miércoles, 12 de noviembre de 2008

No se me raje mi compa


La larga lista de guerrilleros a lo largo de la historia es interminable, esto dice de los conflictos, surgidos de cuantos estados, países o naciones alimentaron y parieron a un tirano, dictadores, que como hijos indecentes se tornan alimañas a la postre y que ni siquiera respetan a quien lo alimentó, su pueblo. No solo los dictadores son la causa por la que se alzan las guerrillas, existen otros motivos, pero en el tema que me ocupa, un dictador fue la causa de que ante el mundo un religioso jesuita tomara el fusil junto a la cruz como herramienta necesaria, complementaria. Hasta el último momento fue en contra de la violencia, pero entendió que las armas eran el único camino para librarse de las ataduras, de la represión, de las injusticias del Dictador Somoza contra su pueblo.
El comandante Martín es un personaje excepcional en la historia de Nicaragua y de España, porque como bien saben cuantos de él algo conocen, era asturiano. Soy de los que piensan que cada uno nacemos con unas características diferentes, no todos servimos para el mismo fin ni desempeñamos las tareas de la misma manera. Tampoco quiero decir con esto que nadie sea superior al llegar al mundo, simplemente diferentes. Mucha culpa de las cualidades de cada uno radican en el entorno, familiar, social ... y el terreno por donde nació, creció y murió, siempre estuvo abonado para desarrollar su especial forma de ver la vida, su potencial humano. Que se decidiera por la religión no es sinónimo de que fuera buena persona, los hay con sotana que no son peores personas porque no pueden, porque su naturaleza no se lo permite, pero sí es verdad que la inocencia y la buena predisposición siempre ve en la iglesia un vehículo idóneo para sentirse útil hacia los más pobres, necesitados o represaliados. Lo digo por experiencia, de niño, adolescente, hasta bien entrado en la mayoría de edad, veía a la iglesia con muy buenos ojos, otra cosa es al pasar el tiempo y comprobar la realidad. No digo con esto que Gaspar García se arrepintiera de pertenecer a los jesuitas, todo lo contrario, su fe en dios y sus creencias continuaron intactas, diferente fue su manera de actuar ante la injusticia.

Como apuntaba anteriormente le tocó vivir en un contenido, entorno, donde la injusticia se había instalado para quedarse por muchos años y las condicionantes rodeadas de una posguerra civil, en la que la dictadura fascista de Franco aún luchaba contra los guerrilleros en los montes asturianos. Este fue el escenario de su niñez, hambre, miseria, represión e iglesia inquisitiva, el Nuevo Nacional Catolicismo era cruel, al estilo de la inquisición de Torquemada, el mismo que sufrieron a éste y al otro lado del Atlántico en el siglo XVI, solo que en vez de quemar a los ciudadanos en las calles los sacaban de sus casas en la noche, o en el día, y los fusilaban, ¿por qué? Por no compartir ideales, por antipático o simplemente como víctima obligada, esto es porque era la manera de arrebatarle las posesiones legalmente, los asesinaban y se quedaban con sus propiedades. Al estilo de mis antepasados en América, sin escrúpulos, sin sentimiento de ningún tipo, matar y robar, esa era la cuestión.
Los Maquis, o guerrilleros españoles, se les atragantaron a la dictadura franquista más de una década, por toda España, y por supuesto también en la provincia asturiana, de reconocida ideología progresista, de izquierdas. A penas tenían armas, municiones, comida... escondidos en cuevas y huyendo de un lado para otro de la montaña continuamente. Solo el apoyo de las gentes de los pueblos cercanos era su avituallamiento, la única ayuda y con el peligro de que expusieran sus vidas a cambio. Asturias es reconocida por su valor, por su lucha contra la dictadura y Gaspar creció en ese ambiente. Anterior a la guerra, y la república efímera, existían en España unas condiciones muy parecidas a las que Somoza tenía sometida a Nicaragua, analfabetismo, miseria, el campesino tratado como esclavo por los terratenientes y la tierra en manos de unos pocos, mientras el pueblo sufría y moría de hambre, miseria, fue por ese motivo por lo que surgió la república, el alzamiento del pueblo contra la opresión, pero no dejaron los poderosos que rompieran sus ataduras, comenzó una guerra cruel auspiciada y apadrinada por Hitler y Musolini.

En los años cincuenta y sesenta surgió en España, concretamente y con más fuerza en las grandes ciudades, el movimiento de los Curas Obreros, una nueva generación unidos a sacerdotes con un punto de vista más social que político y que fueron apoyo de los más débiles de la sociedad. Al contrario que sus compañeros, la mayoría, que se aprovechaban de sus hábitos para enriquecerse y relacionarse socialmente con las altas esferas sociales de cada pueblo o ciudad, alcaldes y concejales, policías y militares. El hambre y la miseria de otras provincias españolas provocaron una avalancha emigratoria como no se conocía hasta entonces, familias enteras dejaron sus pueblos y se marcharon a Madrid y Barcelona, entre otras ciudades importantes. Esto produjo de todo, desde la necesidad de barrios enteros donde acoger a tantos desplazados hasta la oferta de mano de obra. Nacieron ciudades enteras a la linde de las ya establecidas y con ellos también acudieron religiosos de otros puntos de España, que no solo ayudaban a los pobres que no encontraban alojamiento, comida, necesidades mínimas, sino que también algunas iglesias se convirtieron en cuarteles generales de luchas sociales.
Esto causó recelo por parte de la dictadura, de sus gobernantes, que comenzaron a incluir en sus listas de "rojos", comunistas, a estos curas obreros que lo hacían en la construcción de edificios, de fontaneros, carpinteros... como fue el caso de Gaspar García. No estaba bien visto que la iglesia, algunos curas, acogieran en sus iglesias reuniones de sindicalistas en la oposición, en la clandestinidad y llegara a representar un verdadero peligro social al estado, en unos tiempos en los que la sociedad se liberaba de ataduras, en cierto modo ayudada y por la obligada apertura política, muy suave, que exigían los turistas, ingresos importantísimos que no podía rechazar el dictador con malos modos, con la represión.

En 1969 se marchó a Tola, a los 32 años de edad, había nacido en Les Roces, en San Martín del Rey Aurelio, en el principado de Asturias. Allí se fue de misionero, voluntariamente, con los campesinos y con los más necesitados, sus contactos primarios comenzaron visitando a enfermos, contactando con la realidad social y poco apoco implicándose en la situación política. No era su actitud la de otro religioso más, sus intenciones frustradas de enseñar al campesino técnicas en la labranza y encontrarse con que de nada servían porque las tierras pertenecían a otros, por lo que sus intentos quedaban en saco roto, fue fraguando su inconformismo ante la injusticia. Alzó la voz crítica en muchas ocasiones y entre las primeras estaban la necesidad de médicos y medios para atender a los campesinos, y contra la práctica de secuestro, de muchachas jóvenes que terminaban en la prostitución y que el régimen de Somoza toleraba y amparaba por medio de sus militares.

Gaspar García Laviana era seguidor y compartía el significado de la Teología de la Liberación, con la que sentía identificado, hombre de una humanidad admirable, identificado con el pueblo, con los campesinos y que sufría las injusticias como en carne propia. Tras cuatro años viviendo esta realidad que encontró decidió ingresar en las filas del FSLN, Frente Sandinista de Liberación Nacional. Entre el contenido que leyó a sus feligreses en la carta-testamento explicando su decisión están estas palabras: "donde el hambre y la sed de justicia el pueblo oprimido reclama, más que el consuelo de las palabras, el consuelo de la acción". En el tiempo que vivió en San Juan del Sur, pudo comprobar la injusticia, la explotación de los campesinos, abusos que le llevaron a tomar el camino de la guerrilla: "he sido testigo del inmundo trafico carnal al que someten a las jóvenes humildes, entregadas a la prostitución por los poderosos; y he tocado con mis manos la vileza, el escarnio, el engaño, el latrocinio representado por el dominio de la familia Somoza en el poder".

