
Cuando pensamos en santos, mártires, beatos, masculinos o femeninos, en cualquier religioso o religiosa que se tercie y que suba a los altares o estén en proceso, automáticamente se reactiva el subconsciente y éste nos dice que son sinónimos de buenas personas. Nada más lejos de la realidad, hay para todos los gustos, lo que sí tienen en común es que fueron servidores, con todas sus consecuencias, de la iglesia católica. Esa gran secta que en ocasiones funciona como una mafia pero con imagen de solidarios desinteresados.
El Vaticano ha sido gobernado a lo largo de su historia por un puñado de "santos padres", entre los que han habido papas guerreros, papas asesinos, papas fascistas, papas colaboradores de genocidios, pero sólo uno que se pueda catalogar de buena persona y fue elegido de forma casual, Juan XXIII. Otro que para mi opinión tiene el beneficio de la duda y que no pudo demostrarlo porque lo asesinaron antes fue Juan Pablo I, eso al menos quedó para las conciencias de creyentes y agnósticos, en una leyenda urbana que así lo afirma y que asegura fue víctima del Banco Ambrosiano y la mafia italiana.
Si comenzamos a recordar los que para mi opinión no fueron santos, aunque algunos de ellos sí fueron padres, el primero ya negó a Jesucristo tres veces, mal comienzo, traicionando a quien le otorgó toda su confianza.
Pero no quiero sacar los trapos sucios del Vaticano en esta ocasión, ya habrá otra oportunidad, sólo pretendo aclarar la relación que tuvo Juan Pablo II con la Teología de la Liberación, lo negativo que fue el Papa polaco para los pobres de latinoamérica y como se le vio el plumero neo-fascista en muchas ocasiones, inclinando sus simpatías más por los dictadores que por los pobres que buscaban en Cristo y sus representantes la liberación de las dictaduras, de la represión de los paramilitares y del hambre.
La Teología de la Liberación sí tiene sus mártires, sus nombres propios que aunque no suban sus imágenes a los altares sí están en el recuerdo de los pueblos indígenas, de los campesinos, en definitiva de los pobres de todos los países en donde los religiosos comprometidos con los más necesitados cayeron acribillados, asesinados por los militares, los propios ejércitos de sus países, sólo por ponerse
del lado de los pobres.
Cuando Monseñor Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de El Salvador, viajó al Vaticano en agosto de 1979 para llevarle al Papa Juan Pablo II un informe detallado y minucioso sobre la brutal represión que estaba sufriendo la iglesia y el pueblo salvadoreño por parte del ejercito, seguramente no esperaba la respuesta del pontífice que se negó a ver el dossier y ni siquiera a hablar del asunto. Lo que monseñor Romero creía, que el Papa estaba mal informado sobre el tema, se convirtió en la terrible realidad y abatimiento después de la entrevista que mantuvo con el "santo padre" en Roma.
En aquel dossier, al margen de otros detalles, le informaba de los cinco sacerdotes asesinados en El Salvador entre 1977 y 1979, miembros activos de la iglesia de los pobres y seguidores de la Teología de la Liberación, que trabajaban con los sectores más oprimidos y reprimidos del país centroamericano.
Poco le importó al Papa, vista la actitud de la iglesia, que unos meses más tarde de la entrevista mantenida en el Vaticano, en marzo de 1980, monseñor Romero fuera asesinado mientras celebraba misa, ni tampoco los asesinatos de cuatro monjas estadounidenses, en ese mismo año, después de ser violadas y torturadas por el ejercito salvadoreño.
El Vaticano se limitó a condenar las muertes pero con más obligación que sentimiento porque no hizo mención alguna contra el régimen que los propició. Se convirtió en cómplice con su silencio.
Los cinco años siguientes fueron realmente crueles en Guatemala, desde enero de 1980 a febrero de 1985 cayeron asesinados 23 religiosos y decenas de miles de civiles. La misma actitud del Vaticano, una formalidad evidente en la condena y ninguna mención a quien los propiciaba, la dictadura criminal causante del mayor baño de sangre sufrido en décadas en la región. Pero el cinismo se paseaba como si nada mostrando a los generales y oligarcas departiendo con la jerarquía católica, al tiempo que sacerdotes y las comunidades cristianas eran reprimidas, perseguidas y asesinadas sistemáticamente.
