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domingo, 15 de marzo de 2009

Homofobia, perjuicio ajeno


Es evidente que la educación es el remedio para muchos males en esta sociedad, donde el mínimo detalle de diferencia respecto a los demás nos hace convertirnos en foco de atención, de marginación y de víctimas, lo que nos obliga a ser más reservados a la mínima sospecha de ser señalados, como estrategia de auto defensa hacia el acoso. En cambio, la actitud es la contraria cuando descubrimos el punto débil en los demás, entonces lo proclamamos a los cuatro vientos tratando de cubrir nuestras diferencias con las de los otros, lo que nos convierte en víctimas y verdugos a la vez. No importa mucho cual sea la diferencia, a cuanto más jóvenes, menos años de edad, más crueles actuamos contra el diferente. Sin duda es en la infancia donde más atosigamos a los distintos, muestra y reflejo de lo que vemos, oímos y aprendemos de nuestros mayores, que nos condicionan por sus perjuicios ajenos, por el miedo a que nos confundan, que nos relacionen con el diferente. Actuando como si de apestados se tratara, aún cuando si el marginado está dentro de nuestro circulo social, de amistades o familiares, el miedo a ser señalados, confundidos, o relacionados, es superior a nuestros verdaderos sentimientos hacia ellos.
Los perjuicios, el miedo a que nos cataloguen, nos condiciona de tal manera que arrastramos toda la vida complejos que no significarían nada si aprendiéramos a aceptarlos como parte natural de nuestro ser, que no tienen mayor importancia que una simple diferencia con respecto al otro. Si comenzáramos por aceptarnos acabaríamos por compartir que nadie en este mundo es idéntico a otro, ni siquiera los gemelos, incluso dentro de un mismo organismo encontraremos un órgano igual a su homologo, siempre existe una mínima diferencia, aunque cumpla la misma función, un pie, una mano, una oreja... igual sucede con las personas, animales o plantas, somos diferentes y eso nos debería de hacer especiales en lo positivo, nunca defectuosos. La mayoría de los perjuicios del ser humano están ligados a las religiones, son las que marcan y reglan nuestras sociedades y por lo tanto en ellas radica la marginalidad, como un arma para tenernos enfrentados siempre los unos a los otros y a todos contra todos. No obstante también surgen por el mal de nuestros días y que conocemos como consumismo. La publicidad que nos bombardea a todas horas y por todos los flancos posibles, nos hace sentirnos acomplejados por no entrar dentro de los parámetros "socialmente aceptables", todo lo que quede fuera de esa imagen proyectada nos convierte automáticamente en desgraciados, en seres inferiores, lo que nos lleva a superar nuestros complejos consumiendo, disfrazándonos de cuanto nos ofrecen para parecernos a esa imagen ideal.