Su sensibilidad le llevó a escribir algunos poemas y cuentos, que fueron publicados por el gobierno sandinista cuando subió al poder, en estos escritos se ve el potencial revolucionario que en adelante le llevarían a formar parte del FSLN: "Un día me di cuenta de que yo era un servidor más de la tiranía somocista". Fueron tres años en los que colaboró sin reservas en la clandestinidad y a finales de 1977 consigue escapar, pasar a Guatemala, de la Guardia Nacional. Regresa a España y aquí expone sus intenciones, sus ideas, a sus superiores de la Orden del Sagrado Corazón de Jesús. Nadie le contradijo ni nadie trató de persuadirle, de que volviera a la parroquia, fue tan fuerte su convicción que todos aceptaron sus propósitos, la de ingresar en la guerrilla, como soldado del Frente Sandinista, aunque alguno discrepó políticamente con él, lógico en un país gobernado por fascista, y también quien le propuso abandonar hábitos ante la nueva decisión.

En la navidad de 1977 ingresa en las filas de la guerrilla y eligió el nombre de Martín, su vida en la guerrilla estaba llena de buenos momentos y una vez dijo al respecto: "aquí he encontrado a los grandes amigos del alma". Gaspar consiguió ganarse el respeto y el cariño de todos sus compañeros y fue nombrado comandante, lo que dice mucho del adiestramiento y las condiciones militares para la guerrilla. Cuando contaba 37 años y al mando de una de las columnas que luchaba en la zona sur del país, "Benjamín Zeledón", la radio Sandinista anunció, el 11 de noviembre de 1978: Hermanos, les quiero comunicar una noticia dolorosa, el Comandante Martín, Gaspar García Laviana, el cura sandinista cayó en combate hace unas pocas horas, sin embargo no es el momento de llorar. Hoy más que nunca tenemos que seguir el ejemplo heroico de nuestros mártires. Adelante compañeros.

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

domingo, 9 de noviembre de 2008

El cantor de Somoto

Las partidas para promocionar un país, o nación, ocupan un apartado relevante, es necesario, casi obligatorio, promocionar los encantos nacionales para venderlos. De ello dependen muchos puestos de trabajo, muchos ingresos, que se sumarán a lo presupuestado y que no es otra cosa que lo que representa en inversión para el progreso. Esta comparación, casi infantil que me viene al pensamiento, es como si de un negocio familiar se tratara, para que la familia progrese es necesaria la aportación de todos sus miembros, sacar partido a las cualidades y condiciones mejores de cada uno, sumado a los recursos propios. Un negocio, al nivel que se tercie, anda mejor respaldado por una buena publicidad, hasta el punto que solo la publicidad puede convertir una ruinosa empresa comercial en una estupenda, fantástica, compañía empresarial. Diría que es casi más importante cómo se vende que el producto comercial en sí.

Para eso están los comerciales, los publicistas, los propios vendedores, los que ponen en valor los productos, los que invaden los mercados y consiguen que todo el mundo los conozca. Hay un refrán... Sí otro, que es bastante conocido, supongo que también por tierras pinoleras. Este refrán dice: "Cría fama y échate a dormir". Una vez que se conoce el producto, y encima es aceptado, se tiene mucho ganado. Sólo hay que esperar al cliente, al comprador, lo difícil ya se superó, ya se conquistó el mercado y a partir de ahí todo es mucho más fácil. Por eso contar con un buen vendedor es tan importante, o más, que presumir de producto, mejor aún si lo que se vende es buena calidad, entonces la competencia no debe de asustar, ni siquiera luchar porque elijan a otro producto similar, tan solo es necesario no "dormirse en los laureles" y no perder el tren del progreso.

Las riendas de un país no son muy diferentes a las de un negocio comercial, por supuesto que mucho más complejo, gobernar una nación no es vender tortillas de maíz en el mercado, pero sí tiene mucha relación entre sí, es vender las mejores tortillas, la mejor calidad, al mejor precio y la manera de venderlas, con alegría, simpatía, la atención al cliente es fundamental.

Posiblemente estarán pensando que les voy a contar un rollo maquiavélico, relacionado con vender y comprar, que no se lo salta un galgo, es muy probable que así sea, pero en todo caso no se tratará de vender tortillas en el mercado. En este mundo en el que todo se compra y se vende, y que dependemos tanto de las relaciones comerciales, no podemos olvidarnos de los que llevan con honor, con dignidad, el nombre de nuestros países a cualquier parte del mundo y que, con su trabajo, con lo que mejor saben hacer, publicitan y promocionan el nombre de nuestras patrias mejor que nadie. Son la viva imagen de nuestros pueblos y en ocasiones se convierten en la bandera que nos representa. Estos embajadores no están pagados con nada, su precio es incalculable y nunca se le está lo suficientemente reconocido.

Nicaragua no tiene, ni tuvo, y difícilmente lo tendrá, un embajador como Carlos Mejía Godoy. No todos los pueblos tiene la suerte de contar con un representante del calibre de este cantautor que con su música ha llenado el corazón de tantas personas en el mundo, de los que nos comunicamos con la misma herramienta y de los que no. La herramienta del idioma es la llave para entrar y entender mejor la manera de ser de un pueblo, pero la música, la música no tiene barreras, es un idioma universal que se puede entender en cualquier rincón del planeta sin la necesidad de conocer un idioma determinado. Para unos y para otros, para los hispano parlantes y para los que no, Carlos Mejía Godoy ha sido y es el icono, el símbolo que se ha parado sobre la situación en el mapa, no sólo geográficamente. Las canciones de Carlos son el pueblo mismo, su historia, sus costumbres, la manera de ser de los nicaragüenses se proyecta en su figura que con dignidad, respeto y calidad artística ha dejado satisfecho y emocionado a cuantos hemos disfrutado de sus canciones, por el sentir y la forma de enfrentarse al mundo y a los acontecimientos el pueblo de Nicaragua.

Sería injusto no hacer mención de su hermano menor Luis Enrique, pero reconociendo su valor y aportación a la música y folclore nicaragüense, no es el caso o tema que me trae hoy. Con todos mis respetos, Carlos es una de las figuras más importantes que vieron la luz en Nicaragua, pero no sólo en el país centroamericano, para toda la música latina representa una de sus máximas figuras, un exponente imprescindible para entender lo que representa el folclore en la cultura Latinoamericana. La carrera artística de Carlos no se limita a crear unas hermosas canciones, con un no menos hermoso mensaje. Detrás de cada acorde, de cada estrofa, vive una cultura, un estudio pueblo a pueblo, rincón a rincón de Nicaragua. La nueva canción latinoamericana, los nuevos cantautores, tienen en este noble nicaragüense la claqueta que marca sus ritmos, la poesía que guía la expresión musicada, Mejía Godoy es el padre de la nueva canción de cantautor en todo el continente. Nadie como él ha sabido transmitir los sentimientos, la manera de ser de su pueblo, le ha cantado a la vida, al amor, a la guerra, a la revolución, a la injusticia, a la sin razón y a lo cotidiano, a la muerte y a lo heroico... Tampoco se entendería la revolución sandinista sin su aportación, es el trovador de la historia contemporánea de Nicaragua, pero además nos ha mostrado, nos ha enseñado todo lo que atesora la patria de Sandino.

