pie la Casa Pellas, el Club Social, el Palacio del ayuntamiento, la Casa Presidencial de la Loma Tiscapa, el armazón de hierro de la Catedral, iniciada tres años antes y algunas casas particulares. El resto de la ciudad quedó destruida. Más de 1.000 personas murieron y otras tantas quedaron golpeadas o discapacitadas para el resto de sus vidas.

Parece que esta ciudad nació para destruirse y volver a levantarse, porque no solo fueron terremotos, también en 1876 se destruyó el centro de Managua, en esta ocasión fueron unos aluviones de agua los causantes de tal destrozo. En este tema no se acabó el peligro, la deforestación en la parte sur del lago Xolotlán, o Managua, mantiene expuesta a la ciudad al peligro que suponen los aluviones producidos por la lluvia. Pero volviendo a su vulnerabilidad más pronunciada, los sismos, hay que anotar que como el ave fénix se levantó de sus propias cenizas y de la nada se convirtió en la ciudad más dinámica de los 60, era la envidia de cualquier ciudad centroamericana, sus avenidas y calles importantes eran un hervidero de gentes que paseaban, compraban, y daban a Managua un aire de ciudad moderna, tanto de día como en la noche, donde sus salas de fiestas y teatros la convirtieron en única. Cada vez que oigo hablar de aquella ciudad me parece que se exagera, pero todos coinciden en el dinamismo y modernidad de entonces.

Pero como parece que la historia de Managua no se escribe sino con fechas tan importantes como fatídicas, el 23 de diciembre, vísperas de navidad, otra vez fecha cristiana importante, el suelo tembló de nuevo y en esta ocasión la crueldad de la naturaleza fue desmesurada. El sismo de magnitud 6.5 en la escala Richter, a las 12, 35 de la mañana, y seguido de otras dos replicas casi una hora después del primer temblor, dejó cerca de 10.000 muertos y 20.000 heridos. El 90% de las edificaciones se desmoronaron y el centro de la ciudad desapareció de un plumazo, las casas que no cayeron del todo tuvieron que ser derruidas por el peligro que suponían mantenerlas en pie y el fuego se adueñó de todo lo inflamable.
Familias enteras sucumbieron ante la tragedia y no hubo ninguna que escapara a las garras de la naturaleza que, como ofrenda obligada a la madre tierra, se cobró alguno de sus miembros.

El tiempo pasa y esta ciudad, que se acostumbró a vivir con el recuerdo, se volvió a levantar, a resurgir de nuevo, aunque el centro de la ciudad no se sabe muy bien donde se ubica, ni las calles tienen nombre propio, "dos cuadras arriba del Club Social", "tres cuadras al norte de la Casa Pellas", siempre una referencia de otros tiempos, a veces pienso que se trata de una manera de no perder el tiempo para que de nuevo la naturaleza destroce todo lo nombrado, resaltado o ubicado. Pero también pudiera ser que los managuas jugasen al despiste, como engañando, ocultando a la madre tierra donde se ubica su centro de la ciudad, quizás de esta manera, no conociendo el lugar exacto, la tierra no vuelva a temblar de nuevo bajo sus pies.






http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

martes, 19 de agosto de 2008

La Radio, compañera de mis horas.

No podría decir cuando escuché la radio por primera vez, pero apostaría que fue uno de los primeros sonidos que recibí en este mundo y que me han acompañado a lo largo de todos estos años. La banda sonora de mi vida. Tampoco sé cual de los cinco sentidos se desarrolla antes, pero, sin duda, el oído es uno de los primeros, junto con el gusto y quizás el olfato, aunque esta reflexión es una suposición mía sin ningún dato científico contrastado y sin garantías de certeza.

Existen sabores, sonidos, objetos que identificamos en nuestra memoria como los primeros y para mí, antes de cualquier otro, están los blancos barrotes de la cuna y la radio, que atraía toda mi atención, ni sonajero, ni chupete, ni nada, la radio como instrumento maravilloso que emitía sonidos atrayentes, sin entender su mensaje pero con un poder de persuasión capaz de cambiar mi estado de ánimo. La recuerdo sobre una repisa del comedor con blanco pañito de encaje y otro de ganchillo sobre ella, cuidada y expuesta como una pieza de valor y a la que, aparte de que no podía acceder a ella, estaba prohibido manipular, con el riesgo que suponía el aparato sonoro en manos de un niño.