Cuando en 1983 Juan Pablo II visitó Nicaragua llevaba bien estudiada su puesta en escena, más aún cuando el país a visitar atravesaba una situación política especial en la región, contraria a sus intereses y a lo que pretendía, la aniquilación de todo lo que representaba la Teología de la Liberación.
En julio de 1979 triunfó la revolución sandinista y con ella la iglesia de los pobres. Cuatro de los ministros del primer gobierno revolucionario eran sacerdotes. Edgar Parrales ministro de Bienestar Social; Miguel D´Escoto ministro de exteriores; Ernesto Cardenal
ministro de Cultura y Fernando Cardenal ministro de Educación.
Los curas ministros indignaron al pontífice que, supongo, puso el grito en el cielo, les ordenó que abandonaran sus cargos y comenzó una persecución sistemática contra curas y monjas que apoyaban la revolución y empezaron a expulsarlos de Nicaragua, a sustituirlos por otros reaccionarios y la contra-revolución se inició desde las iglesias. Todo el silencio a favor de los asesinatos de Guatemala y El Salvador y sus sistemas dictatoriales se transformó en estridencia para los que vencieron a otra dictadura cruel y hereditaria familiar, la de los Somoza.
Estaba claro que el Papa polaco no simpatizaba con los pobres, con el pueblo, sino con dictadores y opresores a los que apoyó.
Después de besar suelo nicaragüense, al bajar del avión, uno por uno Juan Pablo II fue saludando a las autoridades sandinistas, los anfitriones en el poder, y al llegar a la altura del padre Ernesto Cardenal éste se arrodilló ante él y fue ahí cuando, ante todo el mundo, mostró su perfil más neo-fascista. Como respuesta a su subordinación Cardenal recibió un intento de humillación por parte del "santo padre" al agitar la mano de manera condenatoria. Digo intento de humillación porque quien salió humillado del envite fue el polaco que de esta manera vergonzante le dijo al mundo que los pobres les importaba un comino, o sea, nada.
Pero el gesto más inhumano llegaría después, cuando en la misa publica y en la plaza que el gobierno había preparado con tanto celo para su visita, el Papa de los dictadores se negó a orar por las víctimas de la contra, los para-militares subvencionados por el gobierno estadounidense y que tanta sangre derramó entre inocentes. Su visita se tornó política y derivó en una ruptura total.
Esta actitud del Papa se entiende mejor cuando, según el periodista estadounidense Bob Woodward, en una reunión con el presidente Ronald Reagan se hace oficial y de manera informal una alianza entre Estados Unidos y el Vaticano, para combatir en centroamérica el comunismo.
La contrarrevolución que comenzó desde las iglesias convirtió a los obispos en dirigentes políticos y la iglesia se dividió en dos bandos la oficial y la del pueblo, con un resultado estremecedor de muertes y la iglesia de los pobres fue aniquilada por las purgas del Vaticano. La iglesia católica cayó en un descrédito gravisimo después de que en El Salvador, en 1989, fueran asesinados siete jesuitas en la Universidad Centroamericana de El Salvador.
Como ejemplo, de lo que Karol Wojtyla escondía tras esa imagen reconciliadora y en apoyo de los pobres, está la visita que en 1987 realizó a Chile, donde fue recibido por el asesino Pinochet y lejos de condenar a la manera que trató de humillar a Ernesto Cardenal en público por la represión y el horror al que tenía sometido al pueblo chileno, éste se mostró de una manera respetuosa y casi reverencial ante el dictador.
Descanse en paz, Juan Pablo II, pero mis oraciones nunca irán por su alma sino por la de los pobres que murieron en el intento de conseguir un mundo más justo y que su lucha contra la iglesia de los pobres les privó de convertir sus sueños en realidad.