Mi adolescencia queda más lejos de lo que desearía pero más cercana de lo que aparenta, parece que fue ayer cuando sonaba por todas las radios y televisiones del país, de España, sin excepción, aquella simpática canción, "son tus perfúmenes mujer", interpretada por los no menos simpáticos, Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina. La imagen de sus componentes vestidos a lo popular nos parecía, como poco, exótico. Sus cotonas coloristas y sombreros no eran los ponchos u otros atuendos folclóricos de Sudamérica acostumbrados a ver. Su alegre melodía y la manera de ponerla en escena era un soplo de aire fresco, recién salíamos de una cruel dictadura, la de Franco, y los representantes nicaragüenses nos animaron, nos alegraron la existencia con su alegre y simpática canción.

Lo normal, lo que cabía de esperar, es que pasado ese éxito pasajero nunca más se volviera a escuchar, ni siquiera oír hablar del tipo del acordeón y los de, supuestamente, aquel pueblo con nombre tan extraño y a la vez simpático, Palacagüina. Pero nos sorprendieron de nuevo, con María de los Guardias, Clodomiro el ñajo, con la Misa Campesina Nicaragüense, de la que hicieron versiones hasta las palomas de los parques. Había algo más detrás de aquellas melodías alegres, el contenido de su poesía poco a poco nos hizo descubrirnos ante ella, la humanidad de sus temas y lo que representaba nos destapó para nuestro regocijo la cultura de Nicaragua, una extraña y desconocida hasta entonces, para un pueblo que salía al exterior, que habría las ventanas para airear el país, que olía a rancio de tantos años en la represión política y social.

El último escalafón para conquistar nuestras simpatías y nuestros corazones, hasta el del último de los españolitos, fue Quincho Barrilete, canción ganadora del festival de la OTI en 1977, conocer la historia de aquel niño, de aquel personaje que parecía salido de la imaginación pero que personalizaba a muchos niños de la maltratada Nicaragua, nos hizo identificarnos y llenarnos de orgullo que alguien cantara al mundo la entereza de un niño, que nos daba ejemplo con su actitud, para enfrentarnos a las vicisitudes de la vida.

Quincho Barrilete se podría llamar realmente Luis Alfonso Velásquez, de 9 años, luchaba contra la dictadura de Somoza como otro ciudadano más, tomaba escuelas e iglesias junto a sus compañeros de clase y a esa edad tomó un día los micrófonos durante un congreso estudiantil. Existe un vídeo, donde sus palabras se recogen grabadas y que dice así: "Compañeros, ya es tiempo de despertar, podemos ver a los niños campesinos durmiendo en sus tapesquitos de madera y comiendo tortilla con sal; por eso les hablo para que haya una patria libre. ¡Patria libre o morir!" Ni que decir que esto fue suficiente motivo para convertirse en blanco de la Guardia Nacional, de los paramilitares somocistas que, días después, al salir de una reunión clandestina, un franco tirador le disparó en la cabeza y un jeep de la guardia le pasó por encima de su fragil cuerpo. A sus 9 años de edad.

Carlos Mejía Godoy, que nació en Somoto, departamento de Madriz, el 27 de junio de 1943. Hijo de un músico popular, constructor de marimbas, y de una maestra de escuela y artesana del pan, Carlos y María. Es la mejor enciclopedia que puedan comprar, sus canciones enseñan más de Nicaragua, de sus costumbres, su cultura e historia reciente, que cualquier libro nicaragüense contemporáneo, es la voz pinolera, es el pueblo con un acordeón en sus manos y una guitarra descansando junto a la marimba.

Nadie, ningún político, con o sin aires dictatoriales, como es el caso de Daniel Ortega, podrá nunca ensuciar su nombre ni trayectoria, porque los representantes que elige el pueblo con su cariño y los convierte en su bandera, como es el caso de Carlos Mejía Godoy, nadie los puede derribar de su pedestal, salvo el mismo pueblo. Todo lo contrario sería agrandar su leyenda, airear más la bandera de Nicaragua, la misma que nos enseñó a respetar con sus canciones cuando el hoy presidente del país estaba preso por robar bancos a mano armada, y todavía no conocía el significado de lo que representaba el cantor de Somoto, el de un digno y noble país.









http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

viernes, 7 de noviembre de 2008

Lugar de Enramadas


Nicaragua es algo más grande en territorio que Andalucía, y quizás también si añadimos Extremadura, pero no por eso, por ser un país pequeño, el más extenso de Centroamérica, deja de ser una tierra de contrastes. Entre la costa atlántica y la del Pacifico existen departamentos, ciudades, pueblos, con su cultura diferente e idiosincrasia propia que, como en el sur de España, también podemos disfrutar de su diversidad, de su variedad cultural, de lo que nos ofrece en poca distancia de recorrido. Nada tiene que ver, aunque forman parte del mismo país, el RAAN con Chinandega, ni Córdoba con Mérida o Badajoz, teniendo en cuenta su cercanía. Sin embargo existen costumbres que, a pesar de la distancia, nos unen y nos hacen sentirnos en nuestra propia casa, independientemente de la calidez en el trato recibido.

Seguramente, si les digo que en Chinandega me sentí como cuarenta años atrás en mi Córdoba natal, en Alcolea, cuando a finales de los años sesenta yo era un niño que correteaba las calles terrizas en pantalón corto y con las rodillas rasguñadas por el juego, no me creerían. Parece que el tiempo y las costumbres nunca podrían concurrir en la similitud de situaciones y vivencias, pero por increíble que parezca así es.

Hoy no tanto, las ciudades son un obstáculo para las relaciones sociales con los más próximos, los insociables edificios que crecen hacia arriba son una barrera para la comunicación, para las relaciones vecinales. Lejos de resultar lo contrario, las viviendas unifamiliares que alejan horizontalmente más a los vecinos, que los edificios verticales, se acercan y relacionan en mayor medida por el espacio compartido. En un edificio de treinta o cuarenta viviendas apenas si queda espacio real para encontrarse, comunicarse, es frecuente no conocer a tu vecino después de años viviendo en el piso o apartamento de al lado, a no ser que se suponga por coincidir varias veces en el ascensor. En cambio, las unifamiliares, la calle, ofrece otros condicionantes para las relaciones sociales, la calle no es un rellano de la planta de no más de cuatro metros cuadrados en el mayor de los casos, la calle es la sala de encuentro del vecindario, donde cada día los vecinos coinciden a menudo, donde los niños juegan, donde las amas de casa se cuentan sus cotidianeidades a fuerza de la confianza que da el encuentro de cada jornada.

Como Córdoba en España, la ciudad o provincia más calurosa, en Chinandega de igual manera los termómetros es donde más suben, el mercurio no se dispara marcando grados como lo hace en la ciudad andaluza, en agosto se llegan a superar los 45º, pero aún así, el calor, o la calor, como acostumbramos a llamarla, invita a sacar las mecedoras y sillas a las puertas de las casas, a tomar el fresco después de que la tarde se despide y las estrellas, tímidas, comienzan a mostrarse en un cielo oscuro, profundo, que realzan los destellos luminosos sin luces artificiales que les roben protagonismo.

Es curioso comprobar como las ventajas del aire acondicionado también llevan añadidos los efectos secundarios, no me refiero a un resfriado o enfriamiento sino a las relaciones sociales, cerramos las puertas para que no se escape el aire frío y a la vez le cortamos la entrada a la comunicación con los demás. Decididamente este mundo es egoísta, somos egoístas, siempre buscamos el bienestar personal sin tener en cuenta lo que vamos dejando por el camino, como pago por ese bienestar egoísta.