Pero este tema, el consumismo, quizás no sea exclusivo de la diferencia del otro, aunque tiene mucho que ver en lo relativo a como nos hace a la vista y aceptación de los demás. Las diferencias y los perjuicios del otro son menos perjuicios cuando el poder adquisitivo es mayor y por lo tanto más aceptados y menos rechazables. El poder, el dinero, es como un fabuloso quitamanchas, solo hay que abrir la cartera para que las diferencias se conviertan en simples particularidades. Pero no voy a escribir de dinero, ni de poderes adquisitivos, aunque si es verdad que todo en esta vida esta reglamentado por este condicionante, también la homofobia, y cualquiera de las fobias que se tercien, el dinero nos hace menos vulnerables y más protegidos ante el pueblo, que al igual que en la infancia, cuanto más pobres más crueles y perversos ante el diferente.
Sin duda la homofobia es uno de nuestros males más llamativos en las sociedades de hoy, son 86 los países en el mundo los que aún penalizan esta condición u opción sexual, con la cárcel en la mayoría de los casos, pero de igual modo la pena de muerte está reglamentada como remedio contra ella en otros países, a cuanto más religiosos, fundamentalistas, más crueldad con la homosexualidad. Es algo incomprensible, cuando la homosexualidad, aun siendo tabú, está siempre relacionada con los religiosos y religiosas. Es por eso que en los países laicos la tolerancia es patente en relación a este tema, alejada de las garras de las religiones, aún así a la homosexualidad le queda mucho camino por recorrer hasta su aceptación. Incluso en países donde está reconocida la unión de personas del mismo sexo existe la homofobia, tan cruel y tan arraigada que hasta los más fieles detractores claman al cielo ante injusticias que no se comprenden.
Pondré dos ejemplos, dos casos que han sucedido por estos días y que me han animado en la defensa de los homosexuales y lesbianas de todo el mundo. Son dos sucesos que han sacudido los estamentos sociales, curiosamente en dos de los seis países que reconocen estas uniones homosexuales. El más cercano ha acontecido en Galicia, en Vigo, al quedar absuelto Jacobo Piñeiro, el asesino que asestó 57 puñaladas a Isaac Pérez Triviño y Julio Anderson. El juicio se celebró en Pontevedra el 20 de febrero, con un jurado al que todos tachan de homófobo y que consideró culpable al confeso asesino por el incendio que provocó en la vivienda, pero que lo dejó libre de culpa por la acusación de asesinato, considerando que actuó en defensa propia. Hay que decir que el jurado lo componían 9 personas, dos de ellas del sexo masculino y el resto del femenino. Quizás este detalle no tendría mayor relevancia de no ser porque en la declaración del asesino, que se declaró único culpable, provocó las lágrimas en uno de los miembros del jurado, cuando alegaba que el miedo se apoderó de él temiendo que los dos asesinados lo violaran. El jurado no consideró ni las pruebas del fiscal que pedía 60 años ni las forenses, estimando que era real la declaración del acusado y que actuó con el único propósito de defenderse y ante el "miedo insuperable" de ser violado por la pareja asesinada y que no quedaba aclarado que quisiera acabar con la vida de los dos homosexuales.
Todo esto podría entenderse, incluso aceptarse, si no fuera por como ocurrieron los hechos, el asesino y sus víctimas pasaron aquella noche de fiesta, consumiendo alcohol y drogas, la que continuaron en el domicilio de los dos chicos, uno gallego y el otro brasileño, en un momento determinado el asesino cogió un cuchillo de la cocina y acabó con los dos homosexuales asestándoles 57 puñaladas, 22 a Julio y otras 35 a Isaac, lo que deja claro que no pretendía defenderse si no provocarles la muerte, aumentando deliberadamente e inhumanamente su sufrimiento. Posteriormente, Jacobo Piñeiro, el asesino, prendió fuego a la vivienda y a los cadáveres, e incluso abrió la espita del gas, con la intención de provocar una deflagración. Abandonó el lugar de los hechos sobre las 9,30 de la mañana, llevándose una maleta con las pertenencias de los asesinados con el fin de simular un robo violento. Uno se pregunta que puede haber pasado por las mentes del jurado para pensar que fue en defensa propia, con ese ensañamiento, ¿tal vez que al ser mujeres la mayoría del jurado se identificaron con él como una víctima más del sexo? Cuando miro la fotografía del asesino y observo sus rasgos no me deja ninguna duda, cuanto más cuando pienso que alguien que quiere defenderse trata de huir y alejarse del "peligro", jamás enfrentarse a uno, derribar la puerta de la habitación donde se había refugiado el segundo y asestarle 57 puñaladas a los dos con toda su ira. Está claro que fue un crimen homófobo, lo que no lo está tanto es si solo fue homofobia, si no también racismo y xenofobia.
El segundo caso sucedió en Sudáfrica, en abril del año pasado, Eudy Simelane apareció asesinada en un parque en Kwa Thema, cercano a Johannesburgo. Una de las estrellas del equipo de fútbol femenino Banyana Banyana, conocida además de por su calidad futbolística por su activismo por la igualdad y por ser una de las primeras mujeres en vivir abiertamente su sexualidad, por su lesbianismo. Simelane fue brutalmente violada por un grupo de hombres antes de asesinarla de 25 puñaladas en la cara, el pecho y las piernas. Desde entonces se ha desatado en el país una oleada de asesinatos, de violaciones contra las mujeres lesbianas, a lo que sus agresores llaman "violaciones correctivas", para tratar de corregir su sexualidad. Una media de diez mujeres por semana sufren estas violaciones que llaman curativas y que no son otra cosa que el rechazo hacia ellas, que ven en las lesbianas una seria amenaza contra los hombres, contra el machismo. Es lamentable que los asesinos y violadores queden impunes ante las autoridades que no reconocen estos tipos de delitos como discriminatorios, que de cada 25 violadores 24 quedan libres de castigo. En cambio, una mujer que roba una barra de pan para alimentar a sus hijos queda arrestada y recluida en la cárcel.













http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

miércoles, 8 de octubre de 2008

¿Soy racista?


