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miércoles, 20 de mayo de 2009

Guanches



Siglos atrás, cuando todavía había tiempo y espacio para todo y todos en este planeta, los pueblos aparecían y desaparecían casi de la misma manera, sin hacer ruido, y en la mayoría de los casos su existencia cultural quedaba reducida a una romántica leyenda del pasado, que con el paso del tiempo se alejaba cada vez más de la realidad. Aún hoy descubrimos muy a menudo, y de maneras casi fortuitas, restos de lo que fueron asentamientos bien organizados y que por distintas razones desaparecieron para perderse centímetros, metros, bajo el suelo que pisamos. Muchas de estas existencias quedarán más para el recuerdo y la imaginación que para la historia, por la falta de datos que nos pongan al descubierto las verdaderas normas de convivencia y costumbres que aquellos pobladores mantenían siglos atrás. Sin embargo, la mayoría de las veces sólo aparecen los primitivos muros acompañados de utensilios primarios y, en limitadas ocasiones junto a viejos símbolos de adoración, que son los menos, quizás porque los dioses de antaño eran tan naturales que formaban parte de la misma naturaleza, los pobladores no desaparecen, se suceden, y lo que creemos desaparecido, aniquilado, por otras culturas o invasiones, sobrevive aún en sus descendientes adaptados a otro tiempo, ajenos a nuestra creencia.

Unos de estos pueblos "desaparecidos", y lo digo entre comillas por lo de la creencia, no así en realidad, son los guanches canarios. El romanticismo que provoca su, en parte, desconocimiento, nos lo hace siempre atractivo y presa fácil de la imaginación, por las supuestas posibilidades de cómo llegaron hasta el archipiélago los primeros pobladores, de las incógnitas, de las preguntas sin respuesta que nos van enredando, girando al rededor de un punto de partida dentro de un mundo reducido a siete islas, eternamente maravillosas. De lo poco que siempre queda, y en los casos que tratan de la edad de piedra mucho más, los investigadores dan por hecho que los primitivos pobladores canarios eran descendientes de los beréberes, de raza blanca y del norte de África. Hasta hace poco se desconocía cómo llegaron hasta las islas y dentro de las suposiciones estaban las más románticas, que si llegaron huyendo de un pueblo invasor, que si lo hicieron buscando nuevas tierras... siempre dentro del romanticismo. Pero las últimas creencias de los investigadores los ponen que llegaron en barco, aunque no se les cataloga como marineros, incluso hasta se cree desconocían las artes de navegación para comunicarse entre islas. Llevados allí tal vez para formar una colonia, quizás por los fenicios o púnicos, supuestamente con fines industriales o comerciales en la fabricación del garum, y que es muy probable fueran abandonados en el archipiélago tiempo después. Lo de la edad de piedra no es porque su existencia se extienda hasta la prehistoria, si no por que su forma de vida parecía estar anclada en esa época, se cree que los primeros pobladores llegaron a las islas no hace más de 20 siglos y el conocimiento del archipiélago y su situación geográfica se alarga en el tiempo sólo algunos siglos más, fueron los griegos los que las llamaron las Islas Afortunadas, tal y como se le conocen todavía en la actualidad.

Ésta no es la primera vez que escribo sobre los guanches, un tema siempre apasionante por lo cercano que me resulta, por los años vividos por aquellas islas y tan agradables para mis recuerdos. Así que, para no repetirme, en esta ocasión copiaré literalmente un extracto de un capitulo perteneciente a mi segunda novela, La Reina del Puerto, escrita en el 2006, y que como algunos de mis lectores conocen la ambienté en la isla de Tenerife. Este dialogo lo construyen dos personajes, Carmelo, el conserje de una pensión familiar que pasa las horas muertas de las madrugadas esperando "alguna presa" con quien compartir un rato de charla, y Román, "la víctima", un foráneo que llega a Garachico y se hospeda en la pensión Caracas. Dice así:

- El tema de los guanches es muy interesante, a mi me apasiona, claro, es la primitiva cultura de mi pueblo.
-¿Debe de ser sumamente interesante?- preguntó Román.
-¡Ya lo creo que sí!- exclamó Carmelo, con los primeros síntomas de estar dispuesto para contarle a Román la historia, o parte de ella, de los antiguos habitantes de las Islas Canarias.
-Pero según tengo entendido, desaparecieron con la colonización y no se conocen sus costumbres, ¿o no es así?- preguntó Román.
-¡Los guanches no desaparecieron! –exclamó Carmelo con rotundidad- Se perdió el idioma, la cultura, pero quedó la gente, eso sí, saber quien es más o menos guanche eso es otro cantar.
Los guanches eran los habitantes de todo el archipiélago, no como mucha gente creé que sólo eran de Tenerife, porque se denominaban así a los moradores de esta isla.


Al principio de la conquista y colonización de las islas eran denominados según de cual ínsula procedían, canarios de Gran Canaria, guanches de Tenerife, palmenses de la palma… aunque todos los nativos tenían un origen en común, con el tiempo se ha terminado por emplear el nombre guanche para definir a todos los aborígenes de Canarias.
Algunos cronistas cuentan que eran gente muy alta de estatura, pero creo, por los historiadores, que no era para tanto. Sí está claro que existían dos razas, la cromañoide y la mediterránea, la primera es de cara ancha y robusta, y de cráneo alargado y estrecho; y la mediterránea de cara alta y delicada, y el cráneo corto y ancho.
Los guanches eran gentes de palabra, compasibles, valientes y defensores de la libertad. Entre sus conocimientos, en contra de lo que pudiera parecer, no entraba la navegación a pesar de estar rodeados de agua por todas partes, y tampoco se comunicaban entre sí, entre isla e isla.
Los capellanes de Juan de Bethencourt escribieron refiriéndose a ellos: “Id por el mundo y no encontrareis en parte alguna gente más hermosa y mejor formada que la que se halla en estas islas, así hombres y mujeres siendo grande su entendimiento si tuvieran enseñanza”.


Román comenzaba a interesarse por la cultura guanche y, Carmelo había conseguido de nuevo atraparlo entre las garras de sus relatos, como en la anterior ocasión en la que le puso al día de toda la historia de Garachico, en ésta tampoco le permitió escapar cuando empezó con la de los guanches, pero ya era tarde, estaba encantado con la cultura de los aborígenes canarios y para nada pretendía cortar la atractiva narración con la que Carmelo le estaba agasajando.
-Era un pueblo bien organizado, según tengo entendido… ¿realmente era así?- preguntó Román.
-Sí- respondió Carmelo-, en lo político y social, se sabe que cada isla estaba gobernada por reyes o príncipes llamados de distinta manera, por ejemplo en Tenerife se le llamaba Mencey y en Gran Canaria Guanarteme, también se conoce que, en esta isla, existían tres capas sociales. Los Acbimenceyes eran de un rango por debajo del Mencey, los nobles Acbiciquitza, Acbicaxna a los villanos, y los consejeros o capitanes del Mencey eran conocidos como Sigoñe.

El Tagoror era una plaza construida en piedra y en forma de círculo donde se trataban los diferentes asuntos y se administraba justicia.
En ella se celebraban los acontecimientos más importantes, como el nombramiento de los nuevos menceyes. Durante la ceremonia, el que sería nombrado, pronunciaba unas palabras, un juramento que decía así: “Agoñe Yacoron Yñatsahaña Chacoñamet”, y que traducido quiere decir: “Juro por el hueso de aquél que me hizo grande”.
Todos los hombres podían llegar a ser nobles, pero se le exigía unos meritos personales indispensables. Durante el acto ceremonial de nombramiento se preguntaba si robó en tiempos de paz, si había cocinado con sus manos, si alguna vez fue deshonesto con las mujeres, si ordeñó cabras y si mató en alguna ocasión, para que el nombramiento se hiciera efectivo tendrían que dar negativo las respuestas, pero si era lo contrario, quedaría en villano para siempre además de hacerse merecedor del apodo “trasquilado”.