Pero no quiero perderme por otros derroteros, contaba de los que nos une, de las costumbres andaluzas y nicaragüenses, porque aunque sea Chinandega el epicentro de este artículo, también en el resto del país he podido comprobar lo que traigo entre estas líneas. Los vecinos le sacan lo mejor a las primeras horas de la noche conversando, dialogando, de lo vivido cada uno, de sus familias, del vecindario, de lo que acontece en el país, de experiencias, de necesidades, de alegrías... mientras los niños juegan, corretean por las calles, algunas terrizas, con las rodillas rasguñadas por el juego. Todavía es cotidiano y costumbre en verano ver en los pueblos andaluces las reuniones de vecinos, con las puertas abiertas de par en par, con la confianza plena, que entran y que salen como si de una gran comunidad familiar se tratara. Definitivamente la calle es punto de encuentro, nos une, nos hace la vida más placentera. No así en las ciudades del mundo rico ó con grandes edificios y aire acondicionado.

Otras costumbres, no compartidas pero agradables y enriquecedoras, son las fritangas que los vecinos plantan en cualquier lugar concurrido, puestos de comida tradicional que cada noche, al atardecer, venden y que las hacen amas de casa, no son negocios comerciales constituidos como tales, es la cocina de cada chinandegana, lo mejor de su recetario, especialidades de cada cual con limitación en la variedad. Unos venden tacos, otros costillas asadas, enchiladas, chancho horneado, manuelitas, lengua, maduros fritos, gallina rellena, torta de carne... es un placer caminar por entre las calles tomando cuanto ofrecen y acompañado de un fresco de guayaba, jamaica o cualquier otra fruta o té, entre este mundo único, diferente a lo que estamos acostumbrados en España, en Europa, sitios cerrados, incomunicados, independientes del resto de los mortales, ajenos a los que se mueven a nuestro alrededor.

Cualquiera podría imaginar que Chinandega es un pueblecito pequeño, con costumbres ancestrales y que conservan porque el "mundo civilizado" aún no ha llamado a su puerta, están equivocados si piensan de esa manera. Chinandega es cabecera departamental, una de las ciudades, de los departamentos ó provincias, con mayores perspectivas de futuro, con más de cuatrocientos mil habitantes y en un punto geográfico envidiable. Frontera con Honduras, con el puerto comercial más importante de Nicaragua, Puerto Corinto, en el Pacifico, a una treintena de kilómetros, atravesada por la carretera Panamericana y rodeada de importantes atractivos turísticos.

Sus playas de aguas cristalinas, pueblos históricos, esteros rodeados por bosques de manglares, sus volcanes Chonco, Casitas y, el mayor de todos los nicaragüenses, el San Cristóbal, con 1.745 metros de altura. Es zona comercial por excelencia y eso lo demuestra la implantación de nuevas empresas multinacionales dedicadas a la distribución en su suelo. Su banano, maní, ajonjolí, nuez de marañón, caña de azúcar... el mejor ron de Centroamérica. Chinandega es parte importante del futuro del país, es fundamental en el desarrollo del presente nicaragüense; y es pasado, historia, cultura, es uno de los cimientos sobre los que se levanta la Nicaragua de hoy y sin su concurso no se entiende el porvenir de este pueblo pinolero.

Podría hablar, escribir, sobre sus iglesias, que no sea creyente no quiere decir que no me atraigan los tesoros arquitectónicos, culturales, que encierran los templos religiosos, y que no se encuentran en otros lugares alejados de la fe. De todos es sabido que, en otros tiempos, solo la iglesia tenía poder económico para llevar a cabo estos edificios y lo que encierran, pero su función no era otra que la de impresionar, los seres humanos somos muy vulnerables, la mejor manera de intimidarnos es haciéndonos sentir inferiores, poca cosa. Era como los reyes y señores feudales, entrar a su palacio, o castillo, y ver las riquezas que mostraban daba una idea del poder que atesoraban.

Mencionaré tres, la de Guadalupe, el Calvario, y por supuesto la de Santa Ana. Neoclásicas, coloniales, la Iglesia de Santa Ana es una joya arquitectónica, nunca pensé que me pudiera impresionar tanto, con su artesonado de madera pintado, decorado, en oro sobre blanco y púlpito en madera maciza, tallada, una verdadera obra de arte, donde destaca el altar mayor con su retablo de tres cuerpos, en azul y oro.

Este lugar, como tantos de Chinandega, tiene un peso especifico en la historia de Nicaragua, fue aquí, primitivo centro cristiano de la ciudad, y que se remonta a la misión que menciona el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, en 1530, año en el que visitó el lugar y trató con el cacique Agateyte, donde se bautizó, tal vez el primero, antes que sus compañeros de tribu. Pero esto quizás forme parte de otro artículo, el de los indígenas y su manera de ver la vida en la antigua Chinantlan, en lengua Náhuatl ó Nahoa, que significa Chinan, cobertizo ó bajareque provisional de la partícula indicativa de lugar Tlan. Chinandega quiere decir "Habitaciones Provisionales" o "Lugar de Enramadas".








http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

miércoles, 5 de noviembre de 2008

El diario de Llewellin Penrose


Desde que decidí escribir esta serie de artículos, todos relacionados con Nicaragua, y para regocijo de mi ignorancia, no hago nada más que descubrir personajes, lugares, hechos, que me sorprenden, me absorben y me atraen hasta el punto de encandilarme y dejarme fascinado. No es que pensara que esta tierra de lagos y volcanes estaba vacía, inhabida de historia o falta de cultura, no es eso, es mi desconocimiento ante tanto como descubro y que me parece tan interesante, más aún para un españolito ignorante que se siente atraído por tanto como se cruza por mi camino, en busca de temas a los que dedicarle un puñado de líneas y convertirlas en un articulo referente, anteponiendo mis vivencias y puntos de vista.
William Williams no era nicaragüense, nació en Inglaterra en 1710 y murió en una pensión en el mismo país, en la ciudad de Bristol, en 1790. Conocido como pintor americano y profesor, instructor, de uno de los más afamados arquitectos de Estados Unidos, Benjamin West, que en el futuro diseñaría el primer edificio del Teatro de Philadelphia en 1759. Pero el motivo por el cual lo elegí para formar parte de este ramillete de miradas a Nicaragua no es ninguno de los reseñados, sino por otra cualidad suya, la literatura. Williams fue, es, el autor de la primera novela editada en los Estados Unidos constituidos como país, The journal of Llewellin Penrose. Podría haber quedado por siempre ajena a mis conocimientos sino fuese porque esta obra literaria tiene como escenario, se desarrolla, en la costa atlántica de Nicaragua. Mitad diario mitad novela, se supone autobiográfica de William Williams, quien tomó como seudónimo el de Llewellin Penrose, curiosamente Mr. Penrose fue un afamado constructor de barcos elegantes de la ciudad de Philadelphia, para el que Williams trabajó en la realización de pinturas y ornamentos en sus navíos. Mas tarde se fue a vivir a New York, continuando con su profesión pictórica. Fue en esta ciudad, hoy sembrada de rascacielos, donde concluyó el libro manuscrito, en mayo de 1783, lo que la hace la primera novela escrita en el país después de la independencia, esto sucedía poco antes de regresar a Inglaterra, donde murió 8 años después de su llegada.
Pero todavía tuvieron que pasar algo más de dos décadas desde su muerte para que su libro viera la luz en el país que vio nacer a su autor, fue en 1815, en Londres, en forma póstuma y anónima, en cuatro volúmenes y con estilo reformado. Diez años más tarde tuvo una segunda edición también en Inglaterra, y una versión en alemán. Fue con tanta ansia con la que se recibió la obra que el mismo Lord Byron confesó haberla leído de una sola sentada. David H. Dickason, a quien se tiene por el descubridor del manuscrito original, dijo que era superior al Robinson Crusoe de Defoe, en las descripciones naturalistas; que se anticipó en algunas escenas culminantes de Moby Dick, y a las antiesclavistas ideas de La Cabaña del Tío Tom.
También Jaime Incer, en Rutas y Encuentros 1502-1838, dice del autor: "Williams fue su propio protagonista, un personaje autodidacta, autosuficiente, con talento para las artes como para las letras. Como pintor produjo más de doscientos óleos, pero Penrose es su novela, basada cínicamente en su experiencia real o imaginada"