¿Quien no se ha preguntado alguna vez si somos racistas? Probablemente todos habremos querido indagar en nuestro subconsciente preguntándonos si ese mal que afecta a la humanidad también forma parte de nosotros, si esa actitud de desprecio hacia los otros es parte de nuestro comportamiento y si en nuestra manera de pensar entra esa posibilidad. Con toda seguridad habremos encontrado una respuesta a nuestro gusto pues nadie se considera racista, salvo algunos energúmenos que la toman como excusa pero que realmente solo son miserables personajes que sus complejos como personas les llevan a la violencia y a volcar su ira e inseguridad contra los más débiles. Es difícil encontrar atentados racistas contra personas cometidos por un solo sujeto, la mayoría de las ocasiones son grupos superiores a las víctimas que suelen normalmente ir en solitario o en minoría. Esta es la prueba de su cobardía, de su poca seguridad en sí y de la poca valía personal con que se auto valoran. No son capaces de enfrentarse a sus peligros con las mismas armas que sus elegidos para provocar dolor, necesitan una víctima que ofrezca poca o nula resistencia ante la ofensa y que obligatoriamente sea inferior en todos los sentidos, su finalidad es el sufrimiento a los demás, la marginación, necesitan sentirse superiores para cubrir sus complejos, para enmascarar sus frustraciones y el fracaso que representan como individuo, por lo tanto estos racistas y excluyentes no son más que enfermos sociales, víctimas de sus propias ideologías.

Volviendo a las "personas normales" y dejando a un lado a los racistas violentos, la respuesta a la cuestión de si somos racistas es simple y repetitiva, uno pensará que todos somos diferentes y que habrá personas más excluyentes que otras, es posible, pero mi opinión es casi general, todas las personas responderíamos de manera parecida. Como señalaba anteriormente pocos salvo los energúmenos se aceptan racistas, la respuesta generalizada es: ¡Yo no soy racista pero los gitanos no me gustan! Otros dirán: ¿racista yo? A mi me caen bien todas las razas... pero los moros...
Todos tenemos alguna etnia o colectivo que no son de nuestra simpatía, quizás eso no se le pueda llamar racista pero lo es. Estamos generalizando, señalando a una raza, otra cosa sería que no te cae bien el gitano cual o el moro tal, entonces iría dirigida tu antipatía a una persona en concreto.

Yo soy racista, no me enorgullezco de ello pero así me considero, no por una etnia en concreto, ni siquiera por tiempo indefinido, en ocasiones son una raza la que no ha sido de mi agrado, sin embargo puedo ser gran amigo de uno de sus componentes. Bien podría decir que no lo soy y que algunos individuos por su manera de comportarse no son de mi agrado, pero no es así, mi pensamiento es que todos, sin exclusión, somos racistas indistintamente del grado. Otra cosa sería aceptarse como tal, pues creo que lo que nos hace no ser racista es luchar contra eso, contra lo que la naturaleza humana ha puesto en nosotros, el sí y el no, el pro y el contra, el ser racista o no serlo, este es el dilema. El racismo como la xenofobia, la homofobia, o cualquier otra fobia indistintamente que vayan dirigidas a la aceptación del otro no es más que miedo, inseguridad, es parecido a los energúmenos violentos pero algo más civilizado, la exclusión al que viene de fuera no es más que el miedo a que nos quite los privilegios de los que disfrutamos, si se trata de otros colectivos es por la intolerancia a sus costumbres que pueden ser la mayoría de las veces contrarias a las nuestras, es el egoísmo, es el miedo, es la inseguridad lo que provoca esta injusticia social.