Con respecto a la justicia las leyes eran diferentes en cada isla, y pasaban desde, El Hierro, donde le sacaban un ojo al que robaba y el segundo si reincidía, en Gran Canaria mataban al asesino y encerraban al ladrón, en Fuerteventura le escachaban la cabeza con una piedra al criminal, o aquí, en Tenerife que no eran tan crueles, al menos la pena de muerte no existía, pero si castigaban fuertemente, severamente, al que faltaba el respeto a las mujeres y de igual manera al ladrón, al asesino le embargaban los bienes para indemnizar a la familia de la victima y lo exiliaban del menceyato de por vida. En cambio, en La Palma ser ladrón era motivo de admiración y no lo castigaban, lo consideraban un arte, el arte de robar.
-¡Que curioso! ¿Verdad? ¡Considerar un arte al hurto!- exclamó Román.
-Desde luego, tratar como a un artista al ladrón no es algo noble, ni digno, pero en el fondo para ser un buen usurpador hay que ser pícaro, y la picaresca en este país nuestro siempre se miró, depende donde, con simpatía y gracia- dijo Carmelo.
-En eso estamos de acuerdo, el pícaro siempre ha disfrutado del beneplácito del pueblo llano a lo largo de la historia y en casi todas las épocas, sin ir más lejos, hay palabras como artero, que significan mañoso, astuto, y que lo dicen todo- dijo Román.
-De todas maneras, hoy por hoy, llamar artista a un ladrón no es lo común en estos tiempos-decía Carmelo-, pero en aquellos de los que hablamos, con el hambre y las necesidades que existían, habría que mirarlo desde otra perspectiva, aunque no dejara de ser una apropiación indebida.

Imagínese como vivían, las casas las construían de piedra y el techo con hierbas secas, o en cuevas, habitáculo muy recurrente debido a la orografía de las islas. También fabricaban vasijas y otros utensilios en cerámica, bien decorada y en distintos colores. Se dedicaban al pastoreo y a la agricultura, donde las mujeres desarrollaban su tarea ayudando a los hombres, mientras ellos labraban y cavaban la tierra con cuernos de cabra, como herramienta, ellas depositaban las semillas de trigo, cebada, habas…el agua, para ellos era un bien escaso, tenían conciencia de ello y lo mismo sabían aprovecharla y cuidarla.
Los tamarcos, los trajes que elaboraban y vestían, lo hacían con pieles de cabra u ovejas, y parece que bien confeccionados, siempre según los cronistas de la época y los historiadores que nos lo cuentan. El Padre Espinosa nos dice que estos trajes eran usados tanto por hombres como por mujeres, pero que ellas se colocaban debajo del tamarco una especie de saya de cuero gamuzado, porque llevar al descubierto los pies y los senos era deshonesto; y el calzado, llamado xercos o mabo, depende en que isla, lo mismo que el vestido se fabricaba en piel.
-¡Parece que no eran tan salvajes como se pudiera pensar!- dijo Román.
-No, a pesar de estar en la edad de piedra. Y sacaban provecho de lo que la naturaleza les proporcionaba.