En 1746, William Williams, Llewellin Penrose, decidió buscar fortuna aventurándose enrolado en un barco como marino de la flota jamaicana, pero los principios de la aventura no fueron acompañados de la buena suerte, todo lo contrario, una tormenta lanzó su barco contra las costas de Cuba y la tripulación cayó prisionera de las autoridades españolas. Pero tampoco todo fue mal comienzo, parece como si estuviera destinado a cumplir con el futuro que le esperaba porque los festejos, celebraciones, que conmemoraban la subida al trono de Fernando VI lo dejaron libre. Pasado un año decidió alistarse en un barco pirata, el de John Esquemeling y sus bucaneros, no existía otro motivo que el de atacar a los barcos españoles que navegaban por los cayos de Florida. Más tarde tomaron rumbo hacia el sur y se aprovisionaron en la isla de Providencia, después de milagrosamente escapar de un encallado en Quitasueño. Con la proa rumbo hacia la costa caribeña de Nicaragua continuaron con una persecución fallida, detrás de un velero español que escurridizamente se les escapó.
Entre estas idas y venidas en la piratería, y reposando tranquilamente frente a las islas del Maíz, en las costas nicaragüenses, un atardecer bajaron a un bote Penrose y dos compañeros con la intención de arponear junto al barco embriagados de ron, el alcohol hizo que el protagonista de la aventura se quedara dormido y cuando despertó comprobó que lo habían abandonado en la pequeña embarcación, que el barco había partido y que a la deriva se encontró en aguas desconocidas. Esta maniobra astuta por parte del pirata Esquemeling no era nueva, una táctica que seguía cuando no confiaba en alguno de sus hombres, los abandonaba a la deriva en el momento menos esperado.
El naufrago Penrose llegó primero a la isla Pigeon Cay, un pequeño islote donde solo habitan los pelícanos, mas tarde pisó la playa repleta de palmitos, lagunetas y con manglares, de Soup Cay, en ella usó como vivienda una cueva en Green Point, 25 km. al norte de Monkey Point. Continuó remando hasta la costa más cercana rodeado de tiburones hasta llegar a una playa solitaria, allí encontró un salvaje desnudo que le ofreció carne de tortuga, el indígena iba acompañado de su mujer y un hijo, asustados ante el encuentro de aquel extraño, cuando quiso darse cuenta de nuevo se encontró solo, los indígenas se esfumaron entre el miedo provocado por el desconocido personaje. Pasado un tiempo caminando por entre las arenas de la playa, donde fue comiendo conchas crudas como único alimento, se encontró de nuevo con otro indígena que también le ofreció carne de tortuga, pero en esta ocasión le invita a montar en su bote junto a su familia por un riachuelo. Se percata que se encontraba en una isla pequeña de no más de media milla y decide que debe de llegar a la verdadera costa, cuando en la parte más elevada del lugar la ve a unas cinco millas de distancia. Tomó su bote y antes de llegar hizo una parada, en un islote, donde abundaban los pelícanos y sus huevos le alimentaron antes de tomar la costa definitivamente, en la arenosa playa flanqueada de lagunetas y manglares encontró una cueva que sería su hogar en los próximos meses y donde construyó una cama con la fronda de los palmitos.

Pasaba el tiempo y continuaba explorando la zona, las islas más cercanas, y fue encontrando otras maneras de subsistir, otros alimentos y otras herramientas casualmente. Después de siete semanas explorando encontró un cofre en una playa, en él halló algunos utensilios para la supervivencia como ropa, cordeles, hilo, anzuelos, aguja de cocer y un catalejo. En otra isla cercana también descubrió que la poblaban otros animales como venados, garzas y saínos, camaleones, lagartijas e iguanas... hasta entonces la soledad era su única compañía pero cierto día descubrió a un gavilán pescador herido por los cangrejos que le atacaron, lo cuidó, lo curó, y se convirtió en su mascota, a la que se sumaron un cervatillo y una lora hablantina. Fue pasando el tiempo y nuevas aventuras y descubrimientos se sucedían, aprendió a fabricar cordeles y pescaba tortugas entre lo tiburones evadiéndolos entre las cristalinas aguas. En los cuatro años que el protagonista vive en soledad se descubre una naturaleza rica, en flora y en fauna, que se manifiesta como tal se conoce por aquella zona nicaragüense.
Pero un día, tenía que ser por el mar, hacia él llegó compañía, dos hermanos indígenas y un abuelo para enterrar. El viejo murió cuando pescaban y el viento los llevó a la deriva, mar adentro, durante nueve días. El joven se llamaba Ayasharre, que significaba "Corredor Veloz", fuerte, con reservados modales y 16 años de edad. Su hermana era Yalutta, "Arboleda Verde", y tenía un año más que su hermano, de piel cobriza y cubierta solo de un taparrabos de algodón y un collar de dientes de tigre. No hace falta que les cuente para que adivinen la futura relación entre Penrose y Yalutta.
La vida alrededor de los personajes va girando y de la unión nace un primer hijo, y un segundo cuando la madre muere en el parto. La comunidad que fundara Penrose se agranda cuando a ella se suman otros personajes, indios amigables venidos del norte, un fugitivo esclavo negro, un marino escocés, un caballero español, un capitán holandés...
La historia del marinero Penrose es un manual de naturaleza, de convivencia, de costumbres. Una aventura que duró 27 años por tierras nicaragüenses y en la que deja encomendado a uno de sus hijos, Luta, que entregara sus manuscritos al primer Capitán inglés que pasara por allí, para que lo llevase a su país natal y en él lo publicaran. Fue así como lo hizo, pero la providencia quiso que la editorial no le prestara interés y lo guardaran en un cajón hasta que, después de su muerte, un golpe de suerte sacó a la luz de Inglaterra la historia y parte de la vida de un hombre por tierras nicaragüenses.


martes, 4 de noviembre de 2008

El último mambo del dictador

Nunca fui partidario de la violencia, siempre pensé que este es el lenguaje de los no inteligentes, de los represores, de los cobardes, pero hay situaciones que si no fuese por ella, por la despreciable violencia, las páginas de la historia se habrían escrito de manera diferente, con otros tintes, para buenos y para malos resultados.

Entiendo que sino hubieran sido por las armas, por personajes que con su protagonismo y decisión en un momento crucial y determinado de la historia hicieron uso de tales herramientas siniestras, algunos dictadores asesinos se hubieran marchado de este mundo como los toreros triunfadores, por la puerta grande, a hombros de sus incondicionales y entre vítores.

Son muchos los dictadores que sucumbieron ante la bala heroica de un ciudadano oprimido por el opresor de turno, que se llegaron a creer casi inmortales, embriagados de poder usurpado a los pueblos, pero despertaron del delirio justo cuando la realidad no tenía marcha atrás, cuando las puertas del infierno se abrían de par en par en un viaje sin retorno a los listados de la historia donde se amontonan los responsables de las injusticias, el asesinato, la represión y la muerte de tantas almas inocentes. Los dictadores son una especie de diablos sin alas ni rabo, sin cuernos ni biergo o tenedor, pero por su sangre corre el odio, el desprecio, la venganza, la ira y la maldad en forma de egoísmo y a raudales. El dictador no tiene reparo ante nada que obstruya su propósito, su interés, su fin, no importa ni el método ni la herramienta para conseguir su meta propuesta, la natural de un miserable que no siente respeto ni aprecio por cuanto palpita ante sí.

