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domingo, 17 de mayo de 2009

Alma mexicana (3ª parte)

La fama que iba adquiriendo Diego Rivera con sus murales influyó de manera significativa y a la par como personaje político, sin duda por su pertenencia y compromiso con el Partido Comunista Mexicano, ideología que por aquellos años significaba una esperanza para las clases sociales más castigadas. Las corrientes marxistas, en concreto el comunismo, se vislumbraban como el futuro y el fin a tanto caudillismo e injusticias, aunque con el tiempo se encargaría de demostrar que tampoco era la panacea, al contrario, se transformó en otra endémica enfermedad social con los mismos tintes represivos, dictatoriales y oligarcas. Claro está que nunca se puede comprobar lo que de bueno o malo tienen las formulas bien-intencionadas hasta que no se llevan a la práctica, porque una cosa son las doctrinas y otra llevarlas a cabo; pero el ser humano es capaz de lo mejor y de lo peor y siempre hay que contar con ello. Sin embargo, el fracaso de las extinta URSS no mancha las buenas intenciones de quienes creían que la doctrina de Marx pudiera haber sido un bien para la humanidad y un comportamiento más justo de lucha contra lo establecido, sigo pensando que las soluciones siempre pasan por la moderación, y aún así, la actitud del hombre dice la última palabra, por encima de su pensamiento y la necesidad de justicia.

De Diego Rivera se me antoja que todo lo que tenía de grandullón, de obeso, lo repartía a partes iguales con su nobleza, su figura pícnica-atlética dice que se trataba de un hombre bonachón y presumido, aunque siempre existen excepciones. Por supuesto que me puedo equivocar, es probable, pero mi convencimiento me lleva a pensar que se trataba de un inconformista con lo establecido, que se inclinaba por las clases sociales más desfavorecidas, lo demuestra su mirada a los indígenas, a las raíces de su pueblo, a las costumbres cotidianas y, si ya era rebelde, mucha culpa de esta influencia comunista la tuvieron sus años por Europa, por París, donde la mayoría de artistas e intelectuales sucumbieron a las corrientes políticas que llegaban del Este, a las teorías de Carlos Marx; un ejemplo claro es el de Pablo Picasso, que también perteneció al partido comunista, hasta que en un viaje a una de las repúblicas socialistas soviéticas después de la segunda guerra mundial, y tras la comprobar la realidad, rompió dicho carnet de afiliación, alegando que lo que vio nada tenía que ver con lo que pensaba y su manera de entender el comunismo. No obstante mi percepción sobre la personalidad del ilustre mexicano no garantiza que compartiera punto de vista con su homologo malagueño, es más, un rumor aseguraba que los dos maestros de la pintura chocaron, que discreparon en la manera de entender algunos conceptos. Lo cierto es que, al contrario que Picasso, Rivera mantuvo sus buenas relaciones con la URSS hasta los últimos días de su existencia.

El tiempo transcurría y las vidas de Frida y Diego, discurrían por causes distintos, pero cercanos físicamente, ya se conocían y compartían escenario por aquellos días en la Escuela Nacional Preparatoria, el maestro trabajaba en sus obras más representativas y la joven y rebelde alumna continuaba con su aprendizaje en distintas técnicas, como la del grabado con Fernando Fernández Domínguez, en 1925. De la misma manera que 1922 marcó la carrera del maestro muralista, el de 1925 lo fue para Frida, el accidente que sufrió el 17 de septiembre de aquel fatídico año decidió su vida y su obra. La fortuna la eligió con lo mejor y lo peor, porque si la castigó con tanto sufrimiento por aquel ingrato accidente, como recompensa por su entereza y ejemplo para enfrentarse a las adversidades le regaló la inmortalidad. El choque del bus en el que viajaba con el tranvía la dejó con lesiones que le marcarían de por vida, su columna vertebral quedó fracturada, casi rota, al igual que su cuello, la pelvis y diversas costillas; se le dislocó el pie derecho, un hombro descoyuntado y un maldito pasamanos se le introdujo por el costado izquierdo y le atravesó el vientre. Pero la providencia tenía decidido que no eran en aquellas circunstancias en las que se despediría de este mundo, le tenía reservado un hermoso pedestal en la galería de las figuras ilustres. Fueron 32 operaciones quirúrgicas las que la torturaron a lo largo de su vida y diversos corsés de distintos tipos y variados mecanismos de estiramiento los que la martirizaron, a los que se entretenía en pintar de modos diferentes. Al año siguiente pintó su primer autorretrato, el aburrimiento en su postración le llevó a empezar a pintar y lo hizo expresando los eventos de su vida y las reacciones emocionales que surgían de ellos, estirada en su cama o en el baño, así fue como realizó la mayoría de sus pinturas. Me imagino que la influencia de su padre, en la recuperación cuando sufrió la polio en su niñez, tuvo que ver mucho en la forma y rapidez con la que se recuperó, apoyada en su gran fuerza y las ganas por vivir. Esa energía hizo que de nuevo recuperara la capacidad de caminar y de la mano de una amiga intima se introdujo en los ambientes artísticos de México, en los que conoció, entre otros, a Tina Modotti, la conocida artista, fotógrafa, y de ideales comunistas, y de nuevo la vida la vuelve a encontrar con Diego Rivera, pero en esta ocasión derivó en unión matrimonial, casi tres años después de su cruel accidente, el 21 de agosto de 1929, el mismo año que lo expulsan a él del Partido Comunista Mexicano.

Aquel matrimonio fue llamado como el de un elefante con una paloma, por lo voluminoso que Diego parecía al lado de Frida, de construcción pequeña y delgada. Nada significó en su unión las diferencias físicas entre la pareja, ni siquiera la infidelidad que ambos se dedicaron, porque si él era un mujeriego y no tuvo reparos en mantener relaciones con su hermana Cristina, por parte de ella no fue una actitud muy diferente a la de Diego, indistintamente de los sexos, pues le atraían tanto hombres como mujeres. De todas maneras y a pesar de las aventuras de Diego su ayuda fue decisiva en muchos aspectos, él fue quien le sugirió que vistiera el tradicional traje mexicano de vestidos largos y alegres colores y la joyería exótica que Frida lucía, fue la imagen de marca creada por Rivera, amante de la pintura de su esposa y su mayor admirador, a cambio, ella, se convirtió en su mayor crítica. La fama y reputación de Diego Rivera los llevó a viajar a los Estados Unidos un año después, donde fue invitado para la realización de varias obras, entre Nueva York y Detroit, pero su temática comunista, siempre controvertida, desató importantes contradicciones y críticas con los propietarios que encargaron sus obras, con el gobierno y la prensa de aquel país. Quizás el suceso más controvertido de toda su vida fue cuando John D. Rockefeller Jr. lo contrata para la realización de un mural en el vestíbulo del edificio RCA en Nueva York. En el edificio principal de un complejo que se denominaría "Rockefeller Center", el edificio se alzaba como uno de los emblemas del capitalismo y para aquella ocasión Rivera creó "El hombre en una encrucijada", pero cuando estaba a punto de concluirlo a Rivera se le ocurrió incluir un retrato de Lenin y la controversia fue inmediata. Rockefeller interpretó aquella osadía como un insulto personal y mandó cubrirlo, para más tarde destruirlo. Pero el maestro de Guanajuato no se dio por vencido y en 1934, a su vuelta a México, de nuevo recuperó el proyecto y pintó "el hombre en su encrucijada" en el tercer piso del Palacio de Bellas Artes de México.

Dos años después de su regreso de los Estados Unidos, Diego solicita al presidente Cárdenas asilo político para el revolucionario ucraniano León Trotsky, que se concreta al año siguiente y es recibido en Coyoacán, en la Caza Azul de Frida Kahlo, junto a su esposa. Pero en esta ocasión es ella la que le paga con la infidelidad a Diego, cuando mantiene una relación con el ucraniano exiliado, y para 1939 el muralista se distancia de Trotsky y se separa de Frida, para volver a casarse un año más tarde. Tras el asesinato del líder comunista, a manos del estalinista Ramón Mercader, ella es acusada de asesinato, tanto Frida como Diego fueron arrestados y finalmente quedaron en libertad. Pero la carrera pictórica de la Kahlo comenzaba a fraguarse poco antes de aquel suceso, en 1938 el poeta y ensayista del surrealismo, André Bretón, califica su obra de surrealista, cuando escribe sobre la exposición que hizo en la galería Julien Levy de Nueva York. Un año más tarde, en 1939, expone en París en la galería Renón et Collea gracias a Bretón. En aquella visita a la capital francesa conoció a Picasso y fue portada de la revista Vogue, por entonces Frida ya era conocida en el mundo entero. Fueron tres las exposiciones de Frida, la tercera se realizó en México y fue apoteósica, su salud era ya muy delicada y los médicos le prohibieron asistir a la presentación pero, pasados unos minutos de que todos los invitados estuvieran presentes, un sonido de sirenas desde el exterior provocó que la muchedumbre enloquecida saliera para ver cómo escoltada por motocicletas Frida Kahlo fue llevada a su exposición en una cama de hospital. Todos quedaron impresionados, la colocaron en el centro de la galería y allí la multitud fue a saludarla, contó chistes, cantó y bebió durante toda la tarde.

Aquel mismo año, 1953, le amputaron una pierna por debajo de la rodilla debido a una infección de gangrena, que la sumió en una grave depresión y que la llevó a intentar el suicidio en dos ocasiones. Para entonces ya no tenía fuerzas, mucho más duro que las frustraciones padecidas tras todos los abortos que sufrió. Según la crítica de arte Raquel Tibol, en una ocasión Diego le confesó, cuando comían juntos en una mesita frente a la cocina de Coyoacán, con lagrimas en las mejillas, que había pensado que "si pudiera la mataría", para evitarle el sufrimiento. Murió en la Casa Azul, en Coyoacán, el 13 de julio de 1954. No se le realizó ninguna autopsia y las últimas palabras de su diario fueron: "Espero que la marcha sea feliz y espero no volver nunca más". Por su parte, Diego, se casó de nuevo al año siguiente de la muerte de Frida, con Emma Hurtado, y viajó a la Unión Soviética para ser operado quirúrgicamente. Falleció el 24 de noviembre de 1957, también en Coyoacán y sus restos fueron depositados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, contradiciendo su última voluntad.













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miércoles, 13 de mayo de 2009

Alma mexicana (2ª parte)

Frida Kahlo fue una mujer que transformó su vida pintándose a si misma y a sus circunstancias, convirtiéndose en un mito, una leyenda, que rebasa con creces la imagen que creó de sí, en una de las obras más sorprendentes e importantes de su tiempo. Nunca se podrá alcanzar a saber con exactitud hasta que punto su obra habría tomado la resonancia que hoy disfruta, y si habría sido reconocida de no haber coincidido en tiempo con Diego Rivera, y como extremo, si no habría abandonado sus pinceles y lienzos en un rincón de la casa azul, para que el tiempo implacable los hubiera devorado, consumido, en la más ingrata de las posibilidades... por fortuna no fue así. Las suposiciones siempre andan en el filo de la navaja, de lo posible y de lo increíble, de lo asombroso y de lo inimaginable, como hubiera sucedido con la realidad, en caso de haber sido supuesto. Es difícil aceptar una realidad distinta a la que vivimos, quizás porque ésta nos obliga a no idear otra distinta. Es imposible separar su obra de su vida, porque forman una sola, pero aún así, ¿su pintura hubiese sido motivo suficiente para haber sido reconocida en todo el mundo? ¿Acaso la influencia de Diego Rivera fue más importante que su propia obra? Sin duda. No obstante, la obra de Frida Kahlo no deja indiferente a nadie, apoyándonos o no en lo que su biografía comparte con el maestro muralista, su pintura es interesante porque lo es su vida y esta no es sólo Rivera, fue su singularidad y su personalidad, lo que da luz y fuerza a sus pinturas.

Ya apuntaba en la primera parte de estas dos almas mexicanas, que quizás la figura de Frida era más llamativa que la de Diego Rivera, la luz que irradia la Kahlo, como personaje mítico, no la proyecta Diego, más estudioso, de otro nivel técnico, más inquieto en cuanto a la pintura como método artístico y mucho más discreto a los ojos de los demás; un visionario, uno de los famosos artistas de su época, su obra resta protagonismo al creador. Sin embargo, la capacidad de superación y de lucha de esta enérgica mujer opaca la genialidad de Rivera cuando comparamos sus biografías, o sólo las analizamos. Frida hace que nos olvidemos por un momento del genial muralista, nos atrae por encima de todo su manera de entender y aceptar las circunstancias y la forma de expresarlas, de mostrarlas a los demás por medio de sus pinceles, esas características y personalidad es lo que, como un imán, nos arrastra hacia ella sin distraernos con lo que rodeó su vida. Es muy probable que el mundo no hubiera tenido constancia de Frida y su obra de no haber influenciado el genio de Guanajuato en su vida, pero una vez que la mostró de su mano, nadie podrá negar su protagonismo.

Su creatividad e imaginación la llevaron a improvisar su propia libertad, como arma defensiva, tratando de esquivar y superar su ingrata realidad, una vida llena de dolor. El escritor Carlos Fuentes cuenta una anécdota vivida cuando una noche estaba en el Palacio de Bellas Artes de México y la obra que se interpretaba era la ópera Parfisal de Wagner: "Estaba sonando la obertura cuando de repente un ruido que sonó en el palco silenció a la orquesta, todos miramos hacia los palcos y vimos la magnifica entrada de Frida Kahlo, adornada con todas aquellas joyas, collares, anillos, brazaletes, tintineaban como si todas las campanas de la catedral se hubieran puesto a repicar a la vez, para minimizar la debilidad de su cuerpo, de hecho su cuerpo estaba tullido, un cuerpo casi siempre inmóvil, pero que ella le daba vida con sus joyas y vestidos. Ella era su propia obra y, aquella noche, en el palco, fue más fuerte que Wagner". Era su manera de luchar contra el desencanto y el dolor, no solo en su estética personal, que nos atrae y se nos muestra siempre de manera poco discreta, pero con elegancia propia, en ocasiones como una diosa o como una reina, pero siempre femenina, sensual, sin aparentar su parte masculina de su condición bisexual. Cuando era joven quería ser un chico, o al menos eso aparentaba cuando se vestía de hombre, con traje y corbata, lo que parecía original, pero al mismo tiempo un tanto traumático para una familia tradicional como la suya y en especial para su madre, tan conservadora. Un riesgo, una provocación la que mostraba con su actitud vistiendo de esa manera, pero a ella no le importaba, se mostraba como le apetecía y lo demostró a lo largo de su vida, que fue un riesgo y provocación constante para lo establecido.

Nacer y morir en la misma casa, en México, se dice que es una bendición, y ella disfrutó de esa bendita posibilidad, quiso morir en la misma casa donde vivió y nació, 47 años antes, la Casa Azul, en Coyoacán, a las afueras y al sur de la ciudad de México. La misma que su padre construyó, un judío alemán refugiado, fotógrafo que trabajaba para el gobierno mexicano documentando la arquitectura colonial; decía que no le gustaba hacer retratos, que no le gustaba mostrar las cosas feas que había hecho dios. El matrimonio de Guillermo Kahlo con Matilde Calderón dio al mundo cuatro hijas y Frida, la más pequeña, era su favorita, a la que tenía por más inteligente que sus otras hermanas. Frida siempre lo acompañaba en su trabajo, cuidaba de él cuando le daban los ataques epilépticos que sufría, se caía al suelo y ella le metía unos algodones en la boca para que no se mordiera la lengua. Aquellos ataques que su padre sufría le enseñaron de niña lo vulnerables que somos, lo corta que podría ser la vida y lo peligrosa. Su madre, Matilde Calderón, fue una mestiza india de Oaxaca, de ascendencia española y de religión católica, era profundamente devota al igual que infeliz. Cuando era joven estaba enamorada de un chico que se suicidó y nunca pudo superar aquel trance, Frida decía que su madre estaba histérica por descontento, porque no estaba enamorada de su padre, y que la causa de su histerismo no era otra que la religión. Es evidente la relación de mestizaje en cuestión de religión y lo que tuvieron en común Kahlo y Rivera, porque si él era descendiente de judíos y educado en el catolicismo, que llegó a negar la existencia de dios; en el caso de ella bebió de las dos fuentes, para no agarrarse a ninguna, y del mismo modo ella se rebeló contra la religión católica, junto a su hermana Cristina, molestando a la familia con sus bromas cuando eran niñas.

Su vida parecía estar marcada por el dolor y con sólo seis años tuvo su primer contratiempo respecto a su salud, un fuerte dolor en la pierna izquierda fue el piloto encendido para el diagnostico que se evidenció con las pruebas medicas, que fue diagnosticado como polio. Fueron nueve meses encerrada en casa recuperándose, a causa de la enfermedad le quedó una secuela en el pie que disimulaba con naturalidad y sin problemas. Fue su padre quien le ayudó a superar aquella enfermedad y cómo enfrentarse a ella, a superar la pena y la soledad, de una manera que se consideraba poco digna para una dama, con coraje, peleando, boxeando y nadando.

En 1920 terminó la guerra que sufría México pero la revolución continuó transformando el país, y un nuevo y radical nacionalismo se alzó en contra de los viejos ideales europeos, que celebraban la herencia indígena de la nación. La vitalidad contagiosa de aquellos días también entró en las aulas, compartida con profesores y alumnados, por supuesto que de la misma manera los nuevos aires se colaron en el hervidero pos revolucionario de los intelectuales, la Escuela Nacional Preparatoria. Frida se convirtió, aupada por la historia, en una de las primeras mujeres que ingresó en la escuela, con 15 años se encontró envuelta en los rigores y pasiones de la mejor escuela secundaria de México, aprendió a leer en tres idiomas y conoció y se enamoró de Da Vinci y Wigman, a la par de sus primeros deseos y sueños de ser medico. Frida y sus amigos estudiantes, los que se hacían llamar los "Cachuchas", discutían sus argumentos sobre Marx y la religión en los pasillos de la escuela, no soportaban el aburrimiento y para luchar contra él una vez hasta llevaron un burro a la clase de una profesora conservadora, incluso le prendieron fuego a los andamios de los pintores que estaban decorando la escuela. El centro educativo había sido elegida para un ambicioso proyecto pos revolucionario en la educación pública, el plan era cubrir las paredes públicas con grandes murales que relataran la reciente y nueva historia del país, y allí conoció al que sería el gran amor de su vida.


















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domingo, 10 de mayo de 2009

Alma mexicana (1ª parte)


La mañana del día 21 de diciembre de 1969 la recuerdo fría, helada, el agua salía con dificultad por el grifo, el único que había en toda la casa del patio de donde vivía mi amigo Salvador Ramírez Valverde, caía sobre un barreño de zinc rebosante de espuma que soltaba la ropa enjabonada, esperando a ser aclarada por las manos de la madre de mi amigo. Yo aguardaba a que él se acabara de vestir para irnos a jugar a las huertas, entre frutales desnudos y batracios adormecidos en el canal de riego, era invierno y no había pájaros anidando, ni lagartijas, ni avispas con las que jugar... estábamos en vacaciones navideñas. El caer constante del agua formaba parte de la sonoridad de la escena, aunque en segundo plano, como efecto especial, la banda sonora se escuchaba con menos intensidad y por la ventana del comedor que daba al patio, "Tu nombre me sabe a hierba", de Joan Manuel Serrat, se colaba por todas las rendijas aquel año en el que yo cumplía una decena, dos menos desde la muerte de Diego Rivera; mis manos cogieron un libro de Juan, hermano algo mayor de mi amigo, y mis ojos se recrearon en una ilustración, casual, abrí al azar y la página me mostraba la fotografía de una obra esplendida, El Tianguis de Tlatelolco, que Diego Rivera pintó en 1952, en el Palacio Nacional de la ciudad de México. Era la primera ocasión en la que el pintor mexicano se presentaba a mi curiosidad, casi una década antes de que el gusanillo de la pintura me conquistara sobremanera.

Por descontado, lo que me atrajo de la obra pictórica de Rivera fue su contenido colorista, los indígenas en el mercado no me enseñaban nada histórico, era demasiado joven para entenderlo, más bien me engatusó que se asemejaba a un "TBO de indios", cómic de aventuras, que desbordaba mi fantasía, la multitud en movimiento sobre un escenario cercano a la ciencia ficción.
Pasado el tiempo, me pierdo en él cuando trato de marcar una fecha más o menos certera, cercana, de cuando me interesé por el mexicano universal y por su obra, y dentro de esas dudas si fue antes o después, o a la par, de Frida Kahlo. Tengo que reconocer que en este país de pintores, e influido por la cercanía de los clásicos del renacimiento italiano y por los movimientos de vanguardia parisinos, flamencos, holandeses, simbolismo inglés... uno no acaba nunca de girar a sí mismo hasta que en un impulso salimos de esta espiral europea para tropezarnos con otros mundos, otras escuelas y otros genios, que tardamos más en encontrarnos con su obra pero que cuando lo hacemos es de la manera más grata y sorprendente, no por pensar que en cuestión de arte somos el ombligo del mundo, sino porque lo que nos rodea es la base, la fuente de donde beben y se nutren todas las corrientes y cualquier artista pictórico.

Es casi obligada la mención o presencia de uno u otro, de Rivera y Kahlo, cuando se trata de indagar en sus obras y trayectorias, vidas o biografías, van unidos siempre y, antes o después, uno acaba por discurrir por sendero alterno que nos introduce en otro mundo, otro estilo y otra vida, que terminan por encontrarse y enlazarse una y otra vez, como raíz al tronco, para fundirse en uno sólo. Los dos personajes, y las dos obras, son por sí merecedoras de acaparar con su protagonismo a cualquiera, ninguna le hace sombra a la otra, rara vez la historia nos muestra una pareja tan especial y genial como esta, porque si existieron otras interesantes fue por la aportación de uno al otro, pero como en este caso nunca. Quizás, y entre otras razones, porque la mujer en la pintura, salvo raras excepciones, no tuvo un protagonismo relevante en el pasado, hoy es diferente, como tampoco en otros apartados del arte, la ciencia, etc. Aun así, la trayectoria de Diego Rivera estuvo basada en la técnica, en el estudio durante años, su arte constituyó uno de los pilares donde se asentó uno de los más importantes movimientos en la pintura americana, el muralismo mexicano. Su obra lo sitúa en un sitio privilegiado dentro del arte latinoamericano, muralista, dibujante, ilustrador y escritor. En cambio, la trayectoria de Frida va más por el mensaje que por lo técnico, lo universal de Kahlo fue mostrar su singularidad, su discapacidad física y sus sentimientos. En una ocasión dijo que no era surrealista, como la hacían catalogar, porque ella nunca pintó sus sueños sino su realidad.

Por lo que corresponde a Rivera su biografía es diferente, no así menos atractiva. El tiempo que le tocó vivir sin duda marcó su compromiso con la revolución y con los más desfavorecidos, hasta el punto de ser uno de los fundadores del Partido Comunista Mexicano, toda su vida estuvo marcada por la política y los movimientos sociales, comprometido y polémico. Aunque se crio con la educación católica, no conviene ignorar detalles que suman siempre a la hora de comprender la personalidad de cualquier personaje, su origen era el judaísmo, la de una familia conversa que tuvieron que convertirse obligados, algo de lo que era consciente. Su talento para la pintura fue algo prematuro y que fue desarrollándose en él a lo largo de sus años escolares en Guanajuato, donde nació el 8 de diciembre de 1886. Diez años más tarde su familia se traslada a la Ciudad de México y allí comienza a tomar clases nocturnas en la Academia de Bellas Artes de San Carlos, donde conoció al célebre paisajista mexicano José María Velasco, hasta que fue expulsado en 1902, por participar en las revueltas estudiantiles de ese mismo año. En 1905 recibe una pensión por parte del Secretario de Educación Justo Sierra. En este tiempo sus influencias fueron decisivas para su posterior desarrollo artístico, desde las de su primer maestro que fue discípulo de Ingres, hasta la más importante, la del grabador José Guadalupe Posada, con quien trabajó en su taller. Pero dos años más tarde, en 1907, y después de su primera exposición, que fue un éxito, Rivera recibe otra beca por el entonces gobernador de Veracruz, Teodoro A. Dehesa Méndez, que le permite viajar a España y continuar con sus estudios.

En Madrid ingresó en la Escuela de San Fernando y en el taller de Eduardo Chinarro, pudo estudiar de cerca a Goya, El Greco y Brueghel, y también desde la capital española realizó viajes a otros países europeos entre 1908 y 1910, Bélgica, Holanda, Gran Bretaña, Francia, donde se estableció finalmente en 1911, alternando su residencia con México. En la ciudad parisina tomó contactos con intelectuales y artistas españoles, Alfonso Reyes Ochoa, Pablo Picasso, Ramón María del Valle-Inclán, consiguiendo acercarse a las nuevas corrientes como el cubismo, al que abandonó poco tiempo después. De igual modo se relacionó con otros de distinta nacionalidad, como Paul Cézanne, de quien recibe la influencia del Postimpresionismo y se introduce en él, desde donde consigue captar la atención por sus vivos colores y acabados, a diferencia de otros muralistas de México. También en ese mismo año nace su primer hijo, que murió al año siguiente, fruto del matrimonio con la pintora rusa Angelina Beloff. En 1919 nace su hija Marika Rivera y Vorobieva, fruto de sus relaciones extramatrimoniales con Marievna Vorobieva, sin embargo, nunca reconoció a la niña, aunque si la sostuvo económicamente. Al año siguiente emprendió un viaje a Italia, gracias al embajador de México en Francia, donde estudió el arte renacentista.

En 1921 regresa a México y en 1922 comienza su primer mural en el Anfiteatro Simón Bolívar de la Escuela Preparatoria Nacional y su pintura comienza a influir en el movimiento muralista mexicano y en Latinoamérica. Antes de acabar ese mismo año Diego Rivera contrae matrimonio por segunda vez, con Guadalupe Marín, una indígena mexicana de larga cabellera negra, piel morena y ojos verdes, la "Gata Marín", como era conocida la muchacha que limpiaba la casa donde vivía Rivera, mientras trabajaba en el mural de la Escuela Nacional Preparatoria. Con la que tendría dos hijas. También en 1922, en septiembre, comienza el fresco en la Secretaría de Educación Pública y participa en la fundación de la Unión de Pintores, Escultores y Artistas Gráficos Revolucionarios. Sin duda ese mismo año tuvo una fuerte influencia en su pintura y su vida personal, en él le otorgan los permisos para comenzar las pinturas y murales del Palacio de Cortés, en Cuernavaca; en la Escuela Nacional de Agricultura, en Chapingo; en el Palacio Nacional de la Ciudad de México; y un acontecimiento importantísimo, su anexión al Partido Comunista Mexicano.

También en 1922 y ajena a su actividad y su vida política, en la Escuela Nacional Preparatoria, ingresó una joven con la que compartiría su futuro. En ese año, la escuela, comenzaba a admitir chicas, hasta ese año un privilegio solo para los chicos. Allí sus travesuras la convirtieron en cabecilla de un grupo, mayoritariamente formado por chicos rebeldes, que realizaron innumerables trastadas en la escuela. Aquella chica se llamaba Frida Kahlo y conoció a su futuro marido, mientras trabajaba en el mural encargado para el auditorio de la escuela.
En 1927 Diego Rivera es invitado a las celebraciones de los primeros diez años de la Revolución de Octubre, en la unión soviética. En 1928 se divorcia de Guadalupe Marín y un año más tarde se casa, en terceras nupcias, con Frida Kahlo.










Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...