Siempre asociada a tareas cotidianas, a fechas y sucesos familiares, nacionales e internacionales. Pensar en la radio de aquellos días es hacerlo con imaginación, las radionovelas narradas dejaban unos escenarios imaginarios y a los personajes narrados paseándose por ellos, mientras mi madre planchaba, cosía, zurcía, o simplemente suspiraba meciéndose en la mecedora, entre los rayos de luz que penetraban por entre las juguetonas cortinas que cerraban el paso a la flama, producida por el sol en las tórridas tardes del verano. Escenas que siempre iban ligadas a dos nombres, los de Teófilo Martínez y Guillermo Sautier Casaseca, que cada tarde escuchaba nombrar hasta quedar grabados en mi memoria para siempre.

Pero la Radio no sólo emitía las novelas narradas, era el instrumento de entretenimiento y por supuesto de información, "el Parte", como se le llamaban a las noticias, era pura propaganda del régimen y casi nada de lo emitido se podía creer. En la hora del almuerzo, en la que el silencio se instalaba en el comedor de la casa por unos minutos, mi padre, atento al noticiero, movía la cabeza en desacuerdo al tiempo que se llevaba la cuchara a la boca. En cambio, a la noche, cambiaba el receptor a otra habitación al fondo del patio, para que no se escuchara la emisión de Radio Pirenaica, a la que era asiduo, y su recuerdo es con la oreja pegada al receptor y , ahora sí, con la expresión de compartir lo emitido.

Son muchos los momentos y sensaciones que la Radio dejó en los archivos de mi memoria, la Lotería de Navidad, los partidos de fútbol de los domingos, la música clásica de Semana Santa... Pero si hay una noticia significativa que me dejó marcado, y reflexivo por un tiempo, fue el terremoto de Managua, el 23 de diciembre de 1972, que destruyó el centro de la ciudad y dejó aproximadamente 10.000 muertos y 20.000 heridos. Sin duda es un suceso que deja sentado en el suelo y con el dedo en la boca al más pintado, al más banal de los mortales, y a mí particularmente me mostró que en esta vida, como se suele decir, "no somos nadie".

Todos los sonidos producidos por aquel entrañable aparato, que mi padre mandó arreglar años después de que se averiara, y que la muerte de mi abuelo no permitiera conectarlo hasta mucho tiempo después y de dar por terminado el luto, forman parte de la banda sonora de mis días y aún hoy me sigue acompañando este invento en mis quehaceres, en el trabajo, en el descanso e incluso en las horas de insomnio.

 
Las enciclopedias nos dicen que Fue Guillermo Marconi el que puso en funcionamiento la primera estación de Radio en 1897, en Londres, pero un año antes algunos países como Francia y Rusia rechazaron reconocer la patente del italiano, refiriéndose a las publicaciones de Alejandro Stepánovich Popov, que en 1895 había presentado un receptor capaz de detectar ondas electromagnéticas. Son varios nombres a los que se le atribuyen ser el padre de dicho invento, John Ambrose Fleming, Lee de Forest, Fesseden o David Sarnoff. Pero aquí no queda la cosa, resulta que ahora un profesor de la Universidad de Navarra, Ángel Faus, afirma en un libro, que ha visto la luz recientemente, que fue un español el que inventó la Radio, Julio Cervera Baviera.

Según el profesor Faus y aportado por la Universidad de Navarra, "Marconi inventó la telegrafía sin hilos y demostró su eficacia en diciembre de 1901, pero no trabajó en la Radio hasta 1913, tal y como señala él mismo en un documento de la época. Fue el comandante Cervera, que colaboró con Marconi y su ayudante George Kemp en 1899, quien resolvió las dificultades de la telefonía sin hilos y obtuvo sus primeras patentes antes de que terminara ese año. El 22 de marzo de 1902 constituyó la Sociedad Anónima Española de Telegrafía y Telefónica sin hilos ante el notario de Madrid Don Antonio Turón y Bosca, que dispone de los planos y patente del inventor español". Julio Cervera aportó a la sociedad sus patentes para la radiotelefonía sin hilos obtenidas a su nombre en España, Bélgica, Alemania e Inglaterra. "Las inglesas son especialmente significativas, ya que se consiguieron sin la oposición de Marconi y su entorno empresarial, lo que indica que se trata de un sistema distinto".

Después de estas palabras y de donde provienen no cabe más que apoyar la tesis del Profesor Faus, aunque esto ponga en relieve que Marconi bien pudiera ser injustamente catalogado como inventor de la Radio, que no sería el único, pues ya está Edison y la bombilla que lo antecede algunos años antes. Sea cierto o no, lo importante es el invento en sí, lo que significa para la humanidad, para la soledad de sus vidas, de su información, del conocimiento, del disfrute y de lo agradable y llevadera que siempre se nos hace la vida cuando tenemos cerca un aparato receptor.


Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...