viernes, 18 de septiembre de 2009

El esperpéntico secuestro de doña Jacinta


Especialmente, hoy, no es un día de los que el calendario lo señala en color distinto a otro cualquiera, ni en mi agenda tiene una preferencia o marca que me recuerde que no debo de pasar por alto cualquier acontecimiento o celebración, todo normal. Como cualquier otra jornada me levanté temprano, a eso de las 7 de la mañana, me coloqué las zapatillas de deporte y la ropa adecuada, y salí con los auriculares enchufados a la radio del teléfono móvil a caminar varios kilómetros, casi una hora. A veces el trayecto, el mismo de cada día, lo hago sólo caminando y en ocasiones acelero el paso y cubro unos metros corriendo, despacio, hasta que me canso y pienso que correr es de cobardes, y continuó a paso ligero. No soy un deportista consumado, ni me gusta perder un minuto de sueño por levantarme temprano para hacer deporte, pero la glucemia y la presión arterial me aconsejan que no deje de ejercitarme cada día. Cuando regresé a casa hice lo de cada mañana, soy un animal de costumbres, encendí este trasto cibernético en donde escribo y, después de una ducha, desayuné leyendo las noticias de los diarios en Internet, y repasé el correo electrónico; el otro, el convencional, ya casi no se estila. Al buzón no llega otra cosa que no sea publicidad.

Lo normal es que después del desayuno me dirija al taller, el lugar donde cada día me gano mi sustento cumpliendo mi jornada laboral como cualquier currante, pero recordé que debía de pasar por la farmacia antes de nada, a por unos medicamentos para mis achaques, los antes mencionados, un día el medico me dijo que estaba demasiado dulce, casi empalagoso, y que debía de cuidarme un poco más, y como soy egoísta le hice caso, quiero vivir mucho y bien. De camino me tomé la presión, las pulsaciones, el peso corporal... un examen exhaustivo en una de esas maquinas que dan miedo, que introduces un euro y te canta la Traviata, si así lo deseas. Aunque la voz que te indica qué debes hacer en cada momento y qué botón pulsar para cada examen, no es tan relajante como las de las expendedoras de tabaco que dan las gracias al extraer una cajetilla, en este caso era la voz de Constantino Romero, grave, varonil, casi familiar, pero intimida tanto que las pulsaciones, mientras uno está subido a la "Súper-Machine", se disparan y los nervios se acrecientan ante tanta intimidación, por lo que no sé si será muy fiable el resultado del robot en cuestión. En fin, quiero pensar que sí, al menos eso me beneficia, el resultado era positivo, la maquinita "Súper-inteligente" me detalló que estaba como un roble.

El día se presentaba con buena cara, de regreso pasé por mi casa a dejar las medicinas, me pillaba de camino, y cuando fui a desconectar este trasto, que lo dejé encendido porque estaba descargando actualizaciones, vi que había llegado un correo de Amnistía Internacional. Ya lo he comentado en alguna ocasión, siempre que puedo colaboro con las iniciativas que me presentan, normalmente son apoyos a casos internacionales de injusticia, en los que la presión ciudadana de otros países juegan un papel especial, a veces son el único apoyo con el que cuentan las víctimas de estas injusticias en países donde los derechos humanos no tienen ningún valor, otras veces las injusticias también se cometen en países democráticos de igual manera y con sólo una firma de apoyo se consiguen resultados positivos para esas causas injustas o perdidas.

Cuando lo abrí me llevé una grata noticia, los correos de Amnistía Internacional siempre provocan dos sentimientos opuestos, unas veces impotencia por lo que sucede y otras es alegría, por lo resuelto o conseguido. En este caso era la noticia de la liberación de doña Jacinta Francisco Marcial, después de pasar más de tres años en la cárcel por un delito que no cometió. Fue falsamente acusada de secuestro por seis agentes federales en el mercado donde ella y su marido tienen un puesto de agua fría y nieve, o hielo. Fue condenada a 21 años de cárcel. El propio gobierno mexicano ha reconocido que nunca hubo evidencias para el juicio contra doña Jacinta, ni mucho menos la condena. Amnistía Internacional me recordaba en su correo que la liberación de Jacinta nunca hubiera sido posible sin el apoyo de organizaciones cívicas y en defensa de los derechos humanos, pero que el tiempo que ha estado separada de sus seis hijos no debe de quedar en sólo disculpas, si no que podemos y debemos exigir al gobierno mexicano que juzgue a los responsables y que ella reciba la reparación adecuada. Que a pesar de esta alegría no debemos de olvidar que son muchas las personas inocentes encarceladas en todo el mundo, tan sólo por ser pobres, o por no poder defender sus derechos. Como ha sido el caso de Doña Jacinta.

Cuando uno ve la fotografía de esta mujer indígena de 1,50 de estatura y 80 kilos de peso, no se le ocurre pensar otra cosa que los que la acusaron realmente llevaban mala fe. Uno está cansado todos los días de leer en las portadas de los diarios, de escuchar y ver en los noticieros, los sucesos violentos y de injusticia en el querido país hermano mexicano, sinceramente, no me gustaría que fuera así, ni a mí ni a nadie medianamente honrado y de buenos propósitos. Cuando no es el narco-terrorismo es la corrupción policial y judicial, con macabros asesinatos de por medio, y si no son las mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez las que ocupan esas portadas, entre otros casos. No se merecen esto los mexicanos.

Jacinta Francisco Marcial es madre de seis hijos, como resalté anteriormente, de una familia indígena ñháñhú, u otomíes, como también son conocidos. Junto a su esposo Guillermo trabaja vendiendo agua fresca y nieves (helados) en su puesto del mercado ambulante de la comunidad indígena de Santiago Mexquititlán. La tarde del domingo 26 de marzo del 2006, Jacinta, veía cómo otros comerciantes discutían y se enfrentaban a los seis AFI (Agencia Federal de Investigación) que pretendían requisar mercancía con el pretexto de que era piratería lo que estaban vendiendo. La buena mujer dejó por unos momentos el puesto de helados y se dirigió a la farmacia, a que le inyectaran un medicamento, y después, al regreso, se acercó al punto de discordia atraída por el revuelo formado. Los comerciantes, artos de que los policías corruptos le requisaran sus productos ilegalmente se enfrentaron a ellos y les pidieron que les enseñaran sus placas, pues iban sin uniforme y sin acreditación alguna, a lo que se negaron los agentes. Fue entonces cuando se revelaron los comerciantes y les rodearon, viendo que la situación se ponía fea, además de tensa, a uno de los jefes policiales se le ocurrió solucionar el entuerto, pagarían los destrozos causados a los vendedores y se olvidaría el asunto. Los comerciantes aceptaron pero pusieron una condición, uno se quedaría retenido en el lugar hasta que los demás compañeros regresaran con el dinero.

Fue en ese justo momento cuando Jacinta se acercó al barullo, al mismo tiempo que el fotógrafo del diario Noticias de Querétaro tomaba unas instantáneas de lo que estaba ocurriendo. La foto salió publicada y ella en tercera o cuarta fila tras lo que acontecía, en actitud pacífica, y sólo mirando. Y esa sola fotografía fue lo que la policía utilizó para acusarla y detenerla del secuestro de seis agentes de élite. La misma fotografía que le sirvió al fiscal para acusarla de secuestro y al juez para condenarla a 21 años sin siquiera escucharla, quizás porque Jacinta apenas hablaba español, sólo otomí, su lengua materna. Ahora, y después de haber pasado más de tres largos años encerrada entre rejas por ser pobre, mujer, indígena, y no poder defenderse, la justicia ha hecho honor a la inocencia de esta mujer, que después de aprender el español en el tiempo que ha estado recluida y la experiencia vivida, dice estar dispuesta a ayudar a los que como a ella, los privan de libertad siendo inocentes.








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viernes, 11 de septiembre de 2009

Vidas coincidentes, vidas opuestas (2ª parte)


Ajena al transcurrir de la existencia de María Sánchez Arbós, la vida de Carmen Castro Cardús se desarrollaba en su ciudad natal, en Huesca. Si uno se imagina el contexto en el que nació y se crió Carmen, jugando a nuestro favor con el conocimiento de por cuales derroteros se fraguó su futuro, las imágenes lógicas que pasarían por la mente es que lo haría en una familia con ideales definidos, bien a la derecha, y con unas influencias directas rondando el fascismo, este sería el contexto supuesto he imaginado, pero nada parecido a la realidad. Lo que demuestra que las ideas de cada uno en nada tienen que ver con las que influyen en el desarrollo familiar, eso sí, es evidente que le llegaron por otro flanco y alejado del contexto familiar. Su vocación religiosa le marcó el camino y, de acuerdo o no, su vida se desarrolló por los causes que las teresianas le guiaron. Existen detalles en su biografía que la hacen parecer un pensamiento distinto al que mostraba y que bien podría haber sido presa o víctima de las circunstancias sociales y políticas que se vivían por aquellos días. Pero también los hay, los detalles, que la representan como un ser frío, insensible, y de fuerte carácter, al menos así es como la imagino, después de lo escrito por el periodista Carlos Fonseca en Las Trece Rosas, donde asegura que dirigía la prisión con manos de hierro. También cuenta Fonseca que "desde el primer momento colaboró con la Quinta Columna organizada por la Falange clandestina de la capital para ayudar a los militares insurrectos". Su contacto en la clandestinidad era el alemán Félix Schlayer, cónsul de Noruega por aquellos días. Esto muestra que no se vio envuelta en esa vorágine de sucesos inesperados y un tanto acelerados como sucedían por entonces, porque fue este contacto clandestino el que en el futuro sería el valedor de sus ascensos, cuatro años más tarde, Schlayer, daría testimonio de los servicios que Carmen había prestado a la causa nacional, cuando trabajaba de funcionaria de prisiones en la cárcel y cada vez que una monja era puesta en libertad avisaba al cónsul de Noruega para que enviara un vehiculo a recogerlas y de esta manera ahorrarles posibles encuentros con milicianos exaltados.

Pero para entender mejor su trayectoria, en lo personal, social, político y profesional, habría que empezar diciendo que fue la tercera de siete hermanos, hijos de un alto funcionario del Ministerio de Hacienda y que tanto su padre como sus hermanos en nada coincidieron con ella políticamente. La familia era de fuertes convicciones religiosas, pero también simpatizantes del partido de Manuel Azaña, Izquierda Republicana. Su hermano Julio Alejandro, dos años mayor que ella, fue uno de tantos españoles exiliados que fueron acogidos en México, curiosamente fue un hombre de gran talento que escribió los guiones, junto al genial Luís Buñuel, y que tuvo mucha culpa de los éxitos obtenidos con los clásicos, Nazarin, Viridiana, Tristana o Simón del desierto. Sobre su vida y buen hacer han escrito novelistas como Antón Castro, Manuel Vicent, Vicente Molina Foix o Román Ledo, por cuya biografía sabemos que el padre de Julio Alejandro, de Carmen Castro, tenía muy buenas relaciones de amistad con los poetas Antonio y Manuel Machado y que su familia pertenecía "a la estirpe de la España lucida", emparentados con el ideario de la Institución Libre de Enseñanza. Tanto Julio Alejandro como Santiago, su hermano mayor, tuvieron de preceptor a Jesús Abad, compañero de María Sánchez Arbós en el claustro de profesores en la Escuela Normal de Huesca, en 1927, el que más tarde sería alcalde de la ciudad y director de la escuela durante la Segunda República. Donde también estudió Carmen dos años, antes de ser matriculada en las Escolapias. En 1915 la familia se trasladó a Madrid por el nuevo destino profesional de su padre.

Para seguir el rastro de Carmen Castro Cardús, Ignacio Martínez de Pisón, busca en distintas direcciones. Por un lado los expedientes en los archivos de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias e Histórico Provincial de Huesca, por el otro en los testimonios de su hermana Matilde y de algunas reclusas de aquella época. Después de concluir el bachillerato estudió Farmacia en Madrid y se ordenó teresiana. Fue ésta, la congregación religiosa, la que le marcó instrucciones de matricularse en Huesca en las dos asignaturas que le faltaban para acabar Magisterio, en 1927. Fueron años en los que tuvo que acudir con frecuencia a su ciudad natal, ir y venir desde Madrid, hasta que en 1932 obtuvo el titulo de maestra nacional. Pero durante este tiempo no solo estudió, su dedicación laboral estuvo volcada en la Inspección Farmacéutica Municipal y más tarde como maestra en Villanueva de la Cañada, en la provincia de Madrid, hasta 1935, año en el que ganó unas oposiciones para ingresar de maestra de instrucción primaria en el Cuerpo de Prisiones.

Estalló la guerra y comenzó a trabajar de farmacéutica en el Hospital de la Sangre, organizado en el Instituto Oftálmico por las esposas de Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga, junto a su hermana Matilde y con una jovencita María Casares, que en el futuro llegó a ser una conocida actriz. Más tarde pasó del Hospital de la Sangre a un edificio de la plaza de las Comendadoras habilitado para cárcel de mujeres, como funcionaria de prisiones, y fue aquí donde comenzó a colaborar con la Falange clandestina. Sin embargo, no estaría mucho tiempo esponiendose en la colaboración con los insurrectos, en julio de 1937, y en cuanto se presentó la ocasión, Carmen se pasó a la llamada zona nacional, donde el fascismo se hacía fuerte. Por lo tanto y ante esta actitud, no cabe la posibilidad de que la espiral política la hubiese situado a un lado o al otro, fue ella, su decisión, la que optó por sumarse a los fascistas. A partir de ahí, y hasta el final de la guerra, trabajó sucesivamente y en distintas prisiones de San Sebastián, Saturrarán y Santander, ciudad ésta última donde le fue notificado su nuevo cargo y destino por el jefe del Servicio Nacional de Prisiones, Máximo Cuervo, poco antes de que las tropas franquistas entraran en la capital, la había nombrado directora de la cárcel de Ventas.

Mari Carmen Cuesta fue compañera y convivió con tres de las Trece Rosas en la sección de menores, también menor de edad por entonces, 15 años, y vio cómo una guardiana las despertaba en la madrugada para dirigirlas con las otras diez elegidas, para ser fusiladas, y por testimonios de reclusas como Cuesta, se sabe que Carmen Castro no quiso, se negó, hacer compañía a las trece jóvenes mientras escribían sus cartas de despedida en la capilla de la cárcel. No obstante, la socialista Ángeles García-Madrid, cuenta en su libro Requién por la libertad que su débil corazón difícilmente habría soportado "aquel engendro de justicia" , Carmen Castro no pasaba por un buen momento, su madre había muerto poco tiempo atrás por una bronconeumonía en una residencia de religiosas en Zaragoza, También García-Madrid recuerda unas palabras en relación a dos hermanas que fueron ejecutadas por haber denunciado a un falangista, a lo que dijo al respecto: "Yo misma las he colocado esta mañana en el paredón. Los delitos de sangre hay que ahogarlos en sangre", pero su hermana Matilde la exculpaba, diciendo que fueron las propias fusiladas las que le suplicaron que las acompañara en sus últimos momentos, en los que querían ver una cara amiga. De todas maneras, lo cierto es que no quiso o no pudo mirarles a la cara a aquellas trece chicas que fueron fusiladas y que ni siquiera tramitara las solicitudes para la conmutación de las penas dice a las claras su pensamiento al respecto.

No se tiene por seguro si María Sánchez Arbós ya estaba en Ventas cuando el episodio de las Trece Rosas, a la que llegó reclusa solo por haber pertenecido a la Institución Libre de Enseñanza, a la que los fascistas nacionales la habían declarado como opuesta al Movimiento, por sus notorias actuaciones contra el nuevo régimen. Lo cierto es que Carmen Castro quedó impresionada cuando vio a aquella mujer de su valía y la labor que había hecho durante toda su vida. Parece ser que la carcelera le propuso a su antigua profesora convertirse en reclusa de su confianza, para hacerle más liviana la estancia en la cárcel, pero rechazó el ofrecimiento, le dijo que si quería hacer algo por ella, a cambio, le pidió que habilitara una zona en la cárcel para las mujeres que vivían con hijos pequeños y que se convirtiera la sección de menores en una escuela para las presas jóvenes, y aceptó, y la propia María, ayudada por Rafaelita, una reclusa también maestra, se encargó de dirigir la que llamó Escuela de Santa María.

En 1941 fue absuelta por un tribunal militar, pero también expulsada del magisterio, y no fue rehabilitada hasta 1952, al parecer gracias a las gestiones de un hombre cercano al régimen y a cuyo hijo daba clases particulares. María Sánchez Arbós murió en 1976, en Madrid, con 86 años de edad. Respecto a Carmen Castro Cardús, fue nombrada inspectora central de prisiones, en 1940, y 8 años más tarde murió, con 38 años, cuando era responsable de la Sección de Redención de Penas por el Esfuerzo Intelectual.










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viernes, 4 de septiembre de 2009

Vidas coincidentes, vidas opuestas (Iª parte)


No pretendía continuar con el episodio de las Trece Rosas, y de hecho no lo haré. Aún así, y sin pretenderlo, la casualidad parece como si quisiera lo contrario, por lo que no me he opuesto al caprichoso destino. El de las trece jóvenes fusiladas en la posguerra sólo por haber pertenecido afiliadas a las juventudes socialistas, salvo una, la única casada y madre de un niño pequeño, cuyo delito fue ayudar económicamente a un compañero de trabajo simpatizante de la República, no fue el único acontecimiento llamativo que sucedió en la prisión de mujeres. Uno se imagina aquella cárcel, la de Ventas, donde se amontonaban más de 10.000 reclusas en el verano de 1939, con problemas de falta de higiene, insalubridad, mala alimentación, enfermedades... y no se ocurre pensar en otra cosa que en lo más parecido a un infierno. Nada comparable con lo que se pretendía cuando se inauguró en 1933, al ponerse en marcha el plan de modernización penitenciaria del gobierno republicano, que no buscaba otro fin que el de la reinserción social de las reclusas, y que tanto tuvo que ver en el intento de renovación la malagueña Victoria Kent. La capacidad máxima del centro estaba pensada para acoger a 450 personas, cada una de ellas en una celda individual, y terminó en un hacinamiento imposible de imaginar seis años después. Cada una de aquellas mujeres que pasaron por la prisión llevaba consigo una vida, unos sueños, frustraciones y esperanzas rotas, que en la mayoría de los casos no podremos recuperar su historia para hacerles justicia, sólo imaginarnos lo que suponía cada una de ellas pero sin llegar nunca a la realidad. Fue un cruce de caminos, de injusticias, donde convergieron vidas paralelas y opuestas. El destino, siempre burlón, irrespetuoso, las hizo coincidir en diferentes situaciones, oprimidas las más y en opresoras las elegidas, quizás la providencia las puso a prueba y la historia las clasificó a cada una con la justicia del tiempo, la más severa y equitativa.

Les seré sincero si les digo que sobre las Trece Rosas tenía un concepto hecho desde hace algunos años, conocía su historia sin entrar en detalles, pero siempre me pareció uno de los episodios más crueles, o al menos de los más llamativos, de cuanto sucedió en la posguerra de la contienda española del 36. Sin embargo, sobre la historia coincidente de estas dos mujeres con vidas opuestas no tenía ningún conocimiento, hasta que hace cuatro años leí un reportaje en el País Semanal que me atrajo sobre manera, "Historia de dos maestras" por Ignacio Martínez Pisón, me hizo recapacitar y pensar sobre la caprichosa existencia del ser humano, para el que el futuro sólo es lo que le apetezcan a las circunstancias influyentes, o como dirían algunos, lo que provoca el efecto mariposa. Tal vez tendrían más puntos en común de lo que en principio aparentan sus trayectorias, opuestas, eso sí, pero también coincidentes. El destino las puso enfrentadas, en distinto bando, cuando lo más lógico hubiera sido lo contrario, si se hubieran podido imaginar las circunstancias algunos años antes, cuando una era profesora y la otra, 20 años más joven, alumna en el mismo colegio. Doña María Sánchez Arbós es una de las vidas ejemplares de este país, toda una vida volcada en los valores fundamentales en la enseñanza, basados en la tolerancia, la fe en el progreso y el respeto a la libertad. En cambio, la alumna aventajada, Carmen Castro Cardús, ha quedado en la historia un tanto maltrecha y a la sombra siempre de quien fue luz de humanidad en tiempos difíciles. La historia, como a Judas, le dio el papel protagonista menos agradable, escogió el más fácil y ventajoso de todos cuantos la providencia le ofreció y no le sirvió de mucho.

51 años fueron los que María Sánchez Arbós dedicó a la enseñanza, en concreto a la escuela primaria, toda una vida al servicio de la educación. Sus inicios en la docencia se dieron en la escuela de párvulos del ayuntamiento de Zaragoza, recién terminada la carrera de magisterio. En 1913 sufriría su primera decepción cuando la directora de la escuela de La Granja, en la que obtuvo una plaza como maestra del estado, le prohibió dar clases a sus alumnas en la pradera cercana a la escuela. Pero en su biografía existe una fecha que marcó su trayectoria profesional y humana, fue en Madrid, una tarde del septiembre de 1915, cuando se encontró con una antigua amiga de estudios y ésta la llevó a asistir a una conferencia que le cambió la vida. El lugar era el Museo Pedagógico y el conferenciante Manuel Bartolomé Cossío. Sin lugar a dudas fue como encontrarse con su pensamiento, con la idea concebida que María tenía sobre la enseñanza, lo que Cossío propugnaba era lo mismo que ella siempre había soñado. Una escuela donde los niños disfrutaran aprendiendo, donde tuvieran todas las comodidades y donde los maestros se sintieran amigos de los alumnos y orgullosos de poder enseñarles. La relación entre profesor y alumno era uno de los pilares donde se aguantaba la reforma educativa promovida por la Institución Libre de Enseñanza, de la que el conferenciante era su máximo representante. Desde aquella tarde significativa su vida quedó estrechamente enlazada a la institución o a otras entidades dependientes de ella: la Escuela Superior de Magisterio, donde estudió tres años, desde 1916 a 1919; la Residencia de Señoritas, a la que pudo acceder gracias a una modesta beca; al Instituto-Escuela, donde desarrolló sus prácticas. Pero su vida personal no fue ajena ni la alejó de la Institución, todo lo contrario, su matrimonio con Manuel Ontañón, hijo de un conocido profesor, no hizo otra cosa que fortalecer el vínculo existente. El mismo año en el que contrae matrimonio, María obtiene una plaza de profesora en la Escuela Normal de La Laguna, y seis años más tarde, en 1926, se traslada a su ciudad natal con una plaza de las mismas características que la anterior. Algunos cambios eran notorios desde que ella estudió en la Escuela Normal de Huesca, el principal era el cambio de domicilio, la escuela había dejado atrás el convento de Santa Rosa para trasladarse a la calle Padre Huesca, fue aquí, en este nuevo enclave, donde coincidió por primera vez con la que en el futuro sería su carcelera, Carmen Castro Cardús.

Al año siguiente, y después de concluir el siguiente curso, 1927-1928, Sánchez Arbós, deja su ciudad y decide regresar a Madrid, donde consigue aprobar unas oposiciones a la dirección de grupos escolares. Pareciera como que estuviera predestinado y curiosamente fue el centro Francisco Giner de los Ríos, de reciente creación, el que recibe como primer destino de directora, el nombre del fundador de la Institución Libre de Enseñanza. El centro educativo se inauguró el 14 de abril de 1933 con la presencia del presidente de la República. Su actividad y las ganas de trabajar por la enseñanza y los niños la llevan a dar comienzo a un buen puñado de ideas como la creación de una asociación de padres, algo que parece imposible de plantearse en aquellas fechas y contexto, consigue la instalación de duchas y cantina para los alumnos en el centro y batalló contra la Inspección para que ningún niño del barrio se quedara sin clases, apretando al máximo el horario. Pero la alargada sombra planeaba siniestramente sobre el futuro más inmediato de los españoles, de las ilusiones puestas en una República joven, con las mejores intenciones sociales pero también con la inexperiencia y la débil consistencia política, no tardaron mucho en aguar las esperanzas de una sociedad privada de casi de todo, de necesidades y carencias, un terreno abonado para sembrar el miedo, el terror, y aprovecharse de las circunstancias. Fue entonces cuando, los fascistas españoles, apoyados por sus iguales europeos, se rebelaron contra el gobierno establecido democráticamente y, los que no consiguieron ni un solo escaño en las elecciones anteriores al parlamento español, los falangistas, se adueñaron y robaron el país, con la violencia y el terror por bandera. Pero María continuó al frente del grupo escolar que dirigía, aún exponiéndose junto a sus alumnos a las bombas de los fascistas que trataban de apoderarse de la plaza madrileña sin escrúpulos ni miramiento alguno por las víctimas civiles que pudieran ocasionar.

María Sánchez Arbós siempre llevaba un diario desde el primer día que comenzó a enseñar, "Mi Diario", del que sólo se hicieron 100 ejemplares, costeados de su propio bolsillo y publicado en México, en 1961, cuando ya era anciana y apartada de la docencia. Por él sabemos que el 8 de noviembre de 1936, año del alzamiento fascista, una bomba cayó sobre uno de los torreones de la escuela y obligó a abandonarla a profesores y alumnos. Pocos días después la escuela pasa a manos de la columna Durruti, donde se instalaron, ocupándola literalmente. Tristemente abatida, María regresa varios días más tarde al centro, a rescatar su diario, un retrato de don Francisco Ginér de los Ríos y las llaves de la escuela. No reanudaría su diario hasta 1945, en el que escribe: "Mi escuela ha sido deshecha, los niños disueltos... yo encarcelada. ¿Razón? No he podido averiguarla todavía".








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sábado, 29 de agosto de 2009

Trece rosas, trece mujeres, trece vidas


"Roux, Cardinal y el pálido habían comido opíparamente en el Ritz y se sentían alegres (...). Una hora antes les había llegado la orden de elegir a quince mujeres, preferentemente menores de edad, para conducirlas a juicio. Ya en comisaría, una señora, que se sentía agradecida porque habían liberado a su hija, le regaló al Pálido un ramo de rosas. Eran quince... El Pálido lo cogió y, mirando a Cardinal y a Roux, dijo: "Señores, ha llegado el momento de decidir quiénes van a ser las quince de la mala hora. Bastará con ponerle un nombre a cada una de las rosas... Empezaré yo', dijo tomando una flor. 'Y bien, esta rosa de pasión se va a llamar Luisa. No conseguí que esa bastarda pronunciara una sola palabra en los interrogatorios. Por poco me vuelvo loco'. 'Y ésta, Pilar', dijo Cardinal. 'Y ésta se va a llamar Virtudes', susurró el Pálido con precipitación. 'Y ésta, Carmen', dijo Cardinal. 'Lo merece más que nadie. Nunca me miró bien esa condenada'. 'Y ésta, Martina', anunció Roux. 'Está siempre ausente. Seguro que ni siquiera se va a dar cuenta de que a muerto". Esta posibilidad literaria, novelada, bien podrían ser los diálogos reales de como sucedieron los hechos, para llevar a las Trece Rosas a la ejecución, ante las tapias del cementerio del Este, en Madrid, el 5 de agosto de 1939. Éste es un extracto sacado del libro Las Trece Rosas, de Jesús Ferrero. En este relato de ficción, el escritor, le dedica un capítulo a cada una de las muchachas fusiladas en la posguerra civil española. Uno de los episodios más conmovedores de aquel tiempo de odio fratricida y fascismo. La mitad de las trece mujeres, junto a los 43 hombres, que fueron ejecutados aquel día, eran menores de edad, entonces establecida en los 21 años. Fue por eso, por lo que comenzaron a llamarle las trece rosas, por su juventud.

Ana López Gallego, Victoria Muñoz García, Martina Barroso García, Virtudes Gonzáles García, Luisa Rodríguez de la Fuente, Elena Gil Olaya, Dionisia Manzanero Sala, Joaquina López Laffite, Carmen Barrero Aguado, Pilar Bueno Ibáñez, Blanca Brisac Vázquez, Adelina García Casillas y Julia Conesa Conesa. Así se llamaban y eran modistas, sastras, amas de casa, pianistas, todas militantes de la JSU (Juventudes Socialistas Unificadas) menos una, Blanca Brisac. Una respuesta del régimen franquista por los asesinatos del comandante de la Guardia Civil, Isaac Gabaldón, su hija y su chófer, el día 27 del mes anterior. Aún así, no fue más que un detalle vengativo, Franco se había propuesto acabar con todos los no fascistas de este país, no sólo comunistas y socialistas, de igual modo con los liberales y con todos los que de alguna manera el recuerdo los relacionara con la convivencia en una España libre. La JSU nació de la unión de dos organizaciones progresistas, en marzo de 1936, entre la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas. Sin embargo, en 1939 la organización estaba prácticamente deshecha, sus líderes encarcelados y sólo contaban con el coraje de sus miembros y las ganas de luchar por la libertad y la República. De todas maneras, la JSU representaba un autentico peligro para los intereses del dictador, eran jóvenes en su mayoría y eso significaba un futuro de oposición y una constante de problemas para el régimen fascista, Franco tenía claro que tenía que hacerla desaparecer de raíz.

Habían pasado cuatro meses desde que terminó la Guerra Civil y Madrid, como el resto del país, era un inmenso decorado destruido, en ruinas, triste y desolador, de hambre, miseria y opresión. El nuevo régimen fascista limpiaba cada rincón, cada ciudad, cada pueblo, cada calle y cada casa; los delatores y espías servidores de los vencedores estaban en cualquier parte y posición, las denuncias de vecinos, familiares y amigos eran constantes y los procesos de depuración en la Administración, en la Universidad, en las empresas... Mientras tanto el dictador advertía en sus discursos voceando en las radios de Madrid: "Juro aplastar y hundir a quien se interponga en nuestro camino", Franco tenía claro que la barbarie no había dado fin con el final de la contienda, quedaba la parte más importante de su plan fascista, aniquilar a cientos de miles, a millones de españoles quizás, fusilados en las tapias de los cementerios, en las afueras de los pueblos, en los caminos... "Españoles, alerta. España sigue en pie de guerra contra todo enemigo del interior o del exterior, perpetuamente fiel a sus caídos. España, con el favor de Dios, sigue en marcha, una, grande, libre, hacia su irrenunciable destino". Según Pedro Montoliú, en su libro Madrid en la posguerra, 1939-1946. Los años de la represión: "Los peores meses fueron junio, con 227 fusilados; julio, con 193; septiembre, con 106; octubre, con 123, y noviembre, con 201. Por días, los más sangrientos fueron el 14 de junio: 80 fusilados; 24 de junio, 102; 24 de julio, 48; 5 de agosto, 56..." Ese día fueron fusiladas las Trece Rosas, entre 18 y 23 años, que habían intentado reconstruir la JSU en la clandestinidad.

Uno de los mejores conocedores de este episodio, si no el mejor, el periodista Carlos Fonseca, y en su libro Trece rosas rojas, puso al descubierto los testimonios de reclusas que por aquellos días estaban encarceladas en la prisión de Ventas, de Madrid, de familiares, detalles del sumario, experiencias relacionadas directamente con el fusilamiento de aquellas jóvenes. Pero no sólo Fonseca, también otros publicaron trabajos al respecto: Dulce Chacón, Jorge Semprún...; largometrajes y documentales como Que mi nombre no se borre de la historia; incluso su historia fue llevada a escena por la Compañía de Danzas y teatro Arrieritos. Algunos de esos testimonios que quedaron recogidos en distintos trabajos nos dejan la piel de gallina, se nos eriza, y el alma se nos desmorona por los suelos. "Yo estaba asomada a la ventana de la celda y las vi salir. Pasaban repartidores de leche con sus carros y la Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos y tres guardias escoltaban a cada pareja, parecían tranquilas" (María del Pilar Parra). "Algunas permanecimos arrodilladas desde que se las llevaron, durante un tiempo que me parecieron horas, sin que nadie dijera nada. Hasta que María Teresa Igual, la funcionaria que las acompañó, se presentó para decirnos que habían muerto muy serenas y que una de ellas, Anita, no había fallecido con la primera descarga y gritó a sus verdugos: ¿es que a mí no me matan?" (Mari Carmen Cuesta). "Si fue terrible perderlas, verlas salir, tener que soportarlo con aquella impotencia, más lo fue ver la sangre fría de Teresa Igual relatando cómo habían caído. Entre las cosas que nos dijo, fue que las chicas iban muy ilusionadas porque pensaban que iban a verse con los hombres (con sus maridos y sus novios, también condenados) antes de ser ejecutadas, pero se encontraron que ya habían sido fusilados" (Carmen Machado).

Para finalizar este recuerdo, cuando ya han pasado algunos días desde el homenaje dedicado a las Trece Rosas, al cumplirse los 70 años del horrible asesinato, cruel y despiadado, dejaré dos cartas, las últimas palabras la noche antes de ser fusiladas y que iban dirigidas a sus seres queridos. Las primeras palabras son de Julia Conesa, de 19 años, dicen así: "Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermana y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija que ya jamás te podrá besar ni abrazar... Que no me lloréis. Que mi nombre no se borre de la historia".
La otra misiva es la dirigida a su hijo Enrique por Blanca Brisac, en la que le dice: "Voy a morir con la cabeza alta... Sólo te pido que quieras a todos y que no guardes nunca rencor a los que dieron muerte a tus padres, eso nunca. Las personas buenas no guardan rencor... Enrique, que te hagan hacer la comunión, pero bien preparado, tan bien cimentada la religión como me la cimentaron a mí... Hijo, hijo, hasta la eternidad...".








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martes, 25 de agosto de 2009

La leyenda de la cacica infiel


La avaricia y la ambición desmedida del ser humano nos ha llevado a protagonizar a los de nuestra especie los episodios más impresionantes que se puedan imaginar, escritos en las páginas de la historia están reflejadas aventuras increíbles, casi de ciencia ficción, pero que en un principio se apoyaron en argumentos casi infantiles, para acabar en el mayor de los mitos y rodeados de leyendas grandiosas. Sin lugar a dudas es el ser humano el único capaz de crear, prácticamente de la nada, una enorme espiral fantasiosa y elevarla a lo inimaginable, por el deseo y la necesidad de alimentar su egolatría, su avaricia, la ambición de poder que le sitúe por encima de cualquiera, de reyes y de dioses, de sabios y de genios. El oro es el símbolo de ese poder, de cualquier poder, en todas las culturas el metal amarillo, de una u otra manera, ha servido para exhibir una supremacía subyugante con el único fin de dominar a los pueblos, era el símbolo de preponderancia, que no necesitaba de otros condicionantes; por sí solo el oro era sinónimo de grandeza y a cuanto más brillo más poderío.

Una de las épocas de la historia en la que la ambición dispuso de mayor desenfreno y donde un mayor espacio se encontraba disponible, repleto de posibilidades para conseguir saciar la avaricia humana, fue la colonización del continente americano. Las nuevas tierras se prestaban a la fantasía como ninguna otra conocida, precisamente por ese motivo, por el desconocimiento de un continente inmenso, donde el ansia devoradora de muchos los llevó a dejar sus vidas en busca de un tesoro, una mina de oro o un hallazgo único y de valor inigualable e incalculable. Cualquier sueño es posible en una tierra virgen, repleta de riquezas y completa por descubrir. Es lo que hizo a muchos colonizadores arriesgarse a la aventura del nuevo continente, la posibilidad de encontrar el tesoro que los pudiera convertir en el hombre más poderoso de la tierra conocida hasta entonces.

El oro continúa siendo el metal símbolo del poder, pero quizás, y desde esa época, la definición más usada sea la de El Dorado. Ha pasado a convertirse en la manera de definir cualquier relación con el poder, la ambición, y por supuesto con la avaricia. Decir El Dorado es decir el sueño de grandeza que cada cual llevamos dentro, como parte misma de nuestra existencia, de nuestro ser, la necesidad de poder va con cada uno de nosotros y a todos nos gustaría encontrar El Dorado en forma de lotería, de herencia o de negocio fructífero. El Dorado es nuestro sueño, nuestra esperanza de no tener que levantarnos temprano nunca más para acudir al trabajo, de poder vivir en la casa que siempre deseamos, con todas las comodidades, de satisfacer los deseos y necesidades de familiares, amigos, paliar el hambre en el mundo, las enfermedades... El Dorado lo es todo, la llave para dar rienda suelta a nuestros deseos y que nuestras esperanzas queden complacidas y satisfechas. Me atrevería a decir que no existe confusión alguna relativa al significado de El Dorado, aunque no tanto así a lo que se atribuye la definición.

Para la mayoría continúa siendo una ciudad perdida, envuelta en leyendas fantasiosas y que aún está por descubrir, tipo a los templos malditos o las ciudades de ficción que Indiana Jones acostumbra a descubrir y en las que siempre encuentra el tesoro, la joya, o el símbolo que representa a El Dorado. Pero nada más lejos de la realidad, ninguna relación tiene con esas fantasías míticas de otros mundos casi imposibles, pertenecientes más a la imaginación del ser humano que a la realidad de cualquier otro tiempo pasado.

No obstante, como todas las leyendas, esta tiene su punto de partida y, como apuntaba al principio, lo que empezó como ofrenda para después convertirse en ritual, acabó en uno de los mayores mitos que la historia del ser humano conoce. No fueron pocas las vidas que se cobró El Dorado, ni tampoco las expediciones que se emprendieron con la esperanza de encontrarlo y que a la postre sirvieron para dar con otros descubrimientos, nuevas tierras y nuevos pueblos. Al principio lo buscaron por los Andes, cerca de Colombia, pero al no encontrar nada de lo que buscaban pusieron sus puntos de mira en otros lugares. En 1535 partieron dos expediciones en busca de lo que se pensó, se imaginó, que sería una ciudad repleta de oro, donde el valor que se le daba por los indígenas no era el mismo que le otorgaban los colonizadores recién llegados, la fantasía se desbordaba y los datos se diversificaban y se convertían en fantasiosas, alimentadas por la imaginación de quienes desconocían la realidad y la soñaban de proporciones descomunales.

Por un lado fue Sebastián de Belalcázar, conquistador español que había viajado con Colón y Francisco Pizarro, el que lo buscó por el sur-occidente de Colombia; el mismo año fue Nicolás Federmann, explorador y cronista alemán que participó en la conquista española de Venezuela y Colombia, el que encabezó otra expedición pero sin ningún resultado positivo. Un año más tarde fue Gonzalo Jiménez de Quesada el que decidió ir en su busca, después de haber derrotado a los muiscas y haber declarado a Bogotá como capital del Nuevo Reino de Granada, como se atrevió a llamar a las nuevas tierras conquistadas; pero al igual que sus predecesores su búsqueda fue infructuosa, lo único que encontró fue que Belalcázar y Federmann también reclamaban las mismas tierras que él, a los que tuvo que convencer para regresar a España y solucionar el asunto. Pero de todas las aventuras expeditivas en busca de El Dorado, quizás la de Francisco de Orellana y Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, fue la más famosa, en 1541, que acabó en un desastroso viaje por el Amazonas. Después de dividirse en dos grupos, Gonzalo Pizarro y sus hombres regresaron a Quito y Orellana continuó la expedición que descubrió y dio nombre al río Amazonas, pero por supuesto de El Dorado no encontró ni un solo brillo. Al igual que tantas otras expediciones a lo largo de los años posteriores y en distintos siglos.

Pero el mito de El Dorado había comenzado años atrás, en 1530, en los Andes de lo que hoy es Colombia, en la tierra de los muiscas, donde Jiménez de Quesada los encontró por primera vez. En un lugar conocido como el Altiplano Cundiboyacense. La historia y costumbres de los rituales muiscas se mezclaron con otros rumores fantasiosos, en Quito y por los hombres Belalcázar, donde dieron pie a la leyenda de El Dorado, "el hombre dorado", "el rey dorado", terminando por imaginar una ciudad, un reino de oro. La narración original de este ritual muisca está recogida en El Carnero, obra impresionante de Juan Rodríguez Freyle, en 1636.

Esta versión se la dedicó a su amigo Don Juan, el cacique gobernante de Guatavita, y dice así: " coronada de indios y encendida por toda la circunferencia... en aquella laguna de Guatavita se hacía una gran balsa de juncos, y aderezábanla lo más vistoso que podían... A este tiempo estaba toda la laguna, los indios e indias todos coronados de oro, plumas y chagualas... Desnudaban al heredero (...) y lo untaban con una liga pegajosa, y rociaban todo con oro en polvo, de manera que iba todo cubierto de ese metal. Metíanlo en la balsa, en la cual iba parado, y a los pies le ponían un gran montón de oro y esmeraldas para que ofreciese a su dios. Entraban con él en la barca cuatro caciques, los más principales, aderezados de plumería, coronas, brazaletes, chagualas y orejeras de oro, y también desnudos... Hacía el indio dorado su ofrecimiento echando todo el oro y esmeraldas que llevaba a los pies en medio de la laguna, seguíanse luego los demás caciques que le acompañaban. Concluida la ceremonia batían las banderas... Y partiendo la balsa a la tierra comenzaban la grita... Con corros de bailes y danzas a su modo. Con la cual ceremonia quedaba reconocido el nuevo electo por señor y príncipe."

Esta narración de Rodríguez Freyle, dio motivo a que incluso se llegara a intentar desaguar la laguna abriendo un canal, cosa que se llevó a cabo años más tarde, pero el oro que se encontró no fue suficiente ni para sufragar los gastos de ingeniería para el atrevimiento. Pero parece que este ritual no era solo celebrado en la laguna de Guatavita, si no en otras lagunas en el departamento de Cundinamarca, en las que también se encontraron piezas de oro y que se exhiben en el Museo del Oro de Bogotá. En él se encuentra una de las figurillas más representativa del ceremonioso ritual descrito por Freyle y que dio motivo al mito de El Dorado, la balsa muisca de Pasca, que representa el rito y que fue encontrada en la campiña cercana al pueblo de Pasca.

Sin embargo, la leyenda de El Dorado, el rito muisca, tiene un origen bien distinto y que se conoce por la leyenda de la cacica infiel. La leyenda cuenta que un cacique llamado como la laguna, Guatavita, uno de los más poderosos muiscas, tenía una hermosa mujer a la que desatendía en atenciones, ésta le era infiel con un indígena de su pueblo y en cierta ocasión la pilló infraganti con su amante. Al atrevido contrincante lo mandó empalar y a su esposa la obligó a comerse el miembro sexual asado y delante de todos los habitantes, enloquecida agarró en brazos a su hija y huyó corriendo hacia la laguna, donde se arrojó. El cacique mandó encontrarla y solo encontraron el cuerpo de su hija, sin vida y sin ojos. Desde entonces los muiscas convirtieron a la cacica en su diosa de la laguna, a la que ya rendían culto, al agua, desde los orígenes de su cultura. Las ofrendas eran a la diosa, de la que se decía que salía en forma de serpiente y de tiempo en tiempo, para que le tributaran ofrendas, para renovar su fe, otorgar el perdón y recibir su generosidad quienes la veneraban.




Texto perteneciente a Miradas Impacientes II
Publicado por Ediciones Alféizar

viernes, 21 de agosto de 2009

La reina cruel

Está claro que los reyes son parte de otro tiempo, aunque aún hoy continúen ejerciendo algunos como tal y curiosamente en países en los que las democracias se han hecho fuertes y han permitido a sus ciudadanos elegir a sus representantes políticos, lo que los sitúa en una posición casi de adorno, más que en auténticos jefes de Estado con peso especifico sobre los destinos de sus países. Los tiempos les han obligado a adaptarse a lo exigido, a respetar las decisiones de los ciudadanos por encima de soberanías y magnificencias sucesorias y hereditarias. Pero aún así, forzados por los tiempos que corren, algunas de las monarquías europeas se resisten a perder sus privilegios heredados, inteligentemente, eso sí, de otra manera el resultado habría sido adverso para más de una de las casas reales que aún sobreviven enganchadas a lo que representaron siglos atrás. Los reyes han pasado a ser figuras casi míticas, algunas, perversas y crueles otras, y decadentes y nefastas para la población de sus países muchas de ellas, pero para bien o para mal todos los personajes reales han pasado a la historia de sus pueblos, cada uno con el estigma que le corresponde, porque a pesar del poder que disfrutaron y desplegaron la historia los pone a cada uno en su sitio. La historia no es partidista ni partidaria, es justicia, y tarde o temprano pone a cada uno en el lugar que le corresponde, aunque este sea el olvido, que también es un lugar ventajoso dependiendo de cómo se mire.

La realeza española tiene donde escoger, el catalogo de monarcas, reyes y reinas, es extenso y rico en personajes verdaderamente apasionantes, los hay para todos los gustos y de distintas características. Por supuesto que yo tengo mis preferidos, los que me resultan más simpáticos, que son los menos, los más crueles, el más inteligente, el más generoso y el menos considerado con su pueblo. Pero no voy a enredarme en catalogaciones, quizás en otra ocasión los baje de sus pedestales para desempolvarlos y dejar a las claras mis puntos de vista sobre cada uno, mientras tanto pondré mi mirada sobre una reina, que no lo fue de España pero si de Inglaterra e Irlanda, reinó con el nombre de María I pero también fue conocida por el sobre nombre de María la Sanguinaria (Bloody Mary en inglés). Fue protagonista de una de las épocas más sangrientas de la historia inglesa, su lucha sin cuartel contra los protestantes y en defensa del catolicismo dejó marcado con sangre su reinado, fue el azote de herejes, persiguió con saña a los contrarios al catolicismo, a simpatizantes de los protestantes, llenó de prisioneros la Torre de Londres y ajustició a centenares de seguidores de Calvino. Una de las reinas más crueles que la historia nos dejó para asombro de quienes miramos esa época desde lejos y sin el temor de que nos afecte en lo meramente político, aunque nos dejé asombrados en lo religioso.

Habría que empezar diciendo que era nieta de Isabel la Católica, esto dice mucho de ella y de su extirpe, perversidad y crueldad a partes iguales, solo hay que remontarse hasta su abuela, a la que la iglesia católica está empeñada en hacer santa, para comprobar la crueldad de sus genes. Hija de Catalina y Enrique VIII, vio como la separación de sus padres la privaron de su condición de heredera para pasar a manos de su hermanastro Eduardo VI, pasó recluida y bajo un estado constante de vigilancia parte de su vida, defendiendo a su madre, lo que hizo que su personalidad se forjara contra los que le habían privado del derecho sucesorio, entre ellos los protestantes, a los que culpaba prácticamente de su desheredado acceso directo al trono. Enrique VIII, en 1533, logró que el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, dictaminase el divorcio sobre su matrimonio, lo que aceleró la ruptura con el Vaticano y la creación de la iglesia anglicana un año más tarde. Para María, el catolicismo se convirtió en la seña de identidad, se aferró en su defensa con uñas y dientes, en medio de un ambiente cada vez más adverso para ella y rodeada de herejes y enemigos que en más de una ocasión fueron maquiavélicos y cautelosos para su eliminación física, sólo una parte de la nobleza que defendía el catolicismo y se negaban a aceptar la implantación del protestantismo y su primo, el rey de España, Carlos V, estuvieron de su parte y quizás eso le salvó de un final trágico y prematuro. En 1547 murió su padre y el trono lo ocupó su hermanastro Eduardo VI, lo que supuso el avance del protestantismo, las destrucciones de imágenes religiosas y otras actitudes represivas contra los católicos le valieron al nuevo rey para recoger las efusivas felicitaciones de Calvino. Mientras tanto María Tudor seguía a lo suyo, recluida en su cárcel de oro y víctima de varias enfermedades que le fueron afectando hasta convertirse en crónicas, y desposeída del título de Princesa de Gales. No obstante tuvo suerte, porque tres años antes de morir su padre llegaron a la reconciliación gracias a la intercesión de una de sus esposas, Jane Seymour, que había sido dama de compañía de su madre, esto le hizo mantener la línea sucesoria tras Eduardo VI y éste no tardó mucho en, como se dice vulgarmente, irse para el otro barrio por culpa de la tuberculosis y dejarle a María el camino libre de obstáculos hacia el trono de Inglaterra.

De todas maneras no lo tuvo fácil, antes debió enfrentarse a una conspiración por parte del partido protestante, cosa que resolvió con el apoyo popular de los londinenses. Tampoco perdió el tiempo, su venganza se sirvió fría y se desquitó de toda la ira que la reconcomía, en pocos días reinstauró el catolicismo y la represión contra los protestantes fue clara y directa, se restableció la misa en latín, los sacerdotes católicos sustituyeron a los protestantes, destituyó a los sacerdotes casados y mandó a prisión, a la Torre de Londres, a más de uno de sus enemigos, entre ellos a Cranmer, que tanto daño le hizo con el divorcio de sus padres. Tampoco podía dormirse en los laureles y dejar placidamente que todo transcurriera con la implantación del catolicismo, de sobra sabía que sus detractores estaban al acecho y a la mínima de cambio volverían por sus fueros, lo que la forzó a buscar descendencia para mantener lo que tanto le había costado, y claro está, antes que descendencia tendría que buscar marido, que no era fácil, aunque con su estatus social no le costó, otra cosa es el parecer que le resultó al futuro marido, su primo Felipe II. Su tío Carlos V le ofreció que se casara con su hijo, viudo desde poco tiempo atrás, 11 años menor que ella, y ésta aceptó; obviamente los protestantes se opusieron pero nada pudieron hacer frente a los deseos e intereses de María, que vio en el enlace con su primo el arma necesaria para enfrentarse a sus enemigos y continuar con sus intenciones católicas. Dicen los historiadores que, mientras se negociaban las capitulaciones para el trono en caso de que él enviudara sin descendencia, ella pidió un retrato del que se iba a convertir en su marido y desde Madrid le enviaron un retrato que Tiziano le pintó, nada más ver la pintura la reina se enamoró perdidamente, enamoramiento que le duró hasta el final de sus días, otro asunto es el perecer de Felipe II, que se negó en principio a la unión, pero que forzado por su padre no tuvo otro remedio que aceptar, María rondaba los 40 años y ya había perdido la belleza que en otro tiempo de juventud poseía, además de la mayoría de los dientes por su afición desmedida a los dulces, aunque era una mujer culta y de fuerte personalidad.

Desde luego que no encontraría un pretendiente mejor para sus intereses, claro que a su tío Carlos V tampoco le venía mal la unión, al contrario, los intereses del emperador no eran otros que los de unir bajo una misma bandera los territorios de Flandes, Borgoña e Inglaterra, para defenderse de las intenciones continentales de los franceses, pero para conseguir tal propósito se necesitaba un descendiente que colmara los deseos de ambas partes, a lo que sin tregua, el matrimonio se entregó a los placeres carnales en busca del heredero. Pero pocas semanas antes de la boda, en julio de 1554, la reina tuvo que enfrentarse a una rebelión de protestantes que se negaban a la unión con el príncipe español, a sabiendas de que ese sería el fin del protestantismo si se llegaba a celebrar. Pero no le tembló la mano a la hora de sofocarla, ordenó ejecutar a todos los cabecillas, por su parte, "el demonio del mediodía", como llamaban a Felipe II, buscaba la manera de contentar a los ingleses, se llevó un millón de ducados y los repartió entre la población, participó en algunas costumbres como los torneos o beber cerveza negra, e incluso aprendió algunas palabras en inglés. El mismo año de la boda, en noviembre, se restauró oficialmente el catolicismo y, aunque tranquilizó a la nobleza con no reclamar y respetar las propiedades que habían expropiado a la iglesia católica, movida por la venganza, dispuesta a defender su trono y quizás sintiéndose reforzada por su matrimonio, emprendió una cruzada contra los protestantes y, tras lograr que el parlamento aprobase las leyes contra la herejía, se lanzó con ahínco a la ardua tarea de acabar con el protestantismo. Los arrestos y las ejecuciones de obispos y representantes protestantes fueron sucediéndose y ante sus iglesias fueron quemados vivos, después de ser torturados, entre ellos al que siempre culpó de traidor y causante de todos sus males, Thomas Cranmer. Pero no sólo los máximos representantes sufrieron el azote de "Bloody Mary", de igual manera fueron miles los arrestados y ejecutados, por simpatizar con los represaliados o simplemente por sentir compasión o condolencia.

Mientras tanto, y ante tal represión desmedida, Felipe II envió cartas a los obispos católicos pidiéndoles complacencia, benevolencia y tolerancia, sin otra intención que la de ganarse las simpatías de los ingleses, e interfirió a favor de su cuñada Isabel, a la que su hermana, su esposa, la había encerrado acusandola de conspiración. El único motivo existente era el recelo que sentía contra su hermana y a la que pretendía apartar de la línea sucesoria eliminándola. Lo que no imaginaba es que su cuñada, a la que posiblemente le salvo la vida interfiriendo por ella, en el futuro se convertiría en una de sus mayores enemigas. Pero la frustración de la reina se agigantaba al no quedarse embarazada, aunque sus deseos eran tan pronunciados que llegó a pensar que lo estaba, no tenía menstruación, sufría mareos, el vientre hinchado, y hasta llegaba a asegurar que sentía los movimientos del feto. Tan convencida estaba de ello que se pasaba las horas sentada en el suelo y con las rodillas bien apretadas, tratando de acelerar el parto. Pero llegó la fecha prevista para el alumbramiento y su vientre se desinfló, la frustración y el fracaso del no alumbramiento llevó a algún fanático a culpar a los protestantes, como castigo divino, lo que enfureció a la iracunda y sanguinaria reina a desplegar de nuevo todas sus maldades contra los protestantes. Pero no fue castigo divino, ni siquiera su naturaleza histérica la que le propició sus partos sicológicos, si no un tumor en los ovarios que estaba acabando con su vida. Por otro lado, su marido, se desengañaba por la falta de herederos y cansado de su matrimonio de conveniencia se fue distanciando de ella y compartiendo cama con las jóvenes cortesanas que le rodeaban. Al año de casarse y tras la excusa de las abdicaciones del emperador, Felipe II viajó a Flandes, al tiempo que María se desesperaba inmersa en la tristeza, cada vez más sola, rodeada de enemigos, sin heredero y el hombre a quien amaba no le correspondía. No volvieron a verse hasta el año próximo, una sola vez, y fue para pedirle hombres y dinero para su guerra contra Francia. Después nunca más se encontraron, pero ella, desesperada y envuelta en la locura, le envió un emisario a los pocos días de su partida, asegurándole que estaba embarazada, cosa que nunca ocurrió. Murió a los 42 años, en noviembre de 1558.






Texto perteneciente al libro: Miradas Impacientes II
Autor y propietario de todos los derechos legales: Antonio Torres Rodríguez.

lunes, 17 de agosto de 2009

De Zalamea, Fuente Obejuna, y los traficantes de derechos


A vueltas con la cultura y con lo que pertenece a lo popular, siempre existen las discordias respecto a los derechos de autor, si hace unos días publicaba en el blog un artículo sobre los especuladores del arte, hoy vuelvo a las andadas con la critica, a la defensa de la cultura que es derecho y propiedad del pueblo. La discrepancia sobre el tema siempre está servida, la línea que divide la creación entre los derechos de la propiedad intelectual y el derecho y disfrute de estas obras por el pueblo se dibuja en trazos suaves, tenues, hasta el punto que en ocasiones, en muchas, se confunden esos derechos de unos y de otros. Para mí siempre están más del lado del pueblo que de los autores, porque si es verdad que sin creadores la maquinaria de la cultura se ralentizaría, también es cierto que el pueblo es el generador de la cultura, los autores no son nada sin lo que le rodea, no somos nada, la inspiración viene de lo que vemos, de lo que se desarrolla ante nuestros ojos, ante nuestros sentidos, entonces lo plasmamos en soportes diferentes y en formatos adecuados a nuestro gusto, pero aquí no existe cuestión como el del huevo y la gallina, aquí se sabe que primero fue el pueblo y después el creador. Así que, ante esta disyuntiva, uno se pregunta: ¿A quien les corresponde los derechos de la cultura, a los que la generan o a los que la recogen y la dejan reflejada para que otros la disfruten?

Estoy seguro que un numero elevado de los que acaben de leer este razonamiento estarán pensando que se me fue la olla, pero no es así, aún no sufrí un golpe de calor que me dejara medio turumba, ni razoné a tontas y a locas, la cultura la crea el pueblo y al pueblo le pertenece, otro asunto es el reconocimiento a quien sacó partido de esas costumbres y supo plasmarlas de manera original, ese es el artista: por eso los derechos no se los debe de atribuir solo el creador, al menos en obras determinadas en las que estas reflejaron los hechos acontecidos en cualquier formato y que no son otros que la propia historia, sería como arrebatarle los derechos del pueblo a su historia y otorgárselos a quienes recogieron esos hechos para crear una obra original. En estos casos creo que el autor siempre tiene sus derechos adquiridos, salvo cuando quien los usa y disfruta es el pueblo, porque está haciendo uso de su propia historia. Son los casos de El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca, y Fuenteovejuna, de Lope de Vega, las dos obras reflejan la historia de esos pueblos, hechos ocurridos en otro tiempo y que los dos autores supieron plasmar maravillosamente, hasta el punto de convertirse en dos tesoros literarios del barroco español.

De todas maneras, podrían estar pensando mientras me leen la reflexión, en estos dos casos ya no existe el problema legal por los derechos a autor, porque tanto el Alcalde de Zalamea como Fuenteovejuna pasaron a ser de dominio público hace muchos años, pues esto ocurre a los 70 años de la muerte de los autores y tanto Calderón de la Barca como Lope de Vega pasaron a mejor vida muchos más lustros atrás de los requeridos. Pero e aquí cuando los traficantes del arte, de la cultura, se apropian, se apoderan o se adueñan de unos derechos con lo que mal llamamos adaptaciones. Hay cosas que no se entienden por más vueltas que uno les de y esto me sucede cuando trato de comparar un plagio con las adaptaciones, porque, ¿que es una adaptación? Si no una copia con retoques. Resulta que copiar es ilegal pero si se retoca o se trabaja sobre esa obra deja de serlo para convertirse en adaptación, entonces adquiere derechos propios y lo que era patrimonio del pueblo unos avispados lo aprovechan para sacarle partido, claro, dirán algunos, como es derecho de todos yo hago mi derecho al uso, con lo que a uno se le queda cara de bobo y pensando que quien hizo la ley hizo la trampa. Así que dependiendo de cómo unos son plagiadores, usurpadores de lo creativo, y otros adaptadores de obras clásicas. Luego, y en medio de toda esta fauna devoradora de derechos, están los que trafican y viven de esos derechos, que son asociaciones privadas y por lo tanto andan lejos de lo estrictamente obligatorio, pero es tanto el abuso que diera la sensación que estamos ante una mafia descaradamente descarada y que, lejos de estar apoyando a la cultura, se manejan entre bufetes de abogados arrebatando los derechos del pueblo a la cultura, le hacen un mal favor a la cultura en general, el pueblo dejará de consumir arte y se empobrecerán los pueblos, mientras, los traficantes de derechos intelectuales, y en nombre de la cultura, llenan sus alforjas a costa del pueblo y sus costumbres.

La SGAE, Sociedad General de Autores y Editores, no deja de sorprendernos cada día, se ha convertido en una asociación antipática por sus actuaciones impopulares y sus malas maneras, apoyados por el actual gobierno progresista han conseguido que la cultura deje de ser un derecho gratuito del pueblo a cobrar canon por todo lo que esté relacionado con la cultura, sí, relacionado, no solo por la cultura, desde el polémico y controvertido canon en los CD, hasta por la celebración de bodas o enlaces matrimoniales, en cualquier fiesta o celebración que se tercie aparecen los carroñeros mafiosos obligando el pago por el uso de la cultura, puede resultar dura la comparación con la mafia, pero es el mismo método, "te obligan a pagar para tener derecho a la cultura, para su protección", y con respecto al CD te obligan a pagar el canon, aunque el disco no lo uses para copias piratas si no para tus archivos personales, porque curiosamente el canon es obligatorio pero la copia es ilegal, una contradicción que no tiene vuelta de hoja. Todo esto sin olvidarnos de que la SGAE es sociedad privada y que todo lo recaudado no va en beneficio de la cultura, si no de sus asociados, que no son, o somos, todos los creadores. Entiendo que no siempre se puede contentar a todos y, aunque simpatice con el gobierno, este es uno de los temas en los que discrepo y que no comparto, más bien son maneras de gobierno conservador o de derechas, donde la privatización es su palabra favorita y los derechos de los ciudadanos van siempre de la mano, y sólo, con los que pueden costeárselos.

El contenido de esta crítica se dirige a las últimas apariciones que la SGAE ha hecho sobre la escena cultural española, como delincuentes, al menos así me lo parecen y a otros muchos, han entrado a saco, al popular, al que los pueblos de Zalamea de la Serena, Badajoz, y Fuente Obejuna, Córdoba, representan teatralmente en sus municipios, que son las obras de Calderón y de Lope, que las representan sus vecinos cada año sin ánimo de lucro, y que es una de las maneras, quizás de las más hermosas, de enseñar los encantos de sus pueblos al exterior, exhibiendo su historia a manera de interpretación. El chantaje cultural ha saltado a la palestra de nuestra piel de toro exigiendo al ayuntamiento de Zalamea, con una población cercana a los 4.000 habitantes, el pago de 24.075 euros pendientes desde 1998, en concepto de la representación que cada año se lleva a cabo y a verbenas y conciertos celebrados durante los últimos once años, de los cuales son 14.000 euros los que corresponden al teatro que representa el pueblo, que son los vecinos los propios actores, más de 600 personajes, que no cobran un céntimo por sus interminables horas dedicadas al ensayo y representación de la obra que Calderón escribió sobre hechos históricos que ocurrieron en el mismo lugar. Todos los gastos de la representación recaen sobre el ayuntamiento, las aportaciones privadas, venta de entradas, y de los mismos vecinos, que se vuelcan para que en sus fiestas de agosto, entre los días del 20 al 23, desde las 10 de la mañana hasta las 4 de la madrugada, sirvan de reclamo y promoción al exterior. La exigencia de la SGAE se basa en que la representación se lleva a cabo sobre una adaptación de Francisco Brines.

Pero el asunto no quedó aquí, a los pocos días salió a relucir el pueblo cordobés de Fuente Obejuna, por el mismo asunto, la exigencia de 32.000 euros por lo que la SGAE cree que el ayuntamiento mellariense debe abonar a sus arcas privadas. En este caso, en el de la obra de Lope de Vega, Fuenteovejuna, fue en 1935 cuando se representó por primera vez en el municipio y durante la mitad del siglo pasado hubo algunas representaciones más, hasta la década de los noventa, cuando se instauró la tradición por las mismas fechas que en Zalamea, del 19 al 23 de agosto. La cantidad reclamada por la sociedad de autores relativa al teatro asciende a 11.600 euros por las representaciones de 2004 y 2006, años en las que fueron adaptaciones de Javier Osorio y Emilio Goyanes, los actores son también los mismos vecinos, en este caso rondan los 300 y al igual que en Zalamea el pueblo lleva el peso y el esfuerzo sobre sus espaldas, y con la misma intención, la de promocionar su pueblo. El portavoz de la gestora dijo en unas declaraciones que la obra que se representa en Fuente Obejuna es una adaptación de Fernando Rojas, por lo que tiene derecho de autor, pero el propio Rojas dijo que rechaza el canon que exige la SGAE, por considerar que no es una adaptación, que lo que se representa es el texto integro de la obra de Lope y por lo tanto es de dominio público, y añadió que la sociedad no puede pedir emolumentos ya que él no pertenece a la sociedad por lo que no tiene necesidad de hacer una renuncia a esos posibles honorarios. El asunto promete nuevas entregas en los próximos días, nuevas declaraciones y nuevas exigencias, y todo con un único interés por parte de los traficantes de derechos, exigirles a los pueblos el canon por sus derechos, el de la cultura y el de su historia.







http://creativecommons.org/licenses/by-nc-nd/2.5/es/

Cultura mexica ( XI )

Cerámica La cerámica es uno de los elementos artísticos mexicas menos estudiados, si lo comparamos con otros como dioses, calendarios o mito...