Para mi desgracia y experiencia también me tocó vivir los últimos coletazos una dictadura cruel, la de un fascista que consiguió sobrevivir oprimiendo a su pueblo más de 40 años, varias generaciones de españoles sufrieron en la piel, en su sangre, en su amor propio, en su orgullo, los caprichos de un genocida asesino responsable de miles, de cientos de miles, de millones de personas inocentes, que murieron o tuvieron que huir al exilio, dejando atrás a sus familias, sus sueños, sus anhelos, para nunca más recuperar lo perdido en el mejor de los casos, en el peor pagaron con su vida los sueños de grandeza de un dictador, al que la Iglesia Católica paseaba por las calles de mi país bajo palio como una divinidad.

A diferencia de otros, este dictador nuestro, no tuvo quien a bien le alojara una heroica bala entre sus podridas y malignas entrañas, épica actitud que nos hubiera liberado de tanto mal, de tanto sufrimiento y castigo inmerecido. Franco murió en su cama mientras sus víctimas se pudrieron en las cunetas, en las fosas comunes desperdigadas por el territorio español, olvidadas en muchos casos por el miedo. Aún hoy se buscan los cuerpos de miles de víctimas que sacaron de sus hogares en la noche para nunca más volver, en una época marcada por el terror y la muerte, capricho de un dictador.

Pero por justicia no todos se van de rositas, los hay que al despedirse son víctimas de sus mismos manuales de comportamiento y cumplen con este refrán sabio que dice: "quien a hierro mata a hierro muere". Eso sí, cuando se marchan, o los echan, lo hacen dejando atrás un reguero de sangre y desolación como seña de identidad. El oficio de dictador ya no es provechoso, por mucha maldad que aglutine un alma, los pactos con el diablo no son rentables hoy en día y más temprano que tarde la balanza de la justicia ciega antepondrá su veredicto para que ni se perpetúe en el poder ni huya a otro lugar con las alforjas repletas de crueldades y desvalijos.

La historia de Nicaragua, como la española, sabe mucho de dictadores, de opresiones y opresores, de injusticias, con o sin castigo, pero a diferencia de la nuestra, la pinolera tiene entre sus héroes a quien cegó la vida del tirano a costa de la suya propia, como un gesto generoso para su pueblo, como un regalo que no así consiguió liberarlo de sus ataduras, porque como un mal endémico, crónico, la herencia dictatorial pasó a su hijo, heredero de la misma sangre, de la misma crueldad e igual de sanguinario.

Rigoberto López Pérez es uno de los héroes de Nicaragua, o Sandinolandia, como me gusta llamarla con todo el respeto, por quien también dedicó su vida a la dignidad del pueblo nicaragüense. Cuenta la historia que el heroico poeta dio fin y al traste con la vida y planes del dictador Anastasio Somoza García en la Casa del Obrero de León. Era el 21 de septiembre de 1956 y se celebraba una fiesta, la convención del partido liberal que proclamaría de nuevo a Somoza García su candidato para las nuevas elecciones, una pantomima electoral resuelta de antemano. Marcaban entre las 7´30 u 8 de la noche cuando Somoza entraba en el recinto, alegre, saludando y departiendo con sus incondicionales, entre una comitiva impresionante, que ya le tenían por reelegido como nuevo candidato. Nada suponía un presagio en aquella noche cálida, en la sala se colocaba la mesa principal con manteles blancos, donde quedaría ubicado, sobre un suelo a manera de tablero de ajedrez en el que Rigoberto daría minutos más tarde jaque al dictador. El techo de bajareque lo sostenían dos columnas de madera maciza y al rededor del tirano los uniformados que lo protegían y los civiles más allegados.

Sonaba la orquesta Occidental Jazz y los guardias se acercaron a la banda para pedirle que tocaran un mambo, el dictador quería lucirse y salió a bailar con la novia de la Casa del Obrero, una linda muchacha llamada Mirian Pérez. Acabado el mambo y el lucimiento del protagonista se dio por iniciada oficialmente la fiesta y Somoza se fue a su mesa, a recibir a la gente que le quería saludar, a pedirle favores o a pagárselos.

La fiesta continuaba y Rigoberto López Pérez, al rededor de las nueve y media de la noche bailaba, con una chica a la que no recuerdan quién era, Hotel Santa Bárbara, una movida pieza de jazz. Vestido con una guayabera blanca de manga larga y unos pantalones azul marino, su madre dijo tiempo más tarde que quiso ir a la muerte vestido con los colores de la bandera de Nicaragua. De repente, entre los acordes de la música, el poeta sacó un revolver y le disparó cinco tiros al dictador, de los que cuatro impactaron en su cuerpo, en ese instante en el que las balas se alojaban en el cuerpo del tirano, un cabo de la Guardia Nacional le dio un culatazo en la nuca con su arma y seguidamente una lluvia infernal acribillaron al héroe que cayó fulminado en el instante. Su cuerpo lo arrastraron hasta un jeep y se lo llevaron a Managua, nunca más se supo nada de él, de su cuerpo. En cambio, al dictador, se lo llevaron a Panamá herido de muerte, en un avión de los Estados Unidos, ofrecido para la ocasión. Pero fue inútil, Somoza perdió su última batalla a manos de un joven poeta, del que se dice era un hombre calmo, que no se molestaba por nada, que era tímido y que rara vez hablaba de política, aunque se tenía por liberal, centro izquierda.

El arma del crimen nunca se supo quién la introdujo en el recinto, aunque siempre se sospechó que fue una mujer, incluso existe una teoría que dice que esa mujer fue una prostituta del barrio de San Felipe, porque el día anterior Rigoberto estuvo por la zona y hasta allí llegó la Guardia Nacional, a llevarse muchachas porque creían que una de ellas pasó el arma en la Casa del Obrero. La represión posterior fue tremenda, más de 500 personas fueron detenidas y torturadas sospechosas de conspiración en el asesinato. También la madre del joven poeta y su hermano y hermana de 14 años estuvieron 40 días detenidos, bajo torturas.

Sin duda la biografía de este héroe nacional da para mucho más, pero mi intención no es otra que la de resaltar lo significativo e importancia de este personaje que bien merece un lugar privilegiado en la historia de Nicaragua. Con el asesinato del dictador no acabó la dictadura, la continuó su heredero, su hijo Anastasio Somoza Debayle, pero su generosa actitud ante la vida bien vale el agradecido reconocimiento para la historia de la libertad.