Los alimentos provenían del ganado, de las cabras, ovejas, cerdos… eran los animales domésticos que poseían, de ellos sacaban la leche, queso, manteca y su carne, aunque sobre los cerdos muchos cronistas hablan que los consideraban animales sagrados. Pero no sólo de origen animal era su alimentación, también vegetal, del trigo, cebada y habas extraían el gofio, tostaban los cereales en recipientes de barro, para triturarlos después en molinos de piedra, además de recolectar fruta como los higos, dátiles, la miel de Mocán, harina de raíces de helecho, o frutos del mar como el marisco y pescados que cogían con redes hechas con hojas de palmera o juncos.
No solo de cerámica fabricaban los utensilios, lo mismo, de madera hacían los cuencos, peines, zurrones de piel de cabrito, bolsos de cuero, sacos de juncos, punzones para cocer el cuero, agujas de espina de pescado, cuchillos de piedra de obsidiana; para saltar los barrancos usaban una lanza muy larga y bien pulida, y como arma de guerra, en Tenerife, el banot, una especie de jabalina que en Gran Canaria tenía el nombre de el magado, también usaban las tabonas, piedras cortantes que eran las primeras en utilizar en la lucha cuando se enfrentaban. Pero no solo para la guerra vivían los guanches, de igual manera para el disfrute y la fiesta. ¿Sabe usted, Román, que hasta tenían una casa donde se juntaban para cantar y bailar?
-¡Sin duda, un pueblo inteligente!- exclamó Román.
-¡Ya lo creo! Sus cantos eran tristes, amorosos, dolorosos… y el nombre que recibía era endechas, que por cierto se hicieron famosos en Europa, y otra cosa curiosa es que cuando empezaban las fiestas, si estaban en guerra, era costumbre de hacer treguas de paz para celebrarlas y disfrutarlas.

Para unirse en matrimonio solo se necesitaba la conformidad de los dos consortes y para separarse, con que uno lo quisiera era suficiente, el único inconveniente es que los hijos del matrimonio desecho se consideraban ilegítimos frente a los del nuevo emparejamiento.
El idioma entre islas era de un origen común, aunque existían sus dialectos, pero todos hablaban con acento suave. Los templos o lugares sagrados los tenían todas las tribus y el ser supremo en el que creían, según donde, se llamaba Aborac, o Acoran, y también por supuesto sus demonios como Guayota, y que moraba en el volcán del Teide, echeide o infierno. En el archipiélago, al igual que en otras partes del mundo como Egipto o Perú, también embalsamaban a los difuntos, según Abreu Galindo y Espinosa lavaban a los muertos y le introducían durante quince días seguidos, mientras se secaba al sol, un liquido por la boca que consistía en manteca de ganado derretida, polvos de brezo y piedra tosca, cáscara de pino y otras yerbas, antes de envolverlo en cueros y dejarlo en la cueva funeraria sobre un tablón de tea. Otros los enterraban en cuevas, sin más, y también existía una tribu en Gran Canaria que lo hacía en túmulos.
-¿No se conoce el origen o procedencia de los guanches?- preguntó Román.
-Hasta no hace mucho tiempo existían diversas teorías, que si el origen era vikingo, que si griego, romanos, fenicios, cartagineses, egipcios, líbicos…como ve de casi todas las culturas existentes se llegó a pensar que procedían, pero ya parece que se va aclarando el origen. Según sus costumbres, por los enterramientos, se creé que los cromañones provenían del norte de África o de Francia, o simplemente eran dos pueblos hermanos, aún no se sabe como llegaron a las islas, pero se supone que debido a las corrientes marinas de África hasta las islas y que pudieron hacerlo en embarcaciones rudimentarias.
-¡Vaya! Que curioso, como los cayucos de hoy en día, los que utilizan los emigrantes- dijo Román.
-Sí, eso parece. Porque las tribus beréberes no son árabes, son rubios y morenos de raza blanca que llegaron al norte de África, y hace muchos siglos fueron invadidos por los árabes, aunque aún conservan sus costumbres e idioma, con los que tenían mucha similitud los antiguos guanches.