Sin embargo el racismo no es propio de una raza en concreto, no es propiedad de la raza blanca, aunque la historia la haya marcado como responsable de tanta injusticia, el racismo emerge en cada cultura y sociedad independientemente del color que tenga. Lo más llamativo quizás sea el cruel trato al que fueron sometidos los negros en Estados Unidos, pero antes fueron esclavos en Europa y en la propia África, lo que deja claro que no fue el color lo primero sino el respeto propio a sus congéneres, a los de su propia especie. La marginación no tiene color, ni cultura, es la condición humana y su necesidad de doblegar a otros con el fin de la superioridad, es el egoísmo lo que nos lleva al racismo y a las fobias por el camino de la intolerancia y la exclusión.

Son evidentes los problemas de integración de los gitanos en nuestra sociedad, por ejemplo, aunque cada vez sean menos, su lucha contra las barreras sociales se refleja como injusticia por parte de los payos o no gitanos que somos mayoría y que marcamos las reglas del juego social, sin embargo ellos mismos no permiten que los ajenos a sus costumbres se entrometan en ellas, son sus normas las que rigen y hay que acatarlas, por lo que eso deja entrever que existe otro tipo de exclusión, de racismo por ser diferente. También en la India existen castas que denigran y excluyen a otros por leyes sociales aún siendo de su propia raza o cultura. Entre religiones, entre países, entre sexos... el racismo solo es nombre determinado a un tipo de exclusión o marginación, no es la raza en sí lo que provoca esa intolerancia.

En España hemos tenido racismo de todos los colores y en todas las épocas, ni siquiera tenemos el derecho que se creen tener los italianos cuando se preguntan si son racistas, después de las evidentes pruebas antisociales que en estos días pone en entredicho al país trasalpino. El presidente Berlusconi y sus socios fascistas de la Liga Norte han instalado en la sociedad la xenofobia a los gitanos, a los rumanos, a cualquier tipo de emigración con normativas anti humanitarias, en todos los niveles sociales se levantan las voces a favor del fascismo y la ultra derecha se ha puesto no solo de moda sino que se ha convertido en una aceptación cotidiana. Algunos de los más afamados futbolistas de los primeros equipos se declaran simpatizantes del fascismo y los hay hasta que muestran sus consignas de tiempos de Musolini, esto es la imagen que dan a los menores, a la juventud que venera a estas figuras del deporte, son sus ídolos y en ellos se fijan, su actitud es la que tomarán como referencia para el futuro.

Una muestra con resultado mediático como ninguno otro, en la sociedad española, es el caso de la dominicana Lucrecia Pérez, que murió asesinada por unos fascistas cuando se refugiaban del frío en una discoteca abandonada y viviendo de la mendicidad. Era el 13 de noviembre de 1992. Aquella fría noche Lucrecia y sus compañeros tomaban una sopa que otros compatriotas, con algo de más suerte y con trabajo, les habían llevado, entraron cuatro encapuchados y dispararon indiscriminadamente. El resultado de aquel atroz atentado racista fue una persona muerta y otro herido de gravedad. Una bala destrozó el corazón de la joven dominicana, 32 años, sin ver cumplido su sueño, el de poder encontrar un trabajo digno que le permitiera sacar adelante a su pobre familia. Hipotecó su vida para poder costearse el billete de avión, primero a Nueva york, parís, Bilbao y en tren hasta Madrid. No llevaba dos meses en España y su sueño se truncó por la ira de cuatro desalmados, tres menores de 16 años y un guardia civil de 25 que detuvieron cuando estaba de servicio días más tarde. La despidieron del primer trabajo que encontró por que no sabía lo que era un grifo, una lavadora, un ascensor... no vino a pedirle a España el oro que robaron en América, ni siquiera a pedirle explicaciones de por qué los trataron de esa manera tan vejatoria a lo largo de siglos, solo vino a buscar un digno puesto de trabajo que honradamente le ayudara a dar de comer a sus hijos y a su pobre marido campesino que recolectaba tomates cuando recibió la noticia. Los españoles no tenemos buena memoria, somos los hijos de un país emigrante, que tuvieron que salir de nuestra tierra para que las bocas de sus hijos comieran y nuestra vergüenza ni siquiera nos obliga a tratarlos con respeto, el mismo que un día desearon nuestros padres para ellos en otro país lejano.

http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...