Texto perteneciente al libro "Al sonar de las marimbas"

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

lunes, 3 de noviembre de 2008

La tierra de dos cerros


Hablar del lago Cocibolca es hacerlo de un tesoro natural, pero si lo es, mucha culpa la tienen las joyas que alberga, no solo por el continente sino también por el contenido de este mar de agua dulce, como lo llamaron los colonizadores españoles cuando arribaron a su interior por el río San Juan. El gran lago es el más grande de todos cuantos existen en Latinoamérica, al igual que una de sus islas, la más importante y extensa que surgen de sus aguas cristalinas, ricas en fauna y en historia. Ometepe, que viene de Ometepetl, vocablo del Náhuatl y que significa Dos Cerros o Dos Montañas, es la isla más grande del mundo dentro de un lago, un milagro natural, postulada para ser elegida una de las ocho maravillas del mundo.
Su mitología, su historia, cuenta que hasta ella llegaron tribus, indígenas, del norte, tal vez de México, guiados por una profecía en la que mostraba una tierra con dos montañas en un lugar de agua. La tierra prometida para un pueblo sometido cruelmente por otras tribus, de las que huían. Primero los Chorotegas y poco tiempo después llegaron los Náhuatl, dos de las tribus, o culturas, más importantes de Nicaragua, junto a Mangues, Nicaraguas, Chibchas, Tiwanacos y otras. Los dos pueblos buscaban el mismo paraíso y con la misma descripción y, aunque el cronista Oviedo, generalizando, cuenta que los primeros comían carne humana con normalidad, para mi humilde entender era un pueblo más pacifico, más refinado en todos los ámbitos sociales y culturales que el segundo. Cuando los Náhuatl llegaron a estas tierras los Chorotegas ya estaban asentados, dejaron ver que sus intenciones eran la de cruzar los territorios y buscar asentamiento más al sur, al igual que Napoleón en España para llegar a África, pero de la misma manera que el francés a los españoles, rompieron la promesa y como mayoría que eran, y más poderosos, invadieron sus territorios y entraron en un enfrentamiento bélico. La diferencia entre unos y otros es que tras una guerra, la de la independencia a principios del siglo XIX, conseguimos expulsar a los galos de territorio español, mientras que los Chorotegas y los Náhuatl terminaron por desarrollar sus culturas dentro de este mismo territorio que hoy llamamos Nicaragua.

Los dos cerros, o las dos montañas, están unidas por un estrecho istmo y forman la isla. Dos volcanes, el Concepción y el Maderas, el primero presume de su elegante y perfecto cono, como sacado de un gigantesco molde, activo, y en el horizonte se deja entre ver como si ejerciera de guardián de su hermano menor. Es fácil de adivinar que su actual nombre tiene origen español, fueron los frailes franciscanos los que lo bautizaron así por la Inmaculada Concepción de la Virgen María... extraño nombre para un volcán activo y que me obliga a preguntarme: ¿en qué estarían pensando los franciscanos cuando lo rebautizaron? Su nombre originario era Omeyatecigua hasta la época de la conquista, o invasión. De sus 1610 metros sobre el nivel del mar solo la base se viste de amplias zonas boscosas y otras cultivadas; las paredes y cumbre se enseñan desnudas, maquilladas por la rojiza escoria y túmulos formados por la lava de sus anteriores erupciones. La última tuvo lugar en 1957. En esta parte de la isla se encuentra su principal entrada, una ciudad pequeña que recibe el nombre de Moyogalpa, "lugar de mosquitos" en Náhuatl, y que junto a Altagracia son los núcleos más importantes a la falda del Concepción.
Sin embargo, el Maderas, al contrario que su homologo mayor, duerme. Se le da por extinto, apagado, y aunque la diferencia a simple vista es evidente no deja de ser pequeño, sus 1394 metros no es cualquier cosa. A diferencia del Concepción el Maderas presume de una espesa vegetación que lo cubre como un frondoso atuendo de flora y fauna, coronado por una laguna en su cráter. Su actividad, completamente rural, la componen pequeños pueblos agrícolas y extensas fincas productivas de café orgánico.
También su historia se exhibe a diferencia del Concepción, son importantísimos los petroglifos que se encuentran, vestigios evidentes del pasado cultural y que gracias a la vigilancia que ahora las protegen dejaron de ser expoliadas, como a lo largo de los años que sufrieron de abandono. Es una incomparable aventura caminar por entre el bosque espeso de nebliselva, agasajado por los frondosos árboles, por entre las variadas colonias de orquídeas y otras coloridas flores, bañarse en la laguna del cráter mientras aullan los monos y las aves cantan o quedarse prendado con el espectáculo que ofrece la cascada de agua de San Ramón.

Dentro de la isla se encuentra la reserva natural de Chico Largo, una zona protegida entre los dos volcanes, que encierra una laguna, bosque y una playa paradisíaca. La Laguna Verde, nombre que recibe y que la separa del lago una estrecha franja de tierra, es un verdadero santuario para las aves que encuentran en este lugar el ideal para sobrevivir y procrear. La playa es una de las más bellas del continente rodeada por un frondoso bosque que se ofrece como una delicia para pasear.

Esta mítica isla también tiene entre sus riquezas varias leyendas que engrandecen su cultura, quizás las más conocidas sean las de Chico Largo y la de La Laguna Verde, las dos relacionadas entre sí. Pero buscando y rebuscando información sobre esta tierra maravillosa se ha trabado frente a mí, en mi pantalla del ordenador, una historia, una leyenda preciosa, imposible de ser real por su contenido fantasioso, pero en esta tierra de ensueño todo es fantasía y me resulta ideal para cerrar el articulo y describir al lago Cocibolca y todo lo que encierra. Una hermosa historia de amor que con el permiso del profesor Hamilton Silva Monge, quien considero una eminencia referente a la isla de Ometepe, la contaré.
La historia cuenta que al principio de los tiempos no existía el lago y por supuesto tampoco la isla de Ometepe, en su lugar crecía un bosque hermoso dentro de un valle donde los animales abundaban. El agua no se encontraba en el centro del valle por lo que las tribus vivían en los alrededores, los Chorotegas, Chontales, Nagrandanos, Niquiranos y otra tribu venida del sur.
En la tribu Niquiranos vivía una preciosa india llamada Ometepetl y en la Nagrandanos, tribu enemiga, un joven guerrero llamado Nagrando. Los dos jóvenes se enamoraron perdidamente y el padre de ella, cuando se enteró del noviazgo, comenzó una persecución contra ellos que duró varios días.
Cansados de tanto huir decidieron dar fin a la persecución que sufrían y perpetuar el amor que se profesaban, se besaron, oraron a los Teotes y luego se cortaron las venas uno al otro hasta morir. La leyenda cuenta que el cielo ennegreció, que hubo un gran diluvio que fue causa de la existencia del Cocibolca; que a la bella Ometepetl le crecieron los pechos hasta convertirse en los dos volcanes, el Concepción y el Maderas; y que Nagrando de la misma manera fue creciendo hasta transformarse en un enorme túmulo cerca de su tribu, la isla Zapatera.
Hoy la joven india es la bella isla de Ometepe; Nagrando es la Zapatera; el Cocibolca lo que fue el valle Caopol y los perseguidores de los amados, que se ahogaron por el diluvio, las isletas de Granada y Solentiname.


http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

sábado, 1 de noviembre de 2008

Para vivir y para morir

¡El muerto al hoyo y el vivo al bollo!
Saben que soy muy amigo de los refranes, no por eso mi refranero es amplio, lo normal, eso quiere decir para Andalucía, mi tierra de nacimiento, que es bastante. Soy descendiente de campesinos, o si lo quieren llamar gentes que vivió del y para el campo, este es uno de mis orgullos heredados, nada existe más noble y digno que las manos que trabajan el campo.
Los refranes, en otros tiempos en que la falta de información, la incultura, el analfabetismo, era lo normal en el medio rural, existía un lenguaje que pasaba de generación en generación, eran los conocimientos adquiridos oralmente que servían para conocer los cambios de tiempo, los meses para sembrar, para la recogida de los frutos... una enciclopedia necesaria y útil que ha llegado hasta nuestros días y que tenía una frase para cada ocasión, no solo para lo relacionado al campo, sino para todos los ámbitos sociales, el mundo animal y hasta para cada enfermedad y sus remedios, en caso que los hubiera.
Pero este artículo no irá hoy destinado a los refranes sino a uno en concreto, al que encabeza el escrito y que se refiere a lo necesario para vivir y para morir, los mercados y los cementerios, el vivo a seguir alimentándose y el muerto a enterrarlo.
Hoy, día de los difuntos, es el más adecuado para hablar del lugar en donde nos apartamos una vez que la vida se nos esfumó, donde solo acudimos a honrar a nuestros seres queridos que nos dejaron y que pasaron a mejor vida, esta manera de llamar a la muerte, "mejor vida", no sé si para algunos es la más correcta pero en cierto modo se deja de padecer, eso sí, a cambio de perder la relación con los seres queridos, pero nada en este mundo es completo, ni siquiera la muerte.
Creo conveniente comenzar por lo primero, la vida, los lugares donde encontramos lo necesario para vivir y que llamamos mercados, para lo segundo, para la muerte, lo dejaré para el final, siempre hay tiempo para la parca.
Decía un amigo de Tenerife, de las Islas Canarias, José Lorenzo Ferreira, que la mejor manera de conocer un pueblo es visitar sus mercados y cementerios. En los primeros se apreciará como viven los lugareños, sus costumbres, necesidades prioritarias y el valor e importancia que le dan a las cosas. Los campos santos en cambio reflejan parte importante de su cultura, la relación con sus antepasados, sus mayores, la nobleza y el respeto a sus costumbres.
Desde entonces, desde los primeros años 80, siempre que visito un lugar acudo como mínimo a los mercados, es verdad que los cementerios no me atraen en demasía, solo en determinadas ocasiones y cuando lo requiere el respeto a los seres queridos, familiares y amigos.
En mis visitas a Nicaragua seguí la premisa de mi amigo tinerfeño y en los primeros días acudí a conocer algunos mercados, son famosos por ser los más amplios de Centroamérica, en concreto el Oriental y el Huember. El primero es descomunal, una ciudad llena de pasajes y tenderetes donde se pierde el norte... y si me apuran cada uno de los puntos cardinales, si no se conoce. Tengo que resaltar que los mercados siempre fueron un lugar donde los rateros, ladronzuelos, y gente de mal vivir se encuentran como pez en el agua, pero esto no es un condicionante propio de los mercados nicaragüenses, en todas partes del mundo sucede igual. De todas maneras, y antes de continuar, tengo que dejar claro que nunca sufrí un percance, nunca me asaltaron, ni nunca padecí una mala experiencia, ni por mercados, ni por lugar alguno de Nicaragua, incluso por lugares donde mis amigos nicaragüenses me aconsejaron no visitar, por el alto índice de delincuencia. Este es un mal que sufren muchos países, pero bien es sabido que por ahora, aún, es posible caminar tranquilamente por las calles de Managua, u otras ciudades pinoleras. Nicaragua puede presumir de ser el país más tranquilo de la zona centroamericana, con respecto a la delincuencia y la violencia, este detalle dice mucho de la manera de ser del nicaragüense.
El mercado Roberto Huember es mi favorito, me gusta ir al Huember, pero me gusta acudir caminando. Quien conozca Managua y lea lo que digo quizás se eche las manos a la cabeza ante lo que les voy a decir, pero caminar me gusta y lo hago siempre que puedo. El hotel que siempre escojo, o que me acoge, está situado cerca del centro comercial Metrocentro, eso es el centro de Managua, tomo la dirección hacia la carretera de Masaya y en la segunda via a la derecha, donde se sitúa un conocido supermercado, me desvío dirección la principal de Altamira. Me gusta pararme en los puestos de fruta y comérmelas troceaditas en su bolsa, piña, papaya, plátano, sandía... sin prisa, continúo y al primer cruce con otra avenida sigo por la izquierda, hasta llegar al Roberto Huember. Ya se que es un paseo largo, cansado para muchos, pero depende de la prisa y la intención que se lleve, para mí es un placer este recorrido por la mañana, antes de que el sol se suba por el horizonte y se vuelva prepotente e insolente.
El mercado Huember es el segundo más grande de Managua y el segundo de toda Centroamérica, pero mucho más pequeño que el Oriental. En él se puede encontrar de todo, de todo lo que imaginen, antigüedades, artesanía, muebles, ropa, juguetes, carnes, pescado, verduras, frutas, especias, quesos... es increíble. Es una aventura pasear por entre los puestos, dentro del recinto o al exterior. Es costumbre del nicaragüense comer en la calle, fuera de sus hogares o restaurantes. En cada rincón, vía, o las aceras, se multiplican y aparecen puestos de comida tradicional nicaragüense, Nacatamales, tajadas de plátano fritos, chicharrones de cerdo, arroz, yuca, ensaladas... en los mercados es lo mismo pero llevado a la desmesura, a la expresión más amplia del concepto, en contenido y variedad.
El colorido está presente en cada espacio, diría que el Huember es puro color, sus verduras y frutas inundan, invaden, todo lo que la vista puede ofrecer, algunas conocidas por estos lugares de la vieja España y otras nuevas para mis sentidos, además del plátano, de la banana, las naranjas, pomelos, aguacates, cocos, la yuca, el maíz, los frijoles, caña de azúcar, mandarinas, café, durazno o melocotón, limones, piña, mango... existen las desconocidas para mi ignorancia que ya no lo son tanto, el zapote, toronja, calala, guineos, capulines, coyolitos, fruta de pan, guayaba, jocote, granadilla, limón dulce, nancites, nísperos (distinto al español), sonzapote, tamarindo, tigilote... enorme la variedad que se ofrece al consumidor y que agasajan con su colorido en todas las tonalidades, colores vivos que como una trampa atraen a la vista, al gusto, para ser consumidos y nunca quedar desencantados.
Los olores enamoran, hechizan, embriagan, al paso entre café, cacao, canela, clavo, pimienta chapa, chiles, jícaro, pinol, pinolillo, jamaica, orégano, linaza... es un mundo de olores fantástico, incomparable, nada igual como pasearse entre los puestos repletos de especias autóctonas y otras adaptadas a la cultura gastronómica y herbolaria de Nicaragua.
Como decía al principio, el mercado no es otra cosa que la desmesura en el carácter nicaragüense ampliado desde la calle con trato amable, atento, cordial, que a cada paso las mujeres ofrecen sus productos con frases cariñosas: ¿que deseas mi amor, que buscas mi rey? ¿Que necesitas...? Pero los hombres no se quedan atrás en atención al cliente: ¿que busca el señor, guayaberas, cotonas, cerámicas... que necesita papito? Mientras se camina por entre la zona de artesanías, muebles, hamacas, cueros, maderas talladas...

Para la muerte no se precisa mucho, al menos para los muertos. Otra cosa son las costumbres, la cultura en este apartado que llega al final de la vida. Ya he repetido infinidad de veces que lejos de parecer que la cultura española y la nicaragüense se sitúan en las antípodas, es todo lo contrario, es más lo que nos identifica que lo que nos distancia. También en la muerte, en los cementerios, en la manera de tratar respetuosamente a nuestros difuntos, que se les visita independientemente de la fecha propicia y en cualquier día del año. Solo en una ocasión pisé campo santo nicaragüense, aunque sí los avisté desde el exterior, fue en Chinandega, acompañando a mi gran amigo Silvio, al que me une una gran amistad. Su madre falleció hace algunos meses y fue un alago poder rezar ante su tumba, ya he dicho por activa y por pasiva que no soy creyente, pero de igual manera le rezo a mi padre que en paz descanse, no por mis creencias sino por respeto a las suyas o por si le sirviera de algo para bien en el otro mundo. No hay diferencias patentes entre los cementerios nicaragüenses y españoles, al menos en el sur, en los nuestros se levantan algunos nichos, bóvedas, y todo se viste de blanco, en cambio, entre los nicas todo está a ras de suelo, sembrado de cruces y pintado de vivos colores, como las calles, las plazas, las ciudades. Es la manera de entender la muerte y la vida, con llamativos colores pero con idéntica luminosidad y el mismo respeto que se ofrece en los cementerios andaluces.







Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...