La conversación con el marido de Rosalinda lo había absorbido de tal manera, que ni el cansancio ni el reloj fueron merecedores de la mínima atención por parte de Román, que estaba encantado con lo que el bueno de Carmelo le estaba contando y que lo tenía entusiasmado.



viernes, 17 de abril de 2009

Garachico, puerto rico



Cuentan que Pablo Neruda dijo, cuando llegó de paso a las Islas Canarias en dirección al continente americano, que estaba sorprendido, que se sentía como en casa. Sin duda, ninguna sensación nueva ni extraña, la que tuvo el chileno premio Nobel de las letras, Canarias en apariencia es otro país latinoamericano más, por todo, por su relación en el encuentro con el nuevo mundo, por su clima, sus costumbres, la calidez de sus gentes, su acento, y por sus emigrantes; de lo que alguien dijo alguna vez que habían más canarios en América que en el propio archipiélago. El ir y venir de los canarios a través de las generaciones ha propiciado una identidad más cercana a los países de habla hispana que a la propia península ibérica. La lógica nos fuerza a pensar que al estar más cerca del continente africano y que sus antiguos moradores, los guanches, eran de descendencia o procedencia norte-africana, de los bereberes, su cultura podría ser bien distinta, pero nada más lejos de la realidad.

Mi relación con las Islas Canarias, con Tenerife, y en concreto con Garachico, es de fuerte arraigo. Recién había cumplido los 22 años cuando me decidí a emigrar a las islas afortunadas, como también las conocemos, podría haber tomado otro rumbo cuando, presionado por la ausencia de empleo en mi tierra andaluza, me decanté por elegir ese destino. De allí conocía a un amigo, Paco Baute, fuimos compañeros de trabajo tiempo atrás en una cafetería cordobesa y una tarde lo llamé por teléfono a Garachico, a donde había regresado; le dije que pensaba emigrar y le pedí que me aconsejara por donde moverme en las islas; él, muy atento me dio los mejores consejos y aún más, me ofreció su casa y en ella estuve varios meses hospedado hasta que encontré trabajo en el Puerto de la Cruz, a una treintena de kilómetros de distancia. Siempre le estaré eternamente agradecido por su desinteresada ayuda y apoyo, en una época de mi vida que tengo entre las más agradables y que mejores recuerdos me dejaron. Aquel tiempo en Garachico me permitió conocer a fondo la idiosincrasia del canario, su nobleza, su historia, costumbres... hasta el punto de sentirme identificado con su realidad, con su cultura.

Después de seis años viviendo en Tenerife, una de las siete islas del archipiélago, las circunstancias de la vida me obligaron a volver a Córdoba, y aunque nunca más regresé, espero hacerlo pronto, siempre llevé en mi corazón a aquella tierra y sus gentes por lo mucho que me brindaron y enseñaron. He tratado en más de una ocasión escribir en el blog algún tema relacionado con Canarias, ya no como deuda sino más bien como un deseo siempre presente, y hoy he pensado que ya va siendo hora, que siempre tratando de buscar los temas más interesantes acabo por decidirme por otros, pero Canarias siempre es interesante, en todos los conceptos. Así que no existe tema mejor que todo lo que concierne a Garachico, sin embargo no haré nada nuevo, copiaré literalmente un fragmento de mi segunda novela,"La Reina del Puerto", la que ambiento y se desarrolla en Tenerife, especialmente en Garachico. En esta novela, que dediqué a mi amigo Paco Baute, el protagonista y escritor Román Ferreira se decide a pasar unas vacaciones en Garachico y, lo que en un principio se suponía aprovechar y documentarse para escribir la biografía de una antigua estrella de la farándula, que se suicidó en los años 80, se convierte en una historia de intriga, misterio y asesinatos. Uno de los personajes de esta novela es Carmelo, emigrante en Venezuela en otro tiempo y conserje de "Caracas", una pequeña pensión donde se hospeda Román; este se convierte en el mejor cronista de su pueblo, poniéndole en conocimiento de lo que fue el esplendor de Garachico en la historia. Parte del dialogo entre Carmelo y Román, que más parece un monologo del primero, dice así:

“-Lo siento Carmelo, tengo que confesarle que soy un ignorante respecto a este tema y después de lo visto esta mañana, en cierto modo me avergüenzo de ello, tendría que haberme interesado un poco más por el pasado de la villa y puerto- respondió Román.
-Entonces, ¿no sabe que Garachico fue la capital de la isla y su puerto el más importante, hasta que el volcán de Trebejo, o de La Montaña Negra, lo destruyó y sepultó bajo la lava?
-¡No! No lo sabía.
-¡Pues, si hoy le ha impresionado parte de lo poco que quedó, imaginase lo que llegó a ser este pueblo en su día, antes de aquel fatídico cinco de Mayo de mil setecientos seis, en que todo se destruyó! Un brazo de lava cubrió el puerto, retiró el mar y dejó solamente un incomodo caletón. El otro brazo, arrasó toda la calle de arriba, donde estaban los edificios más suntuosos, iglesias, conventos, monasterios, palacios… y desapareció todo, comercio, animales, viñedos… la gente huía como pudo, a pie, a caballo, a la rastra… con las alhajas y con lo poco de valor que les dio tiempo a coger… ¡Discúlpeme Román! Seguramente tendrá ganas de descansar y yo le estoy entreteniendo con la historia de mi pueblo- dijo Carmelo.
-¡No! No se preocupe Carmelo, continué, es muy interesante lo que me está contando- dijo Román.

-Fray Andrés Abreu, y Viera y Clavijo, entre otros, dejaron escrito como era la villa, cuentan que era alegre y hermosa su situación, ubicada al pie de un risco que se levantaba por el sur, que parecía un antepecho de color esmeralda donde descansaba el cielo azul y donde, debido a lo elevado del terreno, abundaban las fuentes, para saciar la sed y poder refrescarse. Cuentan también que era un deleite para la vista y que todo el año vestía de una agradable primavera, en amigable composición de montes y deliciosos jardines colgados del aire, de frondosas vides, variadas plantas con frutos, árboles silvestres... y por la parte norte, rodeado del mar, había un lugar que embravecían y enojaban tanto a los cierzos que solían salir de su curso y atravesar las calles.

Así era, se podía cazar y pescar en el mismo sitio, porque los animales y el bosque llegaban hasta la hermosa bahía, rodeada de casas y de un paseo cuyo nombre era el de Barandas. Las mercaderías se alcanzaban y se ajustaban con los barcos y navíos como si fuesen tiendas, existían grandes almacenes y vivían gente de mucho abolengo, caballeros de titulo y de ordenes militares, grandes casonas y palacios, hospital, tres conventos de religiosos y dos de monjas, excelente iglesia… en aquel tiempo a este delicioso y opulento lugar se le llamaba “Garachico, puerto rico”.
Aquí estaba el comercio del norte y de América, fue una época tan productiva que nunca más se volverá ha conocer otra igual. Desde que el adelantado Fernández de Lugo le cedió amplias zonas de terreno en mil cuatrocientos noventa y seis al banquero genovés Cristóbal de Ponte y fundó la villa, ésta había sufrido muchas inclemencias naturales y una larga lista de desgracias.

En mil seiscientos cuarenta y cinco la anegó un gran diluvio, en muchas ocasiones el mar la destrozó, en la calle de abajo el fuego también devoró más de cien casas y la peste causó estragos durante cinco años, desde mil seiscientos uno a mil seiscientos seis, pero fue el volcán el que más daño causó en toda la historia. La instalación de los molinos de azúcar significaron la primera y más importante riqueza desde la fundación, después el vino de Malvasia que tan celebrado era en Europa. Los barcos que partían de Garachico lo hacían para Francia, Inglaterra, Flandes, Angola, la península de Yucatán, el Río de la Plata. También cuentan que los más grandes y adinerados comerciantes construían en sus domicilios atalayas para divisar expectantes el regreso de los navíos de transporte con paños ingleses, telas francesas, obras de arte, especias de oriente… y que el almojarife se encargaba y cuidaba de las rentas del rey, se cobraban derechos, tasas de exportación, cánones de entrada...

El vino no solo iba destinado a Europa, también de la misma manera a las Américas. Acompañando al Malvasia también lo hacían los colonos canarios y muchos de los descendientes de aquellos aventureros regresaron después a la tierra de sus antepasados. Siempre fue un ir y venir de generaciones, la relación de los garachiquenses y América siempre estuvo presente en la historia, Cuba, Venezuela… habrá visto que Simón Bolívar tiene en la villa su estatua preferente, aquí nacieron sus antepasados. Y yo mismo, sin ir más lejos, fui emigrante durante muchos años en Venezuela… ¿Qué canario no tiene un familiar por aquellas tierras?

La lección de historia que Carmelo le regalaba le estaba dejando perplejo, boquiabierto, la serenidad con que lo hacía le transmitía paz, sosiego… hasta el punto de olvidarse, o no importarle, que al día siguiente tenía que madrugar.

El historiador garachiquense Carlos Costa- continuaba Carmelo-, recuerda que había incluso una calle hecha con mármol de Carrara y que solo los nobles podían pasar por ella, excepto los viernes, que a los pobres se le permitía pisarla para pedir limosna. Desafortunadamente el volcán lo devoró todo, incluyendo el galeón que estaba anclado en el puerto, cargado de oro y preciosas joyas, quedó prisionero para siempre engullido en un sepulcro de magma, pasando a formar parte de las historias y leyendas de la ciudad y de su pasado esplendoroso.
El puerto, la principal razón de su crecimiento y esplendor, quedó reducido a una pequeña rada en contraste con lo que fue, una amplia ensenada natural. El trece de junio, a los cuarenta días del inicio, se dio por extinguida la erupción, los vecinos rehicieron sus casas y las comunidades religiosas reedificaron sus conventos, pero ya nunca volvió a ser igual. Los esfuerzos de los vecinos resultaron vanos en el intento de que Garachico recuperara su auge comercial y los puertos de La Orotava y Santa Cruz tomaron el protagonismo y la relevancia que hasta entonces había tenido la villa y puerto.

El volcán marcó un antes y un después en este pueblo, a partir de ese momento fue la agricultura, con desigual reparto, y la pesca, carente por las inadecuadas infraestructuras, la forma de vida y sustento de sus habitantes. La rehabilitación del puerto quedó en un intento que no fraguó, las embarcaciones se vieron obligadas ha reducir su tamaño y a partir de ahí… todo fue diferente.

-¿Al castillo de San Miguel, no le ocurrió nada?-preguntó Román, interrumpiendo el monologo de Carmelo.
-¡Nada! Ahí lo tiene en pie, desde que el veinticinco de julio de mil quinientos setenta y cinco, cuando el alcalde Fabián Viña Negrón, que a la postre fue regidor de Tenerife, comenzó a llevar a cabo las obras de construcción autorizado por la Real Cédula de Felipe II. El convento y la iglesia de San Francisco fue otro de los pocos edificios y monumentos que se salvaron de la lava, y la antigua Puerta de Tierra, que aún hoy conserva la estructura pétrea, y que tenía como fin controlar a los pasajeros y mercancías que entraban y salían por el puerto, también la ermita de San Sebastián escapó de la furia del volcán…
-¿Y el nombre de la villa, Garachico, sabe usted porqué se le llama así?- preguntó Román lleno de curiosidad.
-En el idioma de los guanches, ¡y esto si que es otro mundo! Isla significa “Igara” y parece ser que partiendo de esa raíz y unido a chico, nos da el nombre actual. El roque siempre tuvo mucha presencia e influencia religiosa en la vida de los garachiquenses, solo tiene que mirarlo y lo verá coronado con la gran cruz clavada en su cima, el patrono es San Roque y a él se encomendaron cuando la peste se hizo dueña y señora del municipio, es el nombre más utilizado por los nativos y a él se le dedica la romería, una de las celebraciones más festivas de nuestro hermoso pueblo”.








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Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...