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domingo, 29 de agosto de 2010

La violencia enquistada


Vivir sumido en la violencia, como un mal enquistado en cada poro de la piel social, no es asumible. No se asimila la existencia en un estado de peligro constante, ni siquiera para los que día tras día desarrollan sus vidas entre asesinatos incomprensibles, acostumbrados a ello, como es el caso de muchos ciudadanos en muchísimas partes de Latinoamérica. Desgraciadamente, nos estamos acostumbrando mal a cada día comprobar en los noticieros el número de muertes violentas acontecidas en México, Guatemala o Venezuela, por citar algunos países, donde la vida de sus habitantes pende de un hilo al albedrío de un asesino, a la voluntad de un mal nacido que hace valer el poder de las pistolas por encima del derecho a la vida de cualquier ser humano, sólo porque en su sangrienta agenda no existe otra razón de ser que la de eliminar de un gatillazo la vida de personas inocentes que tuvieron la mala suerte de pasar por delante de su mala condición.

Esta semana pasada ha sido una de éstas en las que, jornada tras jornada, como una serie de terror, se fueron sucediendo noticias relacionadas con el número de homicidios acontecidos en Caracas o Tamaulipas, donde la sinrazón se desbocó para dejar sin vida a 72 personas, emigrantes, que trataban de cruzar México para llegar hasta los Estados Unidos, donde poder encontrar una vida más justa, un trabajo más digno y un futuro menos inestable que en sus países de origen. Los últimos datos al respecto, sobre las 72 víctimas halladas en un rancho de San Fernando en el Estado de Tamaulipas, al noroeste de México, reportaban la identificación de la mitad de los cuerpos, aproximadamente, ninguno de ellos era de nacionalidad mexicana hasta el momento, 14 hondureños, 12 salvadoreños, 4 guatemaltecos y 1 brasileño. Esto pone en relieve que se trata de una nueva modalidad, la de escoger a las víctimas en la emigración, entre los más desfavorecidos que arriesgan sus vidas a cambio de un trabajo digno. Una conciencia miserable la de estos asesinos al elegir a sus presas entre los más vulnerables.

Unas características que nada tienen que ver con los 7 cuerpos encontrados la semana anterior en una mina del Estado de Hidalgo, a una hora de distancia de la capital mexicana; ni con los 55 encontrados en la turística zona de Taxco, en el de Guerrero. Esta nueva categoría pone en entredicho la difícil situación no sólo para los nativos, también para los ciudadanos de otros países que únicamente pisan suelo mexicano de paso hacia otros lugares. El macabro descubrimiento se dio a medianoche del martes 24, tras un enfrentamiento ocurrido entre los marines y un grupo de delincuentes, con resultado de 4 bajas, un marino y tres criminales. Los militares encontraron a los 72 cadáveres aun sin enterrar. El enfrentamiento y el consiguiente descubrimiento fue gracias a un único superviviente de la matanza, que herido consiguió escapar y llegar hasta un control militar. Más tarde se pudo comprobar que el herido no era de nacionalidad mexicana si no ecuatoriano y que los fallecidos no eran narcos, eran emigrantes sudamericanos de distintas nacionalidades. Luis Freddy Lala Pomabilla, el superviviente de la matanza, contó que los criminales se identificaron como miembros de Los Zetas, que trataron de extorsionarlos y ante la negativa los acribillaron.

Una historia que ya no sorprende, esta realidad no es nada nuevo, Según la Comisión de Derechos Humanos, estos grupos criminales secuestraron a 9.758 migrantes entre septiembre del 2008 a febrero del 2009, estos son datos oficiales, los extraoficiales estiman que las cifras superarían los 20.000 en el mismo periodo de tiempo. Una historia que nos eriza la piel sólo de pensarla, aunque no parece que la macabra pesadilla humana haya dado fin con el hallazgo de los 72 cadáveres. Tres días más tarde al suceso, el presidente Felipe Calderón confirmó la desaparición de un agente del Ministerio Público del Estado de Tamaulipas, que participaba en la investigación de dicha matanza, no se conoce hasta el momento el paradero del agente Suárez Vásquez aunque se teme que pudiera convertirse en una nueva víctima de los narcotraficantes.

Sin embargo, no sólo en México se extiende la sangre derramada por la violencia, se podría decir que por la mayor parte del territorio latinoamericano fluye el número de víctimas fruto de la violencia, por distintas razones o causas que van desde las bandas de narcotraficantes o la violencia domestica sufrida por las mujeres hasta los atracos o reyertas delincuenciales entre las maras. Solamente en Venezuela se contabilizó un asesinato cada media hora en todo el año 2009, un nivel de violencia por encima de Colombia o México, según el Instituto Nacional de Estadísticas. El año pasado perdieron la vida en Venezuela de manera violenta 19.133 personas, es el resultado de un informe encargado por el propio gobierno venezolano y que han publicado los medios informativos del país. Estas cifras sitúan la tasa de homicidios por encima de 75 por cada 100.000 habitantes, casi el doble que en Colombia (38 por cada 100.000), donde se incluyen las víctimas del conflicto armado con las FARC que dura más de medio siglo; y más de 9 veces que en México (8 por cada 100.000), con el azote que sufre por parte de las bandas de narcotraficantes.

Son demasiados escandalosos los datos al respecto que se exponen sobre la mesa de este tema tan preocupante para la estabilidad social. Las maras centroamericanas, las favelas de Brasil, son otros puntos donde el horror parece que se hizo cotidiano. Según la ONU, el 40% de los asesinatos y el 66% de los secuestros que se producen en el mundo cada año se dan en América Latina y el Caribe, dos regiones que concentran sólo el 8% de la población mundial. Solamente Costa Rica, Cuba, Perú, Argentina, Chile y Uruguay se mantienen por debajo del límite catalogado por los expertos como epidemia, para indicar cuando la violencia supera los 8 homicidios por cada 100.000 habitantes y año.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Una mujer llamada... coraje




Desgraciadamente cada día está más extendida la idea de que el crimen organizado forma parte de esa tela de araña cuyo epicentro es el poder político, independientemente de quien gobierne, especialmente hay zonas y países donde los gobernados por conservadores suelen ser los más conflictivos y aunque a priori parecen ser un autentico problema con dimensiones incontrolables para esos países, de repente suceden acontecimientos que los ponen en el punto de mira de la discordia, pasando de ser víctimas a victimarios, cuando aparecen implicados o relacionados con las bandas organizadas.
América latina es sin duda uno de esos focos, una de esas zonas donde la mafia, los secuestros, asesinatos, policías y jueces corruptos, es todo un entramado que se mueve en torno a un punto, el de la droga. Los cárteles se mueven como pez en el agua en un escenario ideal, entre Colombia, Bolivia, Ecuador, etc., hasta México, a las puertas del principal mercado mundial.

La oscura relación de Colombia, o Álvaro Uribe, con Bush y las evidentes simpatías con el presidente de México Felipe Calderón, han colocado en el disparadero de la suspicacia la casual relación entre los gobiernos latinoamericanos conservadores y la violencia organizada. Hace unos días ponía de relieve, en un artículo sobre el tema que me trae hoy, la implicación de Uribe en todo este mundo oscuro, siniestro, de poder y criminalidad, auspiciado por el presidente norteamericano y bajo su protección. La implicación es clara y no caben excusas estratégicas de mantener esa relación con los violentos cárteles por tal de mantener en la zona varios países gobernados por la derecha.

Esta estrategia del ejecutivo estadounidense no es más que pan para hoy y hambre para mañana, los frutos de ese trabajo donde lo más importante son las supuestas cooperaciones con esos gobiernos para luchar contra las bandas de narcotraficantes son un claro fracaso, un boomerang que se multiplica y se convierte en un peligro casi imposible de retener, que da paso a que la América latina se convierta en un inmenso campo de batalla entre bandas y donde los ciudadanos son víctimas, el simple hecho de salir a la calle se puede tornar en una aventura mortal.

Es curioso como estos gobernantes, cuya bandera es la lucha contra la violencia y los narcotraficantes, acaban por destaparse como parte de esos grupos, de una manera o de otra. Ya conocemos la dudosa reputación de Felipe Calderón con respecto a las elecciones que le llevaron a gobernar el país, la falta de transparencia en los comicios y que por un puñado de votos recibió la presidencia de la gobernación de manos de su compañero de partido saliente Vicente Fox en detrimento de López Obrador, representante de la izquierda mexicana. No cabe ninguna duda de que la corrupción se ha instalado en las altas esferas gubernamentales y se pasea como parte importante y decisiva entre las resoluciones judiciales, existe una frase hecha que resume todo lo que está ocurriendo en México sobre este tema tan escabroso, "sino puedes con tu enemigo únete a él", y eso es lo que han hecho. Su particular caballo de Troya, el de la corrupción, ha dinamitado a la justicia de tal manera que cualquier juez, policía o funcionario publico, puede ser un miembro activo de los cárteles de la droga, es por lo que cualquier investigación resulta infructuosa, frustrante, por los existentes vínculos entre el poder del estado y los narcotraficantes.

Ante esta situación los ciudadanos mexicanos se han tirado a la calle, literalmente, para manifestarse contra tanta violencia, asesinatos, secuestros y extorsión. Cientos de miles recorrieron las calles y abarrotaron el Zócalo, clamando paz por un país más seguro donde poder vivir. Este clamor popular ha derivado en una petición por parte del presidente Felipe Calderón, quien ha pedido ayuda a la ONU contra el crimen organizado. Pero aunque parezca que este espinoso asunto es relativamente nuevo es todo lo contrario, hace unos años, y por poner un ejemplo, saltó un escándalo que hacía presagiar lo que se cocía en las cocinas de la corrupción gubernamental. En México, más que combatir contra los cárteles de la droga se hace contra uno u otro determinadamente, dependiendo y en función de las alianzas que se necesiten para gobernar la legislatura.
Mientras Ernesto Zedillo gobernaba en México, en 1997 y según el diario El País, se supo que el general Jesús Gutiérrez Rebollo, quien fue nombrado comisionado del Instituto Nacional para el combate a las drogas y conocido por el sobrenombre de El Zar antidrogas mexicano, que era socio de Amado Carrillo (el Señor de los Cielos) y que todos los operativos que ordenaba para combatir el trafico de drogas lo hacía contra el cártel enemigo, el de los hermanos Arellano Félix. Cuando la agencia antidroga de los EEUU (DEA) exigió a México la detención de Rebollo entregó un informe con una relación de nombres, la de políticos importantes relacionados con esta trama. Fue entonces cuando la policía entró en la mansión del comisionado y descubrió las incomodas pruebas que vinculaban al narcotráfico con el poder político del país.

Pero no todo se cuece en las altas esferas de la política, aquí abajo, al nivel de los ciudadanos, la policía es el fiel reflejo de la ineficacia y la corrupción que vive México. Es mundialmente conocido el feminicidio de la ciudad de Juárez, en el estado de Chihuahua, donde ha habido más de 1060, entre homicidios y asesinatos, en 14 años. Mujeres que perdieron la vida después de ser torturadas y violadas ante la pasividad de la policía, que no hace prácticamente nada por aclarar esos crímenes y a la que se culpan de su posible implicación. La violencia se ha apoderado de las calles y nadie está a salvo, directa o indirectamente, de ser víctima.

Un ejemplo es el que desde hace unos días ocupa las principales paginas de los diarios internacionales, el caso de una madre que se enfrentó a los secuestradores y asesinos de su hijo, un joven empresario al que citaron mediante una guapa mujer y que resultó ser el anzuelo con la que lo engañaron y llevaron a su terreno, al más siniestro que se puede encontrar, al de la muerte. Isabel Miranda trató de localizar a su hijo Hugo en los teléfonos donde podría encontrarlo y viendo que no hallaba respuesta llamó a sus amigos, familiares y empleados de éste. Fue finalmente un empleado quien recordó con quien y en que lugar se despidieron de su hijo el día anterior. Viendo que no aparecía ni daba señales de vida optó por buscarlo por la zona indicada, donde después de tiempo indagando encontró la camioneta de su hijo. Curiosamente la policía judicial estaba en el lugar cuidando el vehículo y preguntando a los vecinos consiguió averiguar lo que sucedía, y cual era el domicilio que habitaban las mujeres que lo atrajeron. Allí supo que la noche pasada se escucharon golpes en el interior del piso y que dos hombres sacaron un cuerpo ensangrentado, por las manchas de sangre que dejaron y que limpiaron vecinos, motivo por el que acudió la policía.

Isabel puso la denuncia contra la desaparición de su hijo y contra un tal Jacobo Tagle, a quien conocían y sospechaban de ser el causante involucrado en el caso. La policía solo hizo poner impedimentos y entorpecer cualquier sospecha e indicio, pero pasados unos días Isabel recibió un comunicado pidiendo rescate por la libertad de su hijo, comunicado que llevó a la policía, pero cual fue su sorpresa cuando en poco tiempo recibió un segundo comunicado que le reprochaba haber llevado el primero a la policía, cosa que despejó toda duda de que la policía y los secuestradores estaban comunicados entre sí. Ella pidió pruebas de que su hijo aún se mantenía con vida y nunca más recibió noticia alguna. Después de meses investigando por cuenta propia toda la familia, amigos y empleados, consiguieron el paradero de una de las implicadas y mediante ésta a su pareja, un policía judicial de Morelos, al que detuvieron ayudados por una patrulla de policía que ocasionalmente pasaba por el lugar cuando se enfrentaban a él armado y amenazándoles con disparar. Seguidamente fueron unos tras de otros los miembros de la banda los que cayeron en manos de la justicia aunque alguno todavía sigue en libertad y prófugo de la justicia. Hugo Wallace Miranda aún no ha sido encontrado, al que dan por muerto según los secuestradores, asesinado el mismo día en que lo secuestraron. Tuvo que ser su madre, una mujer con coraje la que puso su vida en juego por liberar a su hijo del que ya solo espera que pronto aparezca su cuerpo para dar fin a esta terrible pesadilla